El trabajo sexual no debería costar la maternidad

May 25, 2026
El trabajo sexual no debería costar la maternidad
Imagen de Google Maps intervenida

Qué gusto saludarle de nuevo.
Como sabe, le escribo desde la Ciudad de México y esta vez le voy a contar de la entrevista que tuve con Las chicas de la 14. Una asociación civil de unas compañeras de Puebla, un estado muy cercano (a unas 2 horas 15 en auto desde acá) que han presentado una iniciativa para cambiar un párrafo de su código civil que las pone constantemente en riesgo de perder a sus hijos e hijas.

Cuando la maternidad se vuelve un instrumento de control

Entre las trabajadoras sexuales que son madres existe una amenaza que se repite una y otra vez de distintas formas y en distintas bocas: “Te voy a quitar a tus hijos”.

No importa si quien la lanza es una pareja, una suegra, una madre, un padrote, un exmarido o cualquier persona que descubrió que el estigma social puede convertirse en una herramienta de control. El mensaje siempre es el mismo: una trabajadora sexual no debería ser madre. O al menos no una madre con derechos.

Por eso resulta tan importante lo que acaba de ocurrir en Puebla. Integrantes de la organización Las Chicas de la 14 presentaron una iniciativa para que el hecho de ejercer el trabajo sexual no sea utilizado como argumento para separar a las mujeres de sus hijos e hijas.

La propuesta fue presentada por la diputada Gabriela Chumacero y ya fue aceptada para revisión. Ahora el proceso continúa en instancias superiores, donde las trabajadoras sexuales esperan que eventualmente pueda convertirse en jurisprudencia.

Detrás de esa iniciativa hay años de trabajo, de organización y también de cansancio.

Lo que dice la ley hasta ahora

La parte de la ley que proponen modificar es la fracción III del artículo 628 del Código Civil de Puebla, que dice lo siguiente:

Los derechos de la patria potestad que se confieren a quien o a quienes la ejercen, se pierden: 
I. (…)
II. (…)
III. Cuando quienes la ejerzan tengan costumbres depravadas o hábitos nocivos, ejerzan públicamente la prostitución, inflijan malos tratos o realicen cualquier otro acto que implique el abandono de sus deberes frente a sus hijos o nietos, en su caso, de manera tal que se pueda comprometer la vida, la salud, la seguridad, el desarrollo moral del menor e incluso su integridad física o psíquica, en términos de lo dispuesto por el
artículo 291 de este Código, aunque estos hechos no sean penalmente punibles.

En palabras sencillas, ese pedazo del artículo dice que una persona puede perder la custodia y los derechos sobre sus hijos si las autoridades consideran que tiene “malas costumbres”, hábitos dañinos o si ejerce públicamente la prostitución, y creen que eso puede afectar la salud, la seguridad o el desarrollo del menor.

Al mencionar específicamente la prostitución, la ley deja abierta la puerta para que el simple hecho de ser trabajadora sexual sea usado como argumento para amenazar a una madre con quitarle a sus hijos, incluso aunque ella no los maltrate, no los abandone y no haya cometido ningún delito.

Y si vemos todavía más a fondo, la ley castiga a quienes “ejercen públicamente la prostitución”, dejando claro que no se sanciona igual a quienes realizan otro tipo de trabajo sexual, vulnerando más, como siempre, a las compañeras que hacen calle. 

De las redadas al Congreso

La historia comenzó con algo que suele repetirse en México cuando se habla de trabajo sexual: vacíos legales, ambigüedades y personas y autoridades aprovechándose de ellos.

Según explican integrantes de Las Chicas de la 14, el trabajo empezó desde el año pasado en mesas con la diputada Gabriela Chumacero. Uno de los primeros objetivos era reformar el COREMUN, el Código Reglamentario del Municipio de Puebla.

El problema es que dentro de ese reglamento todavía se habla de “prostitución” y no de trabajo sexual. Parece un detalle menor, pero no lo es, porque se abren espacios enormes para el abuso.

(Ya sabemos que muchas compañeras no tienen ninguna objeción en usar el término “prostitución”, porque no es algo para avergonzarse y simplemente es una palabra que se ha usado durante muchos años, sin embargo, cuando se escribe en la ley, se usa para no reconocer el trabajo sexual como una opción laboral que puede ser independiente).

Las trabajadoras sexuales de calle podían ser detenidas bajo argumentos ambiguos relacionados con faltas administrativas. Según narran las integrantes del colectivo, esos operativos muchas veces derivaban en extorsiones, amenazas y coerción sexual.

“Para dejarte trabajar pedían intercambios sexuales”, relata una de las integrantes de la organización.

Con el tiempo, las redadas comenzaron a disminuir y eso permitió que el colectivo pudiera acercarse a regidurías y mesas de trabajo institucionales. Ahí presentaron una primera iniciativa. Pero la respuesta que recibieron fue reveladora.

