Se avecina la Copa Mundial del 2026 y con ello la Ciudad de México dentro de sus preparativos está planeando nuevas infraestructuras y arreglos, sin embargo, desde su fase de diseño no ha consultado a habitantes, comerciantes y mucho menos a trabajadores sexuales, quienes ya han registrado pérdidas de hasta el 70% de sus ingresos diarios, todo esto con la justificación de un ordenamiento urbano y prevención de delitos puesto que los argumentos oficiales apuntan a impedir la explotación social, ¿pero realmente es así o es una limpieza social como lo nombra Elvira Madrid presidenta de la Asociación Brigada Callejera? (Pascacio, 2026).
Porque si la idea es no perjudicar sino prevenir, por qué entonces no consultar también a quienes viven y trabajan en la zona. Estas movilizaciones lejos de generar un bien común, están produciendo exclusión y rechazo social, puesto que lanzan el mensaje de “dejar la ciudad bonita” para el gran evento de la Copa Mundial, marginando y excluyendo aquello(s) que no entren en el molde de lo “normal”, “adecuado”, “sano”, “estético” o “moral”.
El poder dicta el orden
Ahora bien, Michel Foucault analizó cómo las sociedades modernas regulan los cuerpos mediante mecanismos de vigilancia, disciplinamiento y normalización, determinando qué prácticas y sujetos resultan aceptables dentro del espacio social. En su obra Vigilar y castigar (2002), el autor explica que instituciones como cárceles, hospitales psiquiátricos y otros espacios de encierro no son casuales, sino parte de una lógica social que separa, ordena y desplaza aquello que se percibe como problemático o incómodo para el orden público.
Si bien Foucault no habla específicamente del trabajo sexual, esta lectura permite pensar cómo ciertas ciudades continúan reproduciendo dinámicas de exclusión espacial. Ya que esta movilidad impuesta de trabajadores sexuales hacia zonas periféricas o menos visibles no solo responde a decisiones urbanas o económicas, sino también a una necesidad simbólica de “alejar” aquello que incomoda socialmente. En este sentido, la ciudad no únicamente organiza espacios: también jerarquiza qué cuerpos pueden ocupar determinados lugares y cuáles deben permanecer fuera de la mirada pública.
A su vez, en palabras de Aguiar (1997) “se deterioran las relaciones laborales y las relaciones sociales de la comunidad, exaltándose el individualismo en detrimento de la solidaridad. “Sálvese quien pueda” es la consigna desde el poder”, de ahí que no sean tomados en cuenta los trabajadores sexuales, a quienes lanzan a su suerte e ignoran, lo cual también se puede enlazar con las sociedades líquidas que plantea Bauman (2005), donde vemos que el individuo queda aislado, dependiendo de sí mismo, sumado a que todo se transforma rápidamente, obligando a una adaptación y renovación constante y forzándolos a llevar el mismo ritmo acelerado, ¿pero cómo te adaptas cuando se te excluye de lo social y tus derechos no son tomados en cuenta?
La violencia de la expulsión
El desplazamiento de trabajadores sexuales no sólo implica una afectación económica, sino también una ruptura en espacios de pertenencia, redes de apoyo y dinámicas cotidianas previamente establecidas. En este sentido, el despojo territorial puede vivirse como una forma de agresión social y simbólica, al excluirlos de espacios donde habían construido vínculos, referencia y relativa seguridad (Aguiar, 1997).
Así, la amenaza constante de perder el trabajo será una forma de ejercer violencia, la cual producirá angustia y a su vez, podrá verse presente en quien la sufre como una tensión reprimida y en su mente como una culpabilidad asumida, provocando un estado de inhibición y/o explosiones periódicas de violencia hacia sí mismo o los demás.
Encontrando que podrá surgir una victimización secundaria, escuchando frases como “es su culpa si está sin trabajo” (Aguiar, 1997). Aparece entonces, como una figura ambigua, mitad víctima y mitad culpable de su situación, de ahí la ambivalencia de las actitudes sociales ante el mismo, efecto combinado de comprensión y denigración, solidaridad y rechazo, (Climent-Rodríguez & Navarro-Abal, 2024). Dichas violencias recaen en el seno de la familia y muchas veces son una repetición de la dinámica violenta que se vive fuera de ella y desde el entorno social.
A su vez, si el despojo fue de naturaleza imprevista, puede significar que la persona carezca de una preparación para enfrentar el evento y sus consecuencias, lo cual puede ser motivo de especial vulnerabilidad (Acuña Aguirre, 2000).
Perder el lugar
El trabajo nos proporciona un marco estable en la cotidianidad, nos permite vivir costumbres y tener presente representaciones acerca de lo que sucede, a la vez, que nos da una estructuración del tiempo y hábitos, proveyendo fuente de vínculos extrafamiliares. Tal como lo menciona Aránguiz Garrido (2006), “gran parte de la vida de una persona gira en torno a su trabajo”, por lo que despojarlas de éste puede generar en la persona un sentimiento de desamparo.
De esta manera, la desocupación implica que una persona sea arrancada de su lugar, de su grupo de pertenencia y referencia, de su cotidianeidad, de la vida de relación laboral y de códigos compartidos y esto mismo es lo que podría verse en aquellas personas que son desplazadas, si bien no están siendo despedidos, los efectos que se generan son los mismos puesto que se les retira de la zona en la que ya se habían establecido, cambiando por completo su vida diaria, su arraigo cotidiano y sus relaciones, generando a su vez vivencias de desarraigo, “¿quién soy yo y para quién? y desamparo ¿con quién cuento ahora?, ¿qué será de mí?, ¿a quién le importo?” (Aguiar, 1997).
