Hay personas que defienden que el trabajo sexual merece respeto y derechos, pero cuando imaginan que quien lo ejerce es su hijo(a) o un ser querido, pueden aparecer emociones como el miedo, culpa, enojo o vergüenza.
Incluso, una actividad que podría considerarse un trabajo puede adquirir una connotación completamente distinta cuando quien la ejerce forma parte de nuestra familia. ¿Por qué puede surgir esa contradicción?
El estigma
Históricamente han existido imperativos sociales sobre lo correcto y lo deseable, dando peso a dualidades como “normal/anormal”, “sano/enfermo” o “bueno/malo”, etc. En el ámbito de la sexualidad también podemos encontrar oposiciones como “puta/virgen” o “macho/puto”, que contribuyen a construir etiquetas sobre las personas y, con ellas, estigmas y formas de discriminación.
Estas etiquetas no sólo clasifican, sino que también establecen expectativas sobre cómo deberíamos comportarnos o ser. De esta manera, se construyen estereotipos de género que determinan lo que socialmente se espera de hombres y mujeres. En el caso de los hombres, por ejemplo, se espera que sean proveedores y que ejerzan control sobre sus relaciones sexuales, por lo que la idea de un hombre ofreciendo servicios sexuales puede contradecir los ideales tradicionales de masculinidad (Piedra Bousoño, 2025). En el caso de las mujeres, se espera que sean madres y que mantengan una determinada conducta sexual y moral (Mora & Haddock, 2025), por lo que una mujer que se dedica al trabajo sexual puede quedar fuera de estos mandatos y convertirse en objeto de señalamiento.
Aunado a ello, uno de los mandatos fundamentales en nuestro contexto consiste en no considerar la actividad sexual como una ocupación autónoma y profesional. Transgredir esta norma puede implicar distintas formas de control social, que van desde la violencia hasta el estigma, contribuyendo a que los trabajadores sexuales sean vistos desde lo despreciable y denigrante, culpándolos por su condición y convirtiéndolos en figuras de repudio (Mora & Haddock, 2025).
En el caso de los trabajadores sexuales LGBT+, además, puede presentarse una doble estigmatización: por su identidad de género u orientación sexual y por su actividad laboral (Mora & Haddock, 2025).
El estigma puede provocar aislamiento, dificultades para modificar las condiciones laborales e incluso justificar que estas personas sean tratadas como ciudadanos “inferiores” (Rosa Palencia, 2004; como se citó en Mora & Haddock, 2025). A su vez, puede deshumanizar: se deja de percibir a la persona en su totalidad y se la reduce a una etiqueta que la encasilla en lo negativo, excluyendo otras dimensiones de su identidad y exponiéndola a distintas formas de marginación, violencia y abuso, tanto por parte del sistema legal como de la sociedad.
Motivaciones para dedicarse al trabajo sexual
Las razones por las que una persona puede dedicarse al trabajo sexual son diversas y no necesariamente responden a una única explicación. Marta Lamas (2014 como se citó en Zappelli Gugliotta, 2022) argumenta que, en el caso de las mujeres, una de las principales motivaciones puede ser de carácter económico, al valorar y elegir la alternativa que consideran más conveniente de acuerdo con las opciones y recursos disponibles. Esto no significa necesariamente que se trate de una elección plenamente libre, sino que puede estar condicionada por las circunstancias en las que se encuentra cada persona.
En el contexto mexicano, problemáticas como el desempleo, la falta de ingresos y los bajos niveles educativos pueden relacionarse con procesos de exclusión, marginación o segregación social (Castillo Rivas et al., 2018) constituyendo a su vez factores de riesgo para diferentes problemáticas de salud física y mental.
Por otro lado, Souza (2000; como se citó en Castillo Rivas et al., 2018) señala que gran parte de las mujeres que se dedican al trabajo sexual, proviene de hogares caracterizados por inestabilidad o ausencia física y/o psicológica de alguno de los padres. Asimismo, determinadas experiencias de violencia o maltrato pueden constituir factores de riesgo en algunas trayectorias de vida. Esto permite considerar que la dinámica familiar y las experiencias de violencia pueden estar presentes en la historia de algunas personas que ingresan al trabajo sexual, sin que ello implique que exista una única trayectoria o que estas experiencias expliquen por sí mismasla decisión.
Sin embargo, hoy en día el trabajo sexual también ha cobrado fuerza desde el ámbito digital como una forma de generar ingresos que, desde fuera, puede parecer sencilla y con pocos riesgos, incluso cuando consiste únicamente en compartir fotografías o contenido sexual. Esto amplía las posibles motivaciones más allá de la necesidad económica, pues también pueden intervenir factores como la búsqueda de reconocimiento, popularidad o validación a través de quienes consumen dicho contenido. Aunque la dinámica y las condiciones pueden ser distintas, continúa existiendo una relación de intercambio: se ofrece determinado contenido o servicio a cambio de una remuneración.
