En Argentina, el 92% accede a contenido sexual a través del celular: los efectos de una inmediatez sin regulación

Sep 29, 2026
En Argentina, el 92% accede a contenido sexual a través del celular: los efectos de una inmediatez sin regulación
Photo by Jonas Leupe / Unsplash

La plataformización modifica las formas de buscar, contactar y ofrecer servicios para adultos, a toda hora y en todo lugar. Esto abre una discusión sobre seguridad, privacidad, autonomía y regulación. Los “no lugares”, entre el anonimato y la exposición.  

Un teléfono alcanza para recorrer anuncios, aplicar filtros, buscar una ubicación, iniciar una conversación y, eventualmente, acordar un encuentro. Puede ocurrir en una casa, pero también durante un viaje, en una pausa laboral, en un bar o mientras alguien atraviesa una ciudad.

Los datos de un estudio realizado por SimpleEscort sobre el tráfico registrado en Argentina durante mayo de 2026 permiten dimensionar hasta qué punto esa transformación ya forma parte de los hábitos de búsqueda. En un solo mes se contabilizaron 1.451.140 sesiones y 850.783 usuarios activos provenientes de Argentina. El 92,8% de los usuarios clasificados accedió desde un smartphone, frente al 6,8% desde una computadora y el 0,3% desde una tablet.

La digitalización modifica la relación entre espacio, tiempo, búsqueda y contacto.

También se da un desplazamiento del tráfico de actividad. El mismo estudio registró 312 ciudades argentinas: Buenos Aires concentró el 28,5% de las sesiones geolocalizadas, lo que significa que más del 70% del tráfico se produjo fuera de la capital.

El mercado sexual digital, entonces, no aparece solamente como un fenómeno de las grandes ciudades. La demanda se encuentra territorialmente distribuida y la plataforma funciona como una infraestructura capaz de conectar búsquedas y ofertas que no necesitan compartir previamente un espacio físico.

Un mercado que se despega del lugar

La relación entre sexualidad, tecnología y espacio no comenzó con el smartphone.

El informe de AMMAR sobre la plataformización del trabajo y su impacto en el comercio sexual ubica este proceso dentro de una transformación más extensa del mundo laboral. Las plataformas digitales comenzaron a adquirir una presencia creciente durante los últimos años y modificaron la relación entre quien realiza una tarea, quien demanda el servicio y la propia plataforma.

En el caso del mercado sexual, sin embargo, la digitalización tiene una historia anterior a las plataformas actuales.

Las trabajadoras sexuales y sus clientes ya utilizaban correo electrónico y páginas web para establecer contactos. Después llegaron las aplicaciones y páginas de citas, las redes sociales centradas en imágenes y la circulación de fotografías de contenido sensual.

AMMAR plantea que la mediatización digital de la sexualidad no surgió, entonces, de un día para otro con OnlyFans. Lo novedoso fue la aparición de plataformas en las que determinados servicios sexuales comenzaron a venderse directamente online y los contactos pasaron a estar mediados de manera sistemática por tecnologías digitales.

Entre esas modalidades aparecen el modelaje webcam y la venta de fotografías y videos eróticos mediante plataformas de suscripción o pago por contenido.

La tecnología dejó de ser solamente un canal para convertirse en parte de la infraestructura del trabajo. 

Antes podía existir una relación más evidente entre dispositivo, espacio y momento. La computadora estaba en una casa, en un lugar de trabajo o en un cibercafé. La publicación estaba en un diario o revista. 

El smartphone rompe buena parte de esa relación propia de la modernidad.

El celular y los “no lugares”

Marc Augé describió los “no lugares” como espacios vinculados con el tránsito, la circulación, el anonimato y relaciones más funcionales que identitarias: aeropuertos, autopistas, centros comerciales, estaciones. Un fenómeno propio de las identidades líquidas y efervescentes de la posmodernidad.

El smartphone agrega una capa diferente a esa experiencia. No es necesario decir que el celular sea literalmente un “no lugar”. La cuestión es que la pantalla permite que una interacción se despegue parcialmente del espacio físico en el que está la persona.

El usuario puede estar en un lugar de tránsito y, simultáneamente, acceder a un mercado localizado digitalmente. Puede consultar una oferta en Lomas de Zamora desde otro punto del conurbano. Puede buscar en La Plata mientras está en otra ciudad. Puede comenzar una conversación sin que exista todavía un espacio físico compartido.

La consecuencia es una transformación de la relación entre mercado y territorio.

El mercado no desaparece del territorio: se vuelve más difícil de localizar en un único territorio.

Y también cambia la relación con el tiempo.La búsqueda deja de depender de horarios determinados. No hay que esperar a llegar a una computadora ni desplazarse hasta un lugar específico para comenzar el contacto. La infraestructura está disponible prácticamente todo el tiempo.

