En Ecuador, hablar sobre “prostitución” a lo largo de la historia exige matizar, pues el término describe un tipo de intercambio sexual pagado propio de la modernidad.
Si bien las sociedades ancestrales también tuvieron prácticas sexuales reguladas socialmente, así como relaciones con fines rituales o circuitos de intercambio, todo ello no encajaría en las “categorías” que actualmente etiquetamos como comercio sexual.
Y es que, como veremos más adelante, el paso de los siglos en el país muestra que las normas sobre sexualidad cruzan poder, religión, salud pública y moral.
Rituales, prácticas sexuales y moralidad en las sociedades precolombinas
Según registros arqueológicos andinos y costeros, la sexualidad de las sociedades precolombinas (3500 a.C - 1534 d.C) se vinculaba a la vida cotidiana y a algunos rituales. De hecho, diferentes elementos cerámicos procedentes de la costa andina de La Tolita–Tumaco, Jama‑Coaque o Bahía muestran una iconografía explícita, donde se produjeron figurillas y representaciones corporales que han sido estudiadas desde la antropología y la historia del arte.
Este tipo de evidencias permite afirmar que en estas sociedades existían formas socialmente significativas en cuanto a la sexualidad y la representación del cuerpo. Sin embargo, es importante destacar que esto no autoriza a trasladar sin más el concepto moderno de “trabajo sexual” al pasado.
Estos testimonios también demuestran que el cuerpo, el género, la fertilidad y la reproducción formaban parte de lenguajes simbólicos donde la moral no giraba necesariamente en torno a la noción cristiana de “pecado” que se impuso siglos más tarde.
Intercambio sexual y regulación comunitaria: qué se sabe (y qué no)
Cuando se buscan rastros de “prostitución” o comercio sexual en sociedades precolombinas, las investigaciones son bastante precavidas, pues los materiales arqueológicos describen prácticas y representaciones, pero rara vez permiten reconstruir espacios o referencias que equivalgan a burdeles, mercados o tarifas.
De esta manera, en términos históricos, la pregunta relevante no es tanto “si existía prostitución” sino “cómo se regulaba la sexualidad y qué significados sociales tenía”. Y lo que sí se sabe es que las comunidades ancestrales pudieron establecer reglas informales sobre relaciones sexuales, parentesco, alianzas y ritualidad, sin que ello equivalga a lo que entendemos como mercado sexual en la actualidad.
Periodo colonial: de la moral cristiana hasta el castigo y la regulación
Con la fundación de Quito en 1534 durante la conquista española del territorio que hoy corresponde a Ecuador, se introdujo un nuevo régimen moral, jurídico y religioso. Esto significa que la sexualidad pasó a interpretarse desde la virtud, el pecado, la honra y el escándalo público bajo el punto de vista cristiano y de las instituciones coloniales.
De esta manera, durante los siglos XVI y XVII, la prostitución fue condenada formalmente en sermones, ordenanzas y discursos morales, aunque en la práctica se mantuvo cierta tolerancia selectiva en los espacios urbanos.
La “tolerancia” de la prostitución en la época colonial
A lo largo de los siglos XVII y XVIII, el control del comercio sexual se ejercía a través de una combinación de normas religiosas, de justicia local y de vigilancia urbana. Por ejemplo, en ciudades coloniales como Quito y Guayaquil, el crecimiento demográfico, la movilidad interna y la desigualdad social favorecieron la existencia de relaciones sexuales transaccionales y de espacios de sociabilidad nocturna. Algo que perdura hasta la actualidad.
Así, más que una regulación sistemática, predominó un control moral y punitivo, es decir, persecuciones esporádicas, castigos ejemplarizantes y tolerancia intermitente, siempre en nombre de la preservación del orden público y la moral cristiana.
El siglo XIX y la construcción del orden republicano
A lo largo del siglo XIX, el debate sobre la prostitución se expande a otros países latinoamericanos y el enfoque se desplaza progresivamente hacia el terreno sanitario. En aquel entonces, surge la preocupación por las enfermedades venéreas y la “salud pública” promueve políticas de vigilancia y de registro, sobre todo en entornos urbanos.
