Cuando la pelota empezó a rodar, las consultas desaparecieron. Los mensajes se frenaron, las plataformas quedaron casi vacías y el trabajo entró en pausa. Pero el silbatazo final no solo marcó el regreso de los usuarios: también dejó al descubierto una realidad que va mucho más allá del fútbol.
En los últimos días, un informe elaborado por SimpleMedia por SimpleEscort al respecto del Mundial de fútbol 2026, reveló que durante los partidos de la Selección Argentina, las sesiones activas llegaron a disminuir un 57%, mientras que en las 24 horas posteriores se registró un aumento cercano al 10% en la cantidad de usuarios que navegaron por la plataforma.
Las cifras mostraron que el Mundial modifica hábitos de consumo, tiempos de ocio y formas de vincularse. Sin embargo, para quienes viven de este trabajo, esas oscilaciones en la demanda también exponen la fragilidad de un ingreso que depende casi exclusivamente de la conexión permanente con potenciales clientes y de un mercado sin derechos laborales ni ingresos garantizados.
Para Rebe, trabajadora sexual, el Mundial funciona apenas como una fotografía de una problemática mucho más profunda. "El ánimo en general es malísimo, resume apenas comienza la conversación".
Lo que el Mundial dejó en evidencia durante unos días es una realidad permanente para muchas trabajadoras sexuales: ingresos que dependen de una demanda cambiante, incertidumbre constante y una actividad atravesada por la crisis económica, la informalidad y el estigma.
Esa precariedad no solo se expresa en la incertidumbre sobre los ingresos. También transformó la propia tarea cotidiana de quienes ejercen el trabajo sexual.
Mucho más que erotismo
Rebe cuenta que el trabajo cotidiano está muy lejos de la imagen simplificada que suele construirse desde afuera: "Una tiene que, además de laburar con el erotismo, ser también un poco coach personal. Ir a levantar el ánimo de clientes que vienen cansados porque trabajan muchísimo más. Eso pasa hace diez años, no es un problema de ahora."
La situación económica modificó incluso la forma en que llegan los clientes.
"Ellos hacen un esfuerzo enorme para poder pagar un encuentro. Ahí está el meollo de la cuestión. Básicamente terminás siendo una psicóloga. Dejás de lado tu propia queja para mostrarle que no hay mal que dure cien años y que, por lo menos durante ese rato, esa persona se sienta contenida."
En ese relato aparece una dimensión poco explorada cuando se habla del trabajo sexual: el trabajo emocional. No se trata únicamente del intercambio económico o del erotismo. Existe una tarea de escucha, acompañamiento y contención que rara vez es reconocida.
"No es sólo ser penetrada o un 'depósito de semen', como quisieron instalar. Es cuidar al otro emocionalmente."
La reflexión de Rebe cuestiona uno de los estereotipos más extendidos sobre el trabajo sexual: la idea de que el cuerpo es el único recurso que entra en juego. Su experiencia muestra que también hay un desgaste emocional permanente, tan real como invisibilizado.
Un reclamo que va mucho más allá del reconocimiento simbólico
Si la precarización atraviesa cada aspecto de la actividad, el reclamo de las organizaciones de trabajadoras sexuales también excede el reconocimiento simbólico. Lejos de los debates morales que suelen dominar la discusión pública, las principales demandas apuntan al acceso a derechos laborales.
"Lo que queremos las trabajadoras sexuales es la descriminalización del trabajo sexual en todas sus modalidades y derechos laborales”.
El reclamo incluye la derogación de los códigos contravencionales que todavía criminalizan la actividad en 16 provincias, el reconocimiento del trabajo sexual dentro del monotributo, acceso a jubilación, obra social, créditos para vivienda y políticas públicas que contemplen una atención integral de la salud.
"No pedimos privilegios. Pedimos los mismos derechos laborales que tiene cualquier trabajador o trabajadora."