Al mismo tiempo, muchas personas han abierto cuentas en plataformas de contenido sexual por voluntad propia (Hernández Oropa, 2023). Esto lleva a plantearnos una pregunta: ¿todos los trabajadores sexuales son necesariamente víctimas de su elección? Y, si una persona decide ejercer esta actividad, ¿significa necesariamente que su decisión debe ser considerada moralmente incorrecta?
La respuesta no tiene por qué situarse en uno de dos extremos. Reconocer que una persona puede tomar una decisión de manera voluntaria no significa ignorar los riesgos y condiciones que pueden acompañarla; del mismo modo, reconocer la existencia de factores sociales o económicos no significa asumir que todas las personas tienen la misma historia o carecen de capacidad de decisión.
Hipersexualización y Redes sociales
En la actualidad, las redes sociales tienen una presencia importante en la vida cotidiana y mantienen una estrecha relación con la manera en que construimos nuestra imagen, nuestros vínculos y nuestra percepción de la sexualidad. Si bien la tecnología ha generado numerosos beneficios, tampoco podemos dejar de lado que sus efectos no siempre son positivos.
La accesibilidad a las tecnologías y su popularización, junto con una educación afectivo-sexual deficitaria y una socialización basada en estereotipos tradicionales de género, han contribuido al aumento del consumo de pornografía y al acceso cada vez más temprano a redes sociales entre jóvenes y adolescentes. Estas plataformas pueden convertirse en modelos de sexualidad y de relación con los demás. A su vez, buena parte del contenido presente en redes sociales y medios de comunicación reproduce estereotipos, comercializa el sexismo y promueve imágenes idealizadas del “cuerpo perfecto”. La falta de información y el incremento del uso de estas plataformas pueden relacionarse con distintos factores de riesgo para la salud física y mental (Santana Nixon, 2021).
En este contexto aparece la hipersexualización, entendida como la atribución de un carácter sexual a comportamientos, productos o representaciones que no necesariamente lo tienen en sí mismos. Se trata de un fenómeno social que puede observarse en la moda, los juguetes, las películas, la publicidad, los bailes o los disfraces, entre otros espacios, y que puede ser alentado por la publicidad y los medios de comunicación. Este fenómeno puede convertirse también en un mecanismo para buscar aceptación (Santana Nixon, 2021).
De esta manera, puede llegar a normalizarse la necesidad de construir una mirada sexualizada sobre uno mismo, asociada a una imagen de éxito y a la búsqueda de atención externa mediante el cuerpo y la sexualidad. Esto puede expresarse tanto a través de la hipersexualización como de la atribución constante de significados sexuales a comportamientos, pensamientos o sentimientos que emite una persona (Santana Nixon, 2021).
Cuando la valoración de una persona queda reducida principalmente a su atractivo físico o sexual, existe el riesgo de favorecer relaciones más centradas en la apariencia y la cosificación que en el reconocimiento de la persona en su totalidad. Por ello, más que pensar únicamente en qué decisiones tomarán nuestros hijos en el futuro, también es necesario preguntarnos qué mensajes sobre el cuerpo, la sexualidad y el valor personal estamos transmitiendo desde la familia y qué herramientas les estamos proporcionando para relacionarse con ellos mismos y con los demás.
Entonces… qué hacer como familia
Si partimos de lo anterior, como padres, madres o tutores de niños(as) y adolescentes es importante procurar que no sean incorporados, de manera consciente o inconsciente, a dinámicas de sexualización que no corresponden a su etapa de desarrollo. Esto implica cuestionar estereotipos, hablar sobre el cuerpo y la sexualidad de manera adecuada para su edad y favorecer una educación afectivo-sexual que les permita comprender y tomar decisiones de manera informada.
También es importante que exista acompañamiento por parte de la familia, cuidadores y docentes en el establecimiento de reglas y límites respecto al uso de dispositivos electrónicos y redes sociales. Los niños(as) y adolescentes pueden estar expuestos no sólo a distintos peligros, sino también a contenidos que no corresponden a su etapa del ciclo vital y que pueden influir en sus percepciones sobre el cuerpo, las relaciones y la sexualidad. Una exposición inadecuada puede relacionarse, entre otras consecuencias, con insatisfacción respecto a la propia imagen corporal (Baltan Asprilla et al., 2024).
Por ello, resulta fundamental trabajar tanto en la educación sexual como en el uso responsable de la tecnología.