El mercado sexual entra así en una lógica propia de la vida móvil: si el teléfono acompaña a la persona durante todo el día, también puede acompañarla la posibilidad de buscar, contactar y ofrecer servicios.

La geografía sigue ahí

La paradoja es que la deslocalización no significa que la geografía haya perdido importancia. Los datos de SimpleEscort muestran que las búsquedas continúan teniendo una fuerte dimensión territorial. Durante mayo se registraron 31.689 sesiones mediante el buscador libre, distribuidas en 6.310 claves de búsqueda diferentes. El 63,5% de esas claves fue utilizado una sola vez.

Entre las expresiones aparecen referencias a barrios y ciudades concretas como Flores, Pilar, La Plata, Palermo, Laferrere, Lomas de Zamora, Quilmes y Ushuaia.

El usuario no necesita estar en un barrio para comenzar la búsqueda, pero puede utilizar el celular para buscar precisamente qué hay en ese barrio. El espacio no desaparece. Se convierte en un dato, un filtro, una referencia.

La plataformización cambia el trabajo

Desde la perspectiva de quienes realizan trabajo sexual, esta transformación tiene otra dimensión. El informe de AMMAR define el trabajo en plataformas a partir de la “intermediación digital” entre quien realiza una tarea, quien demanda el servicio y la propia plataforma. Son actividades que se realizan bajo demanda y que descansan sobre una fuerza laboral flexible.

En ese esquema aparecen problemas conocidos del trabajo de plataformas: ausencia de protecciones y derechos laborales, incertidumbre sobre las condiciones de trabajo y desplazamiento de autonomía a la informalidad.

Pero el propio informe plantea una tensión importante: para colectivos históricamente precarizados y excluidos, las plataformas “podrían expandir las oportunidades de trabajo”, favorecer la flexibilidad espacio-temporal y facilitar la creación de comunidades virtuales.

En el mercado sexual, esa ambivalencia adquiere características particulares. AMMAR recupera investigaciones que señalan que el trabajo sexual online puede reducir determinadas formas de exposición al riesgo: “mayor seguridad física”, “menores interacciones con la policía” y “mayores posibilidades de seleccionar clientes”.

La digitalización puede permitir, entonces, que algunas personas tengan mayor capacidad de decidir cuándo trabajar, desde dónde hacerlo y con quién establecer contacto.

Eso es importante porque una mirada centrada exclusivamente en los riesgos de Internet podría terminar reproduciendo una idea equivocada: que el desplazamiento del trabajo sexual hacia las plataformas solamente agrega peligros.

No necesariamente. También puede modificar las condiciones en las que una trabajadora administra su actividad. La cuestión, entonces, no es determinar si la plataforma es segura o insegura en términos absolutos, sino observar qué riesgos desplaza, cuáles reduce y cuáles nuevos produce.

La pantalla puede sacar de la calle, pero no de la violencia

En una entrevista realizada previamente para Simple Media, Rebe, trabajadora sexual e integrante de AMMAR, había señalado que la violencia también aparece en los entornos virtuales. En particular, relató situaciones en las que compañeras recibieron amenazas vinculadas con la posibilidad de que fotografías o información sobre su actividad fueran difundidas entre familiares y personas cercanas.

Una trabajadora puede tener más herramientas para seleccionar clientes y evitar determinadas situaciones de exposición física, pero al mismo tiempo quedar expuesta a otras formas de violencia: acoso, amenazas, extorsión, difusión de imágenes o revelación de información personal.

Y eso permite discutir una de las ideas más instaladas alrededor del trabajo sexual digital: que trabajar detrás de una pantalla equivale automáticamente a trabajar de manera segura.

El propio informe de AMMAR señala que el trabajo online puede reducir ciertos riesgos, pero también advierte sobre otros procesos derivados de la plataformización, como una mayor competencia y un posible aislamiento que puede dificultar la construcción de redes de apoyo.

Una trabajadora puede no tener contacto físico con un cliente, pero sí puede quedar expuesta a que una imagen sea descargada y compartida. Puede evitar determinadas situaciones en la calle, pero recibir amenazas a través de un teléfono. Puede seleccionar a quién responde, pero no controlar completamente qué hará esa persona con la información obtenida durante la interacción.

La seguridad digital, entonces, no puede pensarse solamente como una cuestión tecnológica: también es una cuestión laboral.

Cuando el “escrache” se vuelve una herramienta de amenaza

El temor a ser expuesta públicamente adquiere una dimensión particular en un trabajo que todavía carga con estigmas sociales.

La amenaza de mostrar una fotografía, revelar una actividad o difundir conversaciones puede funcionar como mecanismo de presión aunque nunca llegue a concretarse.

Y ahí el problema excede la privacidad. La exposición puede tener consecuencias familiares, laborales y sociales. Puede afectar la posibilidad de sostener una identidad profesional separada de otros ámbitos de la vida.

