Las batallas por el derecho a la calle y el urbanismo de resistencia en Tlalpan

Apr 22, 2026
Las batallas por el derecho a la calle y el urbanismo de resistencia en Tlalpan
Photo by Luis Andrés Villalón Vega / Unsplash

En el imaginario chilango y la realidad, la Calzada de Tlalpan es un espacio cansado, desértico. Es ese camino que te lleva sí o sí desde el Centro Histórico de la Ciudad de México al sur, no sólo el turístico como las trajineras de Xochimilco o el Ajusco, pero también al sur del país, empezando por el estado de Morelos y la ciudad de la “eterna primavera” conocida como Cuernavaca a Guerrero y las famosas playas de Acapulco. Y sí, también al Estadio Azteca.

Sí, la Calzada de Tlalpan es una avenida de paso, un no-lugar dividido por una de las líneas del Metro más importantes de la capital, donde los automóviles de la vía rápida no permiten ver todo el tiempo de una acera a la otra, a menos que estés en el medio. Sin embargo, esa arteria de asfalto tiene unas células que la caracterizan: las trabajadoras sexuales.

Calzada de Tlalpan, crédito Google Maps

Las trabajadoras sexuales, ellas, algunas de día y muchas más de noche. Las históricas, que atraen las miradas, resisten y denuncian medidas de higienización a menos de 75 días de la inauguración del Mundial de Fútbol 2026. Y no es la primera vez.

De las zonas de tolerancia, a la tolerancia de facto

Érika Alcantar es urbanista. Da clases en la Facultad de Arquitectura de la UNAM, en la Universidad Iberoamericana y la Universidad Rosario Castellanos. Se especializa en historia, sobre todo en la urbana y la planeación con perspectiva de género y coincide con la premisa de que para hablar de la Calzada de Tlalpan debe de hacerse con esta mirada pero también con la histórica.

“Tlalpan en realidad no fue de las zonas más, digamos, más recurrentes para el trabajo sexual sino hasta la segunda mitad del siglo XX”, describe, “porque para entender un poco cómo está estructurada la calzada de Tlalpan el día de hoy, tenemos que recordar que era una primera vía de salida que va a continuar con los españoles y que va a tener, en realidad, poca aparición o poca urbanización a lo largo del periodo colonial y el siglo XIX. Pero a principios del siglo XX, con la expansión de la Ciudad de México, la calzada de Tlalpan va a empezar a ser este camino hacia afuera que va a albergar muchísima urbanización popular”. 

La urbanista sintetiza en entrevista para Simple Media que la calzada de Tlalpan se convirtió posteriormente en el punto de surgimiento de colonias populares, como la Obrera y la Tránsito. A lo largo de la calzada también aparecerán colonias populares, en las que muchas personas de las que habitaron estos barrios se les generará un estigma de “paracaidistas” por el hecho de asentarse en esos lugares a pesar de haber pagado los terrenos a la par de determinados giros comerciales y actividades: por un lado las pulquerías, cantinas y mesones, por otro lado, las trabajadoras sexuales.

Esta situación permitirá el surgimiento de ciertas actividades dentro de estas colonias. Por ejemplo, las pulquerías, antes asociadas a los barrios de indios, se extenderán a lo largo de la calzada, al igual que las cantinas y los mesones.

“Pero también algo muy importante que tenemos que tener en cuenta es que Tlalpan era la salida hacia Cuernavaca, ¿no? y esto va a tomar mucha relevancia cuando llega el ferrocarril México-Cuernavaca y empiezan a inaugurarse los famosos “hoteles de Tlalpan”, que si bien no eran hoteles de paso, eran hoteles para viajeros. Y esto de algún modo va a crear pues claro, un giro nuevo dentro de la calzada”, describe.

No fue hasta el inicio de los años cuarenta cuando inició la abolición de las zonas de tolerancia en la capital mexicana. La más relevante fue la de Cuauhtemotzin, ubicada en lo que hoy es Chimalpopoca, en la colonia Obrera. Esta zona concentraba a la mayor parte de las trabajadoras sexuales de la ciudad. Una vez erradicada, las trabajadoras que antes estaban protegidas, aunque de forma ambigua y bajo una doble moral jurídica y social, por esta zona de tolerancia, se trasladaron a otras zonas, todas ligadas al Ferrocarril a Cuernavaca: por un lado, Sullivan, en la zona centro, y la Calzada de Tlalpan, del centro al sur.