Sin embargo, todo lo anterior responde principalmente a la prevención y a la educación inicial, pero no contesta del todo la pregunta que da título a este artículo: ¿qué hacer si mi hijo(a) desea ejercer como trabajador(a) sexual?
Si esto llegara a ocurrir, lo recomendable sería mantenernos como una red de apoyo en lugar de generar estigma o convertir la decisión en un tema del que no se pueda hablar. En la tesis Mujeres Unidas: El impacto del trabajo sexual en los vínculos (Ang Torres et al., 2024), se observa que algunas trabajadoras sexuales desean mantener su actividad en secreto, se alejan de sus familias o incluso han experimentado rechazo, estigma y violencia por parte de familiares al enterarse de su ocupación.
Esto nos lleva a pensar que, aun cuando una familia no esté de acuerdo con la decisión, romper el vínculo probablemente no sea la mejor forma de acompañar. Acompañar no significa aprobar automáticamente ni ignorar los riesgos. Significa permanecer presentes, escuchar, informar y ayudar a valorar las posibles consecuencias de la decisión, procurando que las diferencias no se conviertan en una ruptura de la relación.
Ser padre o madre de una persona que ejerce el trabajo sexual implica también reconocer que los hijos no tienen por qué cumplir todas las expectativas de sus padres ni vivir los sueños o proyectos que estos imaginaron para ellos. Acompañarlos implica aprender a reconocerlos como personas con deseos, valores y proyectos propios, incluso cuando estos no coinciden con los nuestros.
No se trata de solapar todas sus decisiones, sino de permanecer presentes para orientar, reflexionar e informar junto con ellos. Porque acompañar también significa poder decir “no estoy de acuerdo” sin convertir ese desacuerdo en rechazo; poder hablar de los riesgos sin recurrir al miedo; y, sobre todo, procurar que nuestros hijos sepan que una decisión que confronta nuestras expectativas no tiene por qué significar que han perdido a su familia.
Referencias
Ang Torres, D. F., Nuñez Betanzo, V. I., Robellada Rodriguez, A., & Sandoval Domínguez, Z. (2024). Mujeres Unidas: El impacto del trabajo sexual en los vínculos [Tesis de licenciatura, Universidad Autónoma Metropolitana]. https://repositorio.xoc.uam.mx/jspui/retrieve/f9667ddc-eefc-4883-a411-f9f8517ce3b7/51506.pdf
Baltan Asprilla, A. L., Flórez Rivera, L. D., & Pineda Torres, M. P. (2024). La hipersexualización en las redes sociales frente a la construcción de los estereotipos de belleza en las mujeres adolescentes de la institución educativa Escuela Normal Superior Juan Ladrilleros [Trabajo de grado de pregrado, Universidad del Valle]. https://bibliotecadigital.univalle.edu.co/server/api/core/bitstreams/5c9ec442-fe55-458c-97bd-8254b40d7382/content
Castillo Rivas, L. F., Libreros Arciniegas, D., & Vergara Rojas, A. S. (2018). Factores psicosociales que predisponen la práctica del sexo recompensado en mujeres de Latinoamérica [Trabajo fin de grado, Universidad Cooperativa de Colombia]. https://repository.ucc.edu.co/server/api/core/bitstreams/b38a6514-c39f-4898-8821-67ebe0f41c42/content
Hernández Oropa, M. (2023). El engaño del empoderamiento femenino a través de la explotación sexual en plataformas digitales. En K. Fernández Morales & N. González Martín (Coords.), Vulnerabilidades. Niñas, adolescentes y mujeres en las instituciones (pp. 67-75). Instituto de Investigaciones Jurídicas, UNAM. URL
Mora, E., & Haddock, A. (2025). Trabajo sexual, estigma, resistencia y derechos. Revista Mexicana De Sociología, 87(4), 761–787. https://doi.org/10.22201/iis.01882503p.2025.4.63045
Piedra Bousoño, A. (2025). El trabajo sexual masculino análisis desde la educación social [Trabajo fin de grado, Universidad de Oviedo]. https://digibuo.uniovi.es/dspace/bitstream/handle/10651/79289/TFG_AlbaPiedraBousoño.pdf?sequence=4
Santana Nixon, S.-L. (2021). Un análisis del fenómeno OnlyFans desde el enfoque de género. Su influencia en la socialización diferencial. [Trabajo de grado, Universidad de La Laguna]. https://riull.ull.es/xmlui/handle/915/24957
Zappelli Gugliotta, J. (2022). Trabajo sexual o pro stitución, ¿un trabajo que empodera o una forma más de explotación sexual?. En Actas publicadas. Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación. Universidad Nacional de La Plata. https://www.memoria.fahce.unlp.edu.ar/trab_eventos/e v.16513/ev.16513.pdf