Del trabajo presencial a las plataformas
La pandemia no creó el trabajo sexual digital, pero sí aceleró su expansión a una velocidad inédita. El aislamiento obligó a millones de personas a trasladar su vida laboral y social a internet, y las plataformas de suscripción vivieron un crecimiento explosivo.
OnlyFans, fundada en 2016 como un espacio para que creadores de distintos rubros monetizaran contenidos exclusivos, encontró durante esos meses el impulso que la convirtió en un fenómeno global.
La cantidad de usuarios pasó de 13,5 millones en 2019 a más de 82 millones en 2020, mientras que el número de creadores se multiplicó por más de cuatro en apenas un año. Para 2023 la plataforma ya superaba los 305 millones de usuarios registrados y 4,1 millones de cuentas creadoras, cifras que muestran cómo el modelo de negocio se consolidó incluso después del fin de las restricciones sanitarias.
Sin embargo, para Rebe esas cifras cuentan sólo una parte de la historia. Detrás del crecimiento de las plataformas hubo miles de trabajadoras sexuales que encontraron en la virtualidad una forma de sostener sus ingresos cuando el trabajo presencial se volvió imposible, aunque esa migración no vino acompañada de derechos laborales ni de un reconocimiento estatal.
Rebe formó parte del Sindicato de Trabajadoras Sexuales de la Argentina AMMAR durante casi una década. Durante el 2025 asumió la referencia del espacio de internet del sindicato y coordinó un informe dedicado a analizar las distintas modalidades de trabajo sexual en plataformas digitales.
Su experiencia también cuestiona una idea bastante instalada: que el trabajo sexual online nació con OnlyFans: "Las trabajadoras sexuales en internet ya existían mucho antes. Estaban en sitios donde se publicaban servicios para encuentros presenciales. Internet ya era parte de nuestro trabajo."
Lo que produjo la pandemia fue una migración que quedó consolidada hoy: "Como pasó con la mayoría de los trabajos, muchas compañeras tuvieron que migrar completamente a la virtualidad. Empezaron a hacer vivos, cammear, hacer videollamadas o vender contenido. La diferencia es que nuestro trabajo seguía sin estar reconocido y además estaba criminalizado."
De la calle a las pantallas
La pandemia aceleró un proceso que ya venía gestándose: buena parte del trabajo sexual migró de la calle y los encuentros presenciales hacia las plataformas digitales. Mientras otros sectores de la economía encontraron distintas herramientas estatales para sostenerse durante el aislamiento, las trabajadoras sexuales quedaron prácticamente por fuera de cualquier política pública.
"Lo que hizo el sindicato fue abrir la Casa Roja, un espacio para que las trabajadoras de la informalidad pudieran tener un lugar donde estar y no ser detenidas."
Mientras muchas trabajadoras intentaban sostener sus ingresos en la virtualidad, la Casa Roja funcionó como un espacio de contención frente a una emergencia inédita y volvió a poner sobre la mesa una pregunta que sigue vigente: ¿Qué sucede cuando un trabajo existe en los hechos pero no es reconocido por el Estado?
Para Rebe, la pandemia dejó esa contradicción completamente expuesta.
La falsa promesa del "sé tu propia jefa"
Uno de los aspectos que más cuestiona es el discurso emprendedor que acompañó la expansión de las plataformas digitales.
"Durante mucho tiempo se instaló esa cuestión de 'sé tu propio jefe o jefa'. Es un cliché que se multiplicó muchísimo y es una trampa enorme porque promueve la informalidad y quedar afuera de los derechos laborales."
Desde esa mirada, el crecimiento del trabajo independiente muchas veces es presentado como sinónimo de libertad, cuando en realidad implica asumir todos los riesgos sin protección estatal.
El auge de OnlyFans y otras plataformas también profundizó una tensión propia de la llamada economía de plataformas. Aunque suelen presentarse como un ejemplo de autonomía y emprendimiento individual, estos modelos trasladan casi todos los riesgos a quienes trabajan: asumen los costos de producción, dependen de algoritmos para ganar visibilidad, enfrentan ingresos variables y, en la mayoría de los casos, carecen de derechos laborales como licencias, cobertura social o jubilación.