“Lo que sucede es que la planeación urbana y las autoridades orillaron a ir cada vez más a las periferias y en las fronteras de lo permitido y de lo planificado, a estos sectores que no quieren ver en áreas estratégicas de la ciudad. Por eso también la calzada de Tlalpan. Y ahora con el Mundial se ha visto comprometido ese espacio que aunque se vio sumamente afectado por el terremoto de 1985 también se benefició y algunas actividades como el trabajo sexual proliferaron allí. Y ahora vemos cómo con el Mundial busca quitar del mapa a las trabajadoras sexuales”.

Tolerancia cero: la higienización en Tlalpan y en otras sedes mundialistas

El urbanismo olímpico, como se le conoce al modelo que suele transformar el rostro de las sociedades previo a magnos eventos deportivos de carácter internacional, ha sido parte tanto de la historia de la Ciudad de México como de otras ciudades en el mundo.

En la capital, recuerda Érika Alcantar, para la construcción del Estadio Azteca que inició formalmente en 1962, se llevaron a cabo desalojos en el barrio de Santa Úrsula. "Siempre hay una liga entre el gran equipamiento deportivo o habitacional incluso, con el desalojo de poblaciones vulnerables, una característica que define ciudades que no estaban preparadas para otro evento de gran magnitud", detalla.

En la historia internacional reciente está el caso de Sudáfrica 2010, en el que incluso Amnistía Internacional publicó un comunicado sobre la preocupación en torno a las medidas de seguridad por el mundial y su afectación a poblaciones marginadas, incluyendo el riesgo de detención y expulsión de trabajadoras sexuales extranjeras.

Mientras tanto, a inicios de 2014 -justo seis meses antes de la inauguración del Mundial en Brasil- Vila Mimosa, uno de los barrios rojos más conocidos de Río de Janeiro y ubicado a poco más de 1.6 kilómetros del Estadio Maracaná, también vivió un proceso de higienización: los desalojos de trabajadoras sexuales comenzaron a agudizarse a pesar de que el trabajo sexual no es considerado ilegal en dicho país.

Al respecto, la Red de Trabajadoras Sexuales de Latinoamérica y el Caribe (RedTradSex) se pronunció en ese año en contra de que el Estado y los Gobiernos legislen y tomen decisiones que las afectan sin incluirlas ni considerarlas genuinamente como ciudadanas con opinión y derechos puesto que se les excluye de la creación de políticas públicas, de los debates que tratan sobre su situación y no se les reconoce como actores sociales relevantes.

“Cuando el Estado “se acuerda” que existimos y las fuerzas policiales interceden, se pone en riesgo nuestra integridad, y con el fin de limpiar la moral de cierta parte de la sociedad, se nos ataca, esconde o presta a situaciones de vulneración. No somos protegidas por el Estado, los medios no nos dan espacio y nuestras denuncias muchas veces no son tomadas en cuenta. Las redes de corrupción que viven a costa de nuestro trabajo, dentro de las que se hallan beneficiados tanto el poder político como el judicial, garantizan que nuestro trabajo se ejerza en las condiciones más indignas, para poder sacar mayor provecho”, publicó la RedTradSex en aquel momento.

En 2026, la situación no ha cambiado. En los últimos meses el Gobierno de la Ciudad de México ha puesto en marcha un proceso de ordenamiento vial, repavimentación, iluminación en bajopuentes, modernización del transporte público como el Metro y Tren Ligero, la construcción de una “calzada flotante” o paso peatonal elevado por encima de la Línea 2 del Metro y una ciclovía previa a la Copa del Mundo, todo a la altura de la Calzada de Tlalpan.

La suma de estas obras de rehabilitación y construcción han puesto de cabeza al sur de la Ciudad de México. Mayor gentrificación, aumento del tráfico, aumento del tiempo de traslado para quienes usan el transporte público y también, estrategias para desplazar a las trabajadoras sexuales de la zona.

En una visita a la zona, una trabajadora sexual relata desde el anonimato para Simple Media que el trato con las autoridades de la Ciudad de México ha sido deficiente.

"Nuestros ingresos han disminuido y sus supuestas mesas de trabajo para llegar a un acuerdo con nosotras han sido una burla. Sin ingresos, sin reconocimiento a nuestro trabajo, sin una compensación, nada", describe. 

Durante los primeros tres meses de este año, las manifestaciones de trabajadoras sexuales aumentaron: ya fueran sobre la propia Calzada, en la Secretaría de Obras y en distintos puntos estratégicos, sin que a la fecha haya una resolución real.

A la par, vecinos de colonias aledañas a esta vía rápida, como la Portales, se han manifestado en contra de la reubicación de las trabajadoras sexuales. 

"Trabajador@s sexuales, no estamos en contra de tu trabajo, estamos en contra de tu reubicación", se leía en sus pancartas, fotografiadas por el diario El Universal.