En cuanto a la pertenencia, Aguiar (1997) menciona que es imposible no tener un lugar, aunque el desocupado pierde su posibilidad de elegirlo y desde que queda sin trabajo ya tiene un lugar en lo social, el lugar estigmatizado del “desocupado” y al resultar atacada su pertenencia social, se vulneran los otros espacios (familia, amigos, etc.) de distintas maneras. Lo mismo puede observarse en el caso del trabajo sexual aunque éste carga con el estigma no sólo al desplazarle y no tener otra ocupación sino desde que no se le ve como un trabajo y se le repele a quienes lo ejercen.
Duelo y despojo
Cuando las personas se quedan sin trabajo experimentan una pérdida, pues se pone fin a una relación que provee beneficios y satisfacciones, ante lo cual se vuelve inminente tener que vivir privaciones. Así, la pérdida del empleo es una alteración significativa para la vida de las personas, los mueve desde la estabilidad, el orden y la certidumbre, a una situación de inseguridad, de caos y ambigüedad, cuyos efectos pueden ser devastadores, (Acuña Aguirre, 2000).
Si bien los trabajadores sexuales no han perdido su actividad laboral, sí han perdido el espacio donde ésta se desarrollaba, lo que puede vivirse como una experiencia de duelo. El desplazamiento implica reorganizar rutinas, reconstruir redes y enfrentar la incertidumbre de nuevas dinámicas laborales, situaciones que pueden generar ansiedad y desamparo.
Por lo que similar a otros procesos de pérdida, es esperable que surjan emociones como tristeza, enojo, frustración o incluso culpa, especialmente cuando las personas perciben que han sido excluidas de decisiones que impactan directamente en su vida cotidiana. La manera en que cada persona afronte este proceso dependerá también de las herramientas personales, sociales y emocionales con las que cuente, así como de su capacidad de resiliencia para adaptarse a escenarios inciertos y reconstruir espacios de estabilidad.
El desgaste de la expulsión
Koslowsky (1995, como se citó en Fornís Marcos et al., 2023) se refiere al estrés por desplazamiento, como aquel que experimentan las personas debido a los desplazamientos diarios entre su hogar y el lugar de trabajo. Definiéndose como una forma de estrés relacionada con el tiempo y la propia energía que se requiere para realizar dichos trayectos, los cuales pueden llegar a tener un impacto significativo en la salud mental y física de los individuos.
En el caso de los trabajadores sexuales desplazados, este tipo de estrés puede intensificarse debido a la necesidad de habituarse a nuevas zonas de trabajo, trayectos distintos y dinámicas desconocidas, todo ello sin haber participado en las decisiones que originaron dichos cambios.
De esta manera, algunas de las variables estresantes relacionadas con el desplazamiento son la duración del viaje, el volumen de tráfico, la falta de control sobre el desplazamiento y la interferencia entre la vida familiar con la personal,los cuales pueden tener efectos en la salud física como enfermedades de carácter cardiovascular o problemas musculoesqueléticos así como repercusiones psicológicas como ansiedad, depresión y fatiga, (Fornís Marcos et al., 2023).
Si bien los trabajadores sexuales tendrán que ser capaces de adaptarse a los cambios que conlleva el desplazamiento, también es un hecho que como sociedad se tendría que reflexionar si verdaderamente esos desplazamientos atacan el problema que pretenden (explotación sexual) o si por el contrario desintegran, rechazan y juzgan. Y por otra parte, considerar también qué se pretende al ocultar el trabajo sexual, ¿es acaso un motivo de vergüenza social? Más que ocultar el trabajo sexual, el debate social debería centrarse en las condiciones de vulnerabilidad, estigma y exclusión que lo atraviesan porque cuando una ciudad expulsa a quienes considera “incómodos”, no sólo reorganiza el espacio urbano: también redefine quién merece ser visible, protegido y reconocido dentro de lo social.
Referencias
Acuña Aguirre, E. (2000). La pérdida del empleo y sus efectos en las personas. REVISTA DE PSIQUIATRIA, XVII.
Aguiar, E. (1997). La desocupación: algunas reflexiones sobre sus repercusiones psicosociales. Psicoanálisis de las Configuraciones Vinculares, 20.
Aránguiz Garrido, E. (2006). Psicología y desempleo. Revista Internacional de Psicología, 7 (2).
Bauman, Z. (2005). Modernidad líquida. Madrid: Fondo de Cultura Económica de España.
Climent-Rodríguez, J. A., & Navarro-Abal, Y. (2024). Significados psicosociales del desempleo en contextos de crisis. Tendencias Sociales. Revista de Sociología, 11.
Fornís Marcos, V., Andreu Rodríguez, J. M., & González Trijueque, D. (2023). El estrés por desplazamiento: Un análisis integral desde la perspectiva psicolegal y de la salud mental. Dialnet, 23.
Foucault, M. (2002). Vigilar y castigar: nacimiento de la prisión (A. Garzón del Camino, Trad.). Siglo XXI Editores.
Pascacio, J. (2026, enero 30). Trabajadoras sexuales resisten desalojo en Ciudad de México por el Mundial 2026. Avispa Midia.