En lugar de reconocer el trabajo sexual autónomo como una actividad laboral y discutir derechos concretos, una funcionaria les ofreció… ¡cursos de uñas!

La anécdota podría parecer absurda si no fuera tan común.

Cada vez que las trabajadoras sexuales hablamos de autonomía, de derechos laborales o de maternidad, siempre aparece alguien dispuesto a explicarnos que lo que necesitamos no es reconocimiento, sino “ser rescatadas”. Como si ninguna mujer pudiera tomar decisiones sobre su cuerpo y al mismo tiempo exigir derechos.

La respuesta del colectivo fue clara: ellas no estaban pidiendo manicures. Estaban exigiendo reconocimiento y protección jurídica.

El miedo más grande: perder a los hijos

Cuando se habla de violencia contra trabajadoras sexuales, la mayoría de la gente piensa inmediatamente en policías, clientes agresivos o padrotes. Pero existe otra violencia mucho más silenciosa: la amenaza constante de perder a los hijos.

Según explican integrantes de Las Chicas de la 14, en muchos casos no es necesariamente el Estado quien separa a las madres de sus hijos, sino familiares, parejas o personas cercanas que utilizan el estigma como mecanismo de intimidación.

“Yo te puedo quitar al niño porque eres puta”.

La frase cambia de voz, pero no de intención.

Muchas mujeres que buscan independizarse de parejas violentas o abandonar situaciones de explotación terminan enfrentándose a amenazas relacionadas con la maternidad. El simple hecho de ejercer el trabajo sexual suele utilizarse para insinuar que representan un peligro para sus propios hijos.

Bajo el argumento del “interés superior del menor”, muchas mujeres viven con miedo permanente de que cualquier persona pueda cuestionar su capacidad para criar.

Y aquí conviene hacer una pausa.

Porque pareciera que para una parte de la sociedad el verdadero problema no es la violencia, ni la pobreza, ni los abusos, ni la ausencia de redes de apoyo. El problema parece ser que una mujer intercambie sexo por dinero.

Como si eso automáticamente la volviera incapaz de amar, cuidar, alimentar o acompañar a sus hijos.

La iniciativa busca precisamente romper con esa lógica: que el trabajo sexual no sea considerado, por sí mismo, un motivo para arrebatarle la maternidad a una mujer.

El daño también lo viven los niños

Las integrantes del colectivo explican que el impacto no solamente recae sobre las madres.

Cuando un bebé es separado de su madre apenas nace, o cuando un niño es utilizado como herramienta de presión, las consecuencias emocionales son profundas.

La psicóloga que acompaña a la organización explica que la ruptura temprana del vínculo afecta cuestiones fundamentales como el apego, la lactancia, la seguridad emocional y la autoestima.

“Son niños emocionalmente inseguros, con baja autoestima y muchas veces víctimas de violencia”, explica.

Es decir: el estigma no solamente castiga a las trabajadoras sexuales. También termina dañando a sus hijos.

El insulto “hijo de puta”

Pocas expresiones revelan tan claramente la forma en que esta sociedad castiga simultáneamente a las mujeres y a sus hijos.

Durante la entrevista pregunté qué tendría que significar realmente esa expresión si se le despojara de todo el desprecio moral que arrastra.

La respuesta fue profundamente poderosa.

Recordemos que la palabra “puta”, para algunas compañeras forma parte de la reivindicación del insulto y es completamente válida, sin embargo, para Las chicas de la 14 sería preferible eliminarla y hablar de trabajadoras sexuales.

Para ellas, un “hijo de puta” tendría que ser un hijo que aprende a valorar a una mujer trabajadora, a una mujer que lucha y a una mujer que usa su cuerpo para llevar sustento a casa, exactamente igual que cualquier otra persona usa las manos, la espalda, la voz o los pies para trabajar.

La única diferencia, dijeron, es qué parte del cuerpo se utiliza.

Yo agregaría que en cualquier circunstancia, un “hijo de puta” tendría que ser una personita feliz, plena, como el hijo o la hija de cualquier otra persona trabajadora y preocupada por su familia.

Mucho más que acompañamiento psicológico

Las Chicas de la 14 existen desde hace cinco años y actualmente agrupan a alrededor de 120 mujeres activas, además de otras compañeras que ya no ejercen el trabajo sexual, pero continúan participando.

Dentro de la organización hay acompañamiento psicológico, asesoría jurídica, talleres, educación financiera, atención ginecológica y capacitaciones relacionadas con autonomía y derechos.

Y aquí quiero detenerme un momento porque me parece importante decir algo.

Existe la fantasía social de que las trabajadoras sexuales necesitamos ser “salvadas”, como si fuéramos personas incapaces de tomar decisiones, administrar dinero o construir comunidad.

Pero lo que describe esta organización es exactamente lo contrario.