Aunque la investigación ecuatoriana es más prolífera para el siglo XX, el cambio de paradigma empieza en este periodo: la prostitución se considera como un “problema” que debe administrarse.
Prostitución urbana y marginalidad
El crecimiento urbano, la desigualdad y la precariedad laboral en esa época impulsan la creación de circuitos de prostitución vinculados a barrios populares, cantinas y casas de citas. Y es aquí donde se vuelve común asociar prostitución, “peligro moral” y pobreza. Una asociación que marcará políticas y estigmas durante buena parte del siglo XX.
Siglo XX: modernización, salud pública y regulación administrativa
En 1921, un hito relevante fue la promulgación del Reglamento de Profilaxis Venérea en Quito, un instrumento clave para el control sanitario de la prostitución. Este enfoque reforzó la vigilancia médica, el registro y la idea de que el Estado debía intervenir para frenar la expansión de enfermedades venéreas.
Al mismo tiempo, las investigaciones históricas muestran que, entre 1920 y 1950, la prostitución en Quito se convirtió en un asunto que giraba en torno al género, la moral católica y el Estado, con debates sobre responsabilidad, orden urbano y control sanitario. Esto significa que se consolidó una política pública que no erradicaba la práctica, sino que intentaba administrarla.
Siglo XXI: Quito, 24 de Mayo y La Cantera
Con el cambio de siglo, Quito vivió un reordenamiento urbano que impactó directamente al trabajo sexual y su colectivo. Tanto es así que diferentes informes y estudios sobre el Centro Histórico señalan que a finales de 2001 y comienzos de 2002 se cerraron casas de tolerancia en el sector de la avenida 24 de Mayo, lo que empujó a muchas trabajadoras a la calle. Posteriormente, en agosto de 2006, se estructuró la zona de tolerancia de La Cantera en San Roque como un intento institucional de reubicación y control territorial.
Estos hechos demuestran que, cuando el Estado o el municipio clausuran espacios, el trabajo sexual no desaparece, sino que cambia de lugar, se precariza o se dispersa, y se vuelve más vulnerable en el espacio público.
Marco contemporáneo: regulación sanitaria y debates sobre derechos
Aunque la prostitución no está tipificada como delito en Ecuador, el marco normativo se centra en la regulación sanitaria y el control de establecimientos, siendo un ejemplo el Reglamento para el Control y Funcionamiento de los Establecimientos donde se ejerce el Trabajo Sexual (Acuerdo Ministerial, 2014).
Además, la discusión pública actual gira en torno a salud, seguridad, estigma y derechos:
- Por un lado, persiste una mirada moralizante.
- Por el otro lado, investigaciones jurídicas y sociales señalan vacíos de protección laboral y riesgos derivados de la informalidad.
En esa tensión, el trabajo sexual permanece como un fenómeno “tolerado” y administrado, en cierta medida, más que plenamente reconocido.
En la actualidad: profesionalización del trabajo sexual y traslado a plataformas digitales
En 2019, la pandemia se convirtió en un punto de inflexión para muchxs trabajadxres sexuales. Debido al confinamiento, el cierre de locales donde ejercer y las restricciones en las vías públicas, fueron muchas las personas del colectivo que se trasladaron a Internet para seguir ejerciendo el trabajo sexual.
El auge de las redes sociales y las plataformas digitales recondujeron el trabajo sexual hacia el entorno virtual, promoviendo su profesionalización y diversificación. Y es que, desde ese entonces, el catálogo de servicios pasó de ser puramente tradicional y presencial a combinar nuevas tendencias y modalidades, como es la creación de vídeos y fotos bajo demanda o las videollamadas eróticas.
Sin embargo, es realista afirmar que este traslado al entorno virtual no elimina las dinámicas históricas de estigma, control y vulnerabilidad. Lo que sí que transforma es la oferta, pasando de la calle y el establecimiento a la promoción digital, la gestión autónoma y el mayor control de la clientela por parte de las trabajadoras sexuales ecuatorianas.