La digitalización, por eso, produce una situación paradójica: por un lado, permite administrar mejor qué información compartir y con quién; por otro, una vez que una imagen o un dato ingresan en circulación digital, el control sobre ese contenido puede perderse rápidamente.

En ese punto aparecen desafíos que no existían con la misma intensidad en los modelos tradicionales de contacto: protección de datos, seguridad de cuentas, control de imágenes, suplantación de identidad y mecanismos de denuncia.

AMMAR cuenta en su informe que trabajó específicamente sobre herramientas de ciberseguridad y capacitación para afrontar estas situaciones.

La cuestión deja de ser solamente cómo conseguir cliente y pasa a ser cómo proteger una identidad laboral dentro de un ecosistema en el que los datos circulan permanentemente.

Del lado del consumidor también hay riesgos

La transformación tampoco afecta exclusivamente a quienes ofrecen servicios. Para los consumidores, la facilidad de acceso convive con nuevas modalidades de fraude. Un perfil puede ser falso, una fotografía puede no corresponder con quien administra la cuenta o una conversación puede derivar en un pedido de dinero, una extorsión o un intento de obtener información personal.

El fenómeno forma parte de un problema más amplio de seguridad digital. Un estudio realizado en 2026 por el Instituto de Seguridad y Criminología de Insight 21, de la Universidad Siglo 21, sobre 1.050 personas de entre 18 y 65 años en siete ciudades argentinas, encontró que el 24,9% había sido víctima de algún ciberdelito. Entre esos casos, el fraude o la estafa digital representó el 41%, seguido por la suplantación de identidad (29%) y el robo de información personal o financiera (14,5%).

El estudio no analiza específicamente fraudes vinculados con el consumo de contenido o servicios sexuales, sino ciberdelitos en general. Sus resultados permiten, sin embargo, dimensionar un riesgo que también puede aparecer en las interacciones digitales de este mercado: la posibilidad de que un contacto sea utilizado para obtener dinero, información personal o datos que luego puedan ser utilizados de manera abusiva.

La comunicación digital introduce además una particularidad: antes de que exista un encuentro físico puede haberse acumulado una cantidad importante de información. Un número telefónico, una fotografía, una cuenta de una red social, una dirección de correo electrónico o una transferencia pueden convertirse en piezas de información aprovechables para una estafa, una suplantación de identidad o una maniobra de extorsión.

El mismo estudio aporta otro dato relevante: aunque el 75,3% de los encuestados afirmó adoptar alguna práctica de ciberseguridad, el 43,8% de quienes recibieron pedidos de datos personales a través de canales digitales reconoció haberlos entregado total o parcialmente.

La pantalla produce distancia, pero no garantiza anonimato. Y cuanto más sencillo resulta iniciar un contacto, más importante se vuelve contar con mecanismos para verificar identidades, proteger datos y denunciar abusos.

La discusión ya no es si está en Internet

La digitalización del comercio sexual tiene, entonces, una doble cara. Por un lado, puede ampliar la autonomía, flexibilizar tiempos y espacios de trabajo, permitir una mayor selección de clientes y reducir determinadas formas de exposición física.

Por otro, puede generar nuevas modalidades de competencia, aislamiento, acoso, amenazas, extorsión, exposición de información y pérdida de control sobre imágenes y datos personales.

Para los consumidores, la facilidad de acceso también trae riesgos asociados a fraudes, suplantaciones y extorsiones.

Para las plataformas, el crecimiento de este mercado plantea responsabilidades vinculadas con seguridad, privacidad, moderación y protección de usuarios.

Y para el Estado, aparece una discusión que no puede reducirse a la persecución: qué derechos, mecanismos de protección y reglas necesitan quienes participan de un mercado que ya se encuentra profundamente digitalizado.

El informe de SimpleEscort muestra una demanda extendida por todo el país y predominantemente móvil. El trabajo de AMMAR permite observar que esa transformación no es solamente tecnológica: modifica las condiciones laborales y las formas de autonomía de quienes realizan trabajo sexual.

Y el testimonio de trabajadoras como Rebe agrega una advertencia que los números por sí solos no pueden mostrar: la pantalla puede modificar la forma de la violencia sin hacerla desaparecer.

El celular hizo que el mercado sexual entre en el bolsillo. Lo que queda por discutir es qué derechos, qué seguridad y qué regulación deben acompañar a un mercado que puede funcionar en cualquier lugar, a cualquier hora y, cada vez más, detrás de una pantalla.

Mauricio Amaya es periodista argentino especializado en actualidad política, cultural y social. Editor periodístico del Diario La Unión, cuarto más antiguo de la Argentina y de trascendencia en el territorio bonaerense. Divulgador tanto de noticias locales y personajes barriales, como de aquellas de relevancia científica e interés mediático. También, docente universitario y de nivel secundario de comunicación, cultura y consumo, con especializaciones en Educación con Imágenes y Educación Ambiental. Y Maestrando en Comunicación, con una línea de estudio centrada en masculinidades, edades y autonomías.