Ante esto, Érika sentencia: sí son mecanismos de exclusión pues buscan promover o integrar de algún modo la movilidad en este caso alternativa, la movilidad ciclista, pero mal integrada al resto de la movilidad y de la planeación.

“Podría sonar contradictorio porque soy urbanista, me dedico a estudiar urbanismo y su historia. Pero todo el urbanismo actual es excluyente. Todo el urbanismo moderno busca siempre excluir a alguien y en este caso, pues no les conviene considerar a las trabajadoras sexuales. Por eso necesitamos pues claro pensar en un urbanismo en donde no excluya a nadie y se puedan integrar las distintas personas”, responde.

Urbanismo y resistencia

El urbanismo con perspectiva de género o urbanismo feminista sería una forma de hacerlo, explica Erika. ¿Cuál es este? 

El urbanismo feminista es un enfoque de planificación urbana que sitúa la vida cotidiana y los cuidados en el centro, buscando ciudades seguras, inclusivas y accesibles para todas las personas, superando el modelo tradicional diseñado para el hombre productivo. Prioriza la proximidad, la diversidad, la autonomía y la participación comunitaria frente a la funcionalidad económica.

Según explica la Global Platform for the Right to the City, el urbanismo feminista es aquel que parte del desarrollo de una ciudad teniendo en cuenta en primer lugar la diversidad sexual, las variables identitarias, la diversidad funcional, la edad, la clase y las necesidades de cada población por encima de las necesidades económicas. Más allá de un catalizador de la gentrificación, el urbanismo con perspectiva de género busca contrastar todas las variables existentes para reconocer que cada persona vive la ciudad desde privilegios y opresiones distintas, pero todas requiriendo su espacio público y la participación comunitaria.

“Nuestras ciudades, nuestros barrios y nuestros pueblos se han pensado a través de una lógica económica que ha priorizado los desplazamientos con autos privados,  han creado grandes áreas homogéneas a lo largo de todo el territorio que no ha hecho más que alimentar un sistema capitalista que ha formalizado el territorio y la ciudad de esta forma”, señala la plataforma global.

Y a partir de ello, se destacan 5 cualidades urbanas: accesibilidad, autonomía, cercanía, equipamiento, esparcimiento y una participación activa de los habitantes en todas las mejoras propuestas. Entre ellas, la de la autonomía relacionada con la percepción de seguridad, Érika destaca que la iluminación puede jugar en favor de las trabajadoras sexuales.

“Claro que la iluminación juega ambiguamente para las trabajadoras sexuales, porque una de las cosas que también se vale del trabajo sexual es de la invisibilidad, ¿no? Entonces puede ser que para ellas no sea tan bueno pero a lo mejor para su percepción de seguridad sí”, destaca Erika.

La resistencia frente a los conflictos urbanos, responde la trabajadora sexual entrevistada por este medio,  no se limita a la oposición directa, sino que se manifiesta en la capacidad de forjar nuevas formas de organización y apoyo mutuo. Una de ellas reflexiona sobre la complejidad de estos procesos.

Somos creativas, no nos dejamos, ni nos dejaremos. Seguiremos manifestándonos porque aunque esta ciclovía ha ocasionado conflictos entre nosotras, sabemos hacer red. Nos comunicamos, aprovechamos los espacios, nos conectamos con otras colegas y aunque en la realidad los supuestos aliados huyen muy rápido, nosotras no nos iremos, la resistencia aquí está”, finaliza la trabajadora sexual.

La resistencia así, en un no-lugar, está en dar vida a una zona desértica, en negarse a ser desplazadas y mucho menos eliminadas del mapa, recordando que su presencia es el acto de urbanismo más radical en el sur de la capital.

Frida Mendoza es una periodista de investigación y editora mexicana con una trayectoria de diez años dedicada al análisis profundo de las problemáticas sociales en entornos urbanos. Su labor se ha centrado en la defensa y promoción de los derechos humanos, la justicia social y la perspectiva de género, áreas en las que ha destacado por su capacidad para visibilizar las crisis de desaparecidos, las violencias sistémicas, las brechas de desigualdad y salud sexual sin estigmas. Es coautora en el libro “Las 7 mafias chilangas” (Penguin Random House, 2023) y ha trabajado y publicado en distintos medios nacionales digitales, impresos y radiofónicos tales como Opinión 51, Emeequis, Malvestida, MCCI, El Heraldo Radio, Muy Interesante, Milenio, Aristegui Noticias.Ha sido conferencista y facilitadora de talleres enfocados en estrategias de escritura y perspectiva de género, promoviendo una narrativa periodística más humana y responsable con las audiencias, tema de principal interés en su faceta como columnista en Opinión 51.