Hablan de educación financiera para mujeres que muchas veces han mantenido familias enteras; hablan de mujeres que levantaron casas para hombres violentos y explotadores, pero que nunca habían pensado que también podían construir estabilidad para ellas mismas; hablan de autonomía. Y eso cambia por completo la conversación.

No se trata únicamente de salir o no salir del trabajo sexual. Se trata de que cada mujer pueda tomar decisiones reales sobre su propia vida.

La propia psicóloga de la organización lo explica de manera muy clara cuando habla de los llamados “casos de éxito”.

No les llaman así porque algunas hayan dejado el trabajo sexual. Les llaman así porque hoy se sienten plenas.

La diferencia es enorme.

Sensibilizar sin romantizar

La psicóloga de la organización llegó a trabajar con Las Chicas de la 14 después de ver cómo otras organizaciones ignoraban las necesidades de las trabajadoras sexuales incluso dentro de espacios colectivos y feministas.

Cuenta que durante una mesa de trabajo, mientras hablaba una de las dirigentes del colectivo, varias personas simplemente dejaron de escucharla en cuanto entendieron que era trabajadora sexual.

La escena resulta dolorosamente familiar.

Muchas personas creen estar dispuestas a defender los derechos humanos de las mujeres, hasta que la mujer que los exige es una trabajadora sexual.

A partir de entonces comenzaron alianzas con abogadas, médicas, colectivos y proyectos culturales.

También realizaron exposiciones fotográficas y actividades destinadas a mostrar algo que debería ser obvio, pero que todavía parece necesario repetir: las trabajadoras sexuales también son madres, hermanas, esposas, amigas, personas enfermas, personas cansadas, personas enamoradas y personas con proyectos de vida.

Lo que sigue

Aunque la iniciativa ya fue aceptada para revisión, todavía existe la posibilidad de que sea rechazada.

Las integrantes del colectivo lo saben.

También saben que no piensan detenerse.

Si la propuesta no avanza, buscarán otros caminos legislativos. La intención es seguir impulsando mecanismos de protección para que las trabajadoras sexuales puedan ejercer la maternidad sin miedo.

Mientras tanto, el próximo 2 de junio, fecha relacionada con la lucha contra la violencia hacia las trabajadoras sexuales, el colectivo buscará impulsar una campaña digital y social para difundir la iniciativa y generar presión pública. Así que le pido que cuando se acerque la fecha, esté usted pendiente de las publicaciones y el hashtag que ellas van a circular. Porque todas y todos podemos apoyar desde donde estemos.

Porque a veces lo más urgente no es cambiar únicamente las leyes. A veces también hay que cambiar la imaginación moral de la gente; hacerle entender que una trabajadora sexual puede ser una buena madre; que una niña o un niño no debería crecer avergonzado de quien le dio de comer y que el verdadero problema no es el trabajo sexual, sino la facilidad con la que esta sociedad decide quién merece dignidad y quién no.

Minerva Valenzuela es actriz, escritora, locutora y docente, además de consultora internacional en asuntos relacionados con el trabajo sexual. Ha representado a México en el Sex Workers’ Freedom Festival (Kolkata, India), fue corresponsal para Latinoamérica de la red global NSWP, integró el comité asesor de Red Umbrella Fund y coordinó el capítulo en español de Objects of Desire. Brinda asesoría y formación a profesionales de la salud, la función pública, el arte, la docencia y el ámbito legislativo, y facilita talleres para trabajadoras sexuales en distintos estados de México, con enfoque en identidad, reducción de daños y prevención de riesgos. Con 27 años de trayectoria ininterrumpida, ha participado en cerca de 50 espectáculos como actriz, autora, directora, asesora o productora, combinando su independencia artística con colaboraciones con instituciones culturales en México. Su trabajo escénico usa el humor, la reflexión y la intimidad con el público como herramientas para sensibilizar sobre derechos humanos, entrelazando lo crítico, lo poético y lo cómico desde una práctica comprometida con poblaciones vulneradas. Es conductora de la revista radiofónica matutina “Nos toca” en Luciérnagas 1350 (IMER), primera emisora pública en México con perspectiva de género, y ha sido beneficiaria del Sistema de Apoyos a la Creación de la Secretaría de Cultura (teatro/cabaret). Como facilitadora, ha desarrollado más de dos décadas de experiencia en contextos culturales, universitarios, comunitarios y de derechos humanos. Desde 2011 coordina y facilita talleres creativos en Casa Xochiquetzal (refugio para trabajadoras sexuales de la tercera edad), donde colabora también en actividades culturales, recaudación y vocería desde hace más de 15 años; y desde 2016 imparte de forma constante talleres con población callejera en diversos estados. Es licenciada en Actuación por la ENAT-INBAL y mantiene formación continua en género, VIH, sexualidad, derechos humanos y trabajo sexual con instituciones y organizaciones nacionales e internacionales (entre otras, CNDH, International AIDS Society y CREA World).