La figura del cliente de sexo pago: un actor del que nadie habla

Jan 21, 2026
La figura del cliente de sexo pago: un actor del que nadie habla
Photo by Timo Wagner / Unsplash

En los debates públicos sobre la prostitución en México, la atención casi siempre se centra en quienes ejercen esta actividad. Se habla, sobre todo, de la moralidad que rodea al trabajo sexual, dejando el reconocimiento legal y los riesgos a los que se exponen en un segundo lugar. 

Sin embargo, hay una figura clave que rara vez ocupa el foco de la opinión pública: el cliente. Sin demanda no hay mercado, pero el consumo masculino de servicios sexuales es una realidad la cual permanece fuera del escrutinio social.

Analizando los clientes de servicios sexuales dentro del anonimato

Lejos de ser un grupo homogéneo, los consumidores de sexo de pago en México provienen de diferentes contextos sociales. Ni muy ricos ni muy pobres, el consumo no se limita a un perfil marginal ni a una edad concreta, sino que atraviesa clases sociales, niveles educativos y etapas vitales distintas.

Según datos de plataformas digitales como SimpleEscort, ciudades como Ciudad de México, Guadalajara, Monterrey o Tijuana concentran una parte importante de esta demanda, tanto en contextos urbanos cotidianos como en espacios asociados al ocio nocturno y al turismo.

Además, esta idea de diversidad también se refleja en los rangos de edad de los usuarios, siendo los rangos adultos los más significativos. El grupo de 25 a 34 años (26,1%) es el más numeroso, seguido por 45 a 54 años (19,9%), 35 a 44 años (17%) y 55 a 64 años (17,1%). Incluso los extremos del espectro, es decir, de 18 a 24 años (13,4%) y los mayores de 65 años (6,2%), mantienen una participación relevante.

Así, esta diversidad etaria sugiere que el consumo de prostitución no responde a un rango concreto, sino que acompaña a los hombres a lo largo de las diferentes fases de la vida adulta. 

Lo que dicen los datos cuando el discurso social permanece en silencio 

Aunque los datos sobre clientes son escasos en comparación con los estudios sobre trabajadoras sexuales, la información facilitada apunta a un patrón claro: el consumo masculino es amplio, estable y socialmente tolerado. La distribución por edades observada en SimpleEscort lo refuerza, mostrando que el cliente no es un actor marginal ni circunstancial, sino una figura estructural del mercado sexual.

Además, la ausencia de políticas públicas centradas en el cliente, pues las sanciones suelen imponerse en quien ejerce, contrasta con la magnitud de esta demanda y revela un vacío en la forma en que se aborda el fenómeno.

Consumir sin cuestionar: deseo masculino y normas culturales

Basándonos en los modelos de masculinidad dominantes en México, la socialización masculina tradicional ha vinculado el deseo sexual con la afirmación de estatus, control y experiencia. Por lo tanto, el acceso al sexo puede interpretarse como una extensión del poder económico o simbólico, más que como un espacio de intimidad.

Siguiendo esta lógica, acudir a una trabajadora sexual no implica cuestionar su identidad masculina, sino reafirmarla: pagar por un servicio evita el rechazo, elimina cualquier negociación emocional y sitúa al cliente en una posición de control. Esta dimensión cultural puede ayudar a explicar por qué el consumo masculino es socialmente tolerado, incluso cuando el trabajo sexual en sí mismo es estigmatizado.

Mirar sin implicarse: cómo los clientes interpretan el trabajo sexual

Siguiendo este análisis desde la perspectiva del cliente, la prostitución suele ser interpretada como un servicio delimitado y despersonalizado. Es decir, para muchos hombres mexicanos, la transacción permite satisfacer deseos sin implicaciones emocionales, reforzando una distancia que protege su identidad pública.

Al mismo tiempo, algunos estudios sobre consumo sexual masculino señalan que el cliente no siempre busca únicamente sexo, sino validación, control y ausencia de conflicto. Y, en este caso, el pago funciona como un mecanismo que garantiza previsibilidad en un entorno donde otras relaciones íntimas pueden ser inciertas, desafiantes o implicar un sobreesfuerzo. 

Cuando pagar implica decidir: dinero y asimetría en la relación sexual 

En la relación entre cliente y trabajadora sexual, el dinero no solo actúa como medio de intercambio, sino como herramienta que organiza el tiempo, el espacio y los límites del encuentro. El cliente suele percibirse a sí mismo como quien “elige”, mientras que la trabajadora aparece como quien “ofrece”, una narrativa que refuerza desigualdades.

Y en México, estas asimetrías se intensifican en contextos de desigualdad económica, movimientos migratorios internos o presencia de crimen organizado en ciertos territorios. Aunque no todos los encuentros reproducen dinámicas de abuso, estos factores suelen favorecer el poder del cliente, que se da por sentado y rara vez se cuestiona.

Un mercado con responsables invisibles

Uno de los rasgos más llamativos del debate sobre trabajo sexual nacional es la estigmatización selectiva. Esto significa que lxs trabajadorxs sexuales son objeto de control policial, discursos morales y políticas públicas ambiguas. En cambio, el cliente permanece en la invisibilidad. Algo que refuerza la idea de que el consumo masculino es un hecho “natural”.

Además, el silencio institucional sobre el cliente contrasta con la centralidad que tiene en la práctica. La figura masculina que paga por sexo rara vez es interpelada como sujeto de responsabilidad social, lo que contribuye a mantener intactas las normas culturales que sostienen el mercado.

Viajar, pagar y volver: el cliente en contextos de turismo y desigualdad

Antes de terminar con este análisis, es importante mencionar cómo se comporta el cliente en lugares donde el turismo sexual es habitual. La llegada de visitantes nacionales y extranjeros introduce diferencias de poder más marcadas, asociadas a ingresos, movilidad y estatus. Por lo tanto, en estas zonas turísticas y fronterizas el consumo de sexo convive con economías locales precarizadas, e incluso con dinámicas de violencia y explotación.

Aquí, el cliente no es solo un consumidor individual, sino que parte de un flujo económico que impacta en comunidades enteras. Es decir, su participación activa reproduce desigualdades regionales y normaliza ciertas prácticas bajo el paraguas del ocio.

Es por ello que, mientras el cliente siga siendo una figura invisible en el debate público, el análisis del trabajo sexual mexicano seguirá incompleto. Incorporar esta perspectiva permite abrir preguntas incómodas, pero necesarias, sobre responsabilidad, consumo y normas culturales que sostienen el mercado sexual en la actualidad.