Para las organizaciones de trabajadoras sexuales, el auge de estas plataformas no reemplazó la necesidad de reconocimiento laboral; por el contrario, volvió aún más visible esa demanda.
"Es un lavado de cabeza para las trabajadoras sexuales. Todos los gobiernos han tomado la posición de no considerarnos sujetos políticos. Nos silenciaron. Y durante la pandemia eso quedó totalmente explicitado."
La violencia cambió de escenario
La digitalización no eliminó las violencias: simplemente las desplazó hacia otros escenarios: "La violencia hacia las trabajadoras sexuales es distinta en la calle que en la virtualidad, pero de alguna forma es la misma porque es estructural."
En el espacio público aparecen la persecución policial, la exposición física y las agresiones directas. En internet, en cambio, las amenazas adoptan otras formas.
"Muchas compañeras tenían miedo porque las amenazaban con mostrar sus fotos a sus familias o amigos”, comentó Rebe y añadió: "Ellas no querían hacer denuncias policiales. Incluso con la Ley Olimpia (que busca reconocer, prevenir y sancionar la violencia digital) seguían sintiendo que no iban a estar protegidas.”
Frente a esa realidad, AMMAR decidió incorporar herramientas poco habituales dentro del movimiento sindical. "Tuvimos que investigar sobre ciberseguridad. Participamos de un encuentro de hackers que se hizo por primera vez en Argentina y unas compañeras feministas hackers de Colombia nos capacitaron durante seis meses."
La seguridad digital pasó a convertirse en otra forma de defensa laboral.
El estigma sigue siendo la mayor frontera
Para Rebe existe una experiencia común que atraviesa todas las modalidades del trabajo sexual, independientemente de cuánto dinero gane cada persona.
"No importa de dónde seas, si sos millonaria o no. Lo que nos atraviesa es el estigma y la discriminación."
Incluso muchas creadoras de contenido prefieren no identificarse como trabajadoras sexuales. "Se instaló en el relato colectivo que ser puta está mal. Ese mensaje caló muy fuerte en las pibas de ahora."
Sin embargo, evita responsabilizarse: "No es culpa de las creadoras de contenido. Eso va mucho más allá y tiene que ver con la cultura y con el rol que asumió el Estado durante todos estos años."
Por esa razón, explica, el sindicato mantiene una política de puertas abiertas. "Recibimos tanto a quienes se reconocen como trabajadoras sexuales como a las que todavía no. A la que pudo comprarse una casa en la Patagonia vendiendo fotos de los pies o a la que recién empieza. No hacemos distinciones."
Un debate pendiente
Los datos obtenidos por SimpleEscort durante el Mundial permiten observar cómo un evento global modifica las dinámicas del trabajo sexual. Pero también funcionan como un punto de partida para discutir una realidad que suele permanecer fuera de agenda.
Las estadísticas hablan de caídas y aumentos en la actividad de las plataformas. Detrás de esos números, sin embargo, aparecen problemáticas mucho más profundas: la precarización laboral, la violencia, el estigma y la ausencia de derechos para quienes ejercen el trabajo sexual.
Para Rebe, ninguna de esas discusiones puede resolverse de manera individual.
"Mejorar la seguridad de las trabajadoras sexuales es un trabajo colectivo donde tienen que estar presentes todas las putas, de todas las modalidades, la herramienta sindical y el Estado."
"Todos tienen que dejar de hacer foco en la cuestión moral para usar la política como herramienta de cambio y mejorar la vida de todas las personas."
El Mundial mostró cómo cambian las dinámicas de una actividad durante un acontecimiento extraordinario. La conversación con Rebe, en cambio, invita a mirar aquello que permanece cuando termina el partido: un trabajo que existe, se transforma y sostiene ingresos para miles de personas, pero que todavía reclama reconocimiento, derechos y protección frente a las distintas formas de violencia.