Estamos acostumbrados a que el debate público sobre trabajo sexual se centre en la mujer cisgénero, que ejerce de forma visible en Costa Rica, tanto en zonas urbanas como turísticas. Sin embargo, el mercado sexual costarricense es más diverso. Y es que en él también participan mujeres trans, hombres y personas queer que no encajan en categorías tradicionales.
Esta diversidad no solo amplía la oferta, sino que también introduce desafíos sociales que rara vez ocupan el centro del análisis. Y mirar el mercado desde la perspectiva de la diversidad permite entender cómo interactúan la identidad de género, la orientación sexual, la economía informal y la salud pública en un país que, si bien ha avanzado en derechos LGBTQ+, mantiene desigualdades estructurales que afectan de forma desproporcionada a ciertos colectivos.
Quiénes están entre la oferta y la demanda y qué muestran los datos
En el país, la presencia de mujeres trans que ejercen ha estado siendo documentada tanto en espacios físicos como en entornos digitales. Tanto es así que organizaciones como Transvida y redes regionales como RedLacTrans han señalado que la exclusión laboral y la discriminación temprana empujan a muchas de ellas hacia economías informales, incluido el trabajo sexual.
Una realidad que se confirma con los pocos datos disponibles que ofrecen algunas plataformas digitales, siendo la líder en el país SimpleEscort CR. En este caso, el directorio de contactos eróticos registra algo más de 80.000 usuarios mensuales, con una media de cuatro minutos de navegación por sesión, un indicativo de que la búsqueda e interacción con las acompañantes toma su tiempo.
Sin embargo, lo que más llama la atención es que, de entre los filtros de búsqueda avanzada más utilizados, el de "trans" concentra un 54,3% de las búsquedas, seguido por "mujeres" cis con un 38,3 % y "hombres" con un 7,3 %. Esta distribución revela una dinámica llamativa: aunque las mujeres trans representan una minoría dentro de la oferta total, lideran el interés de búsqueda.
Desde el lado de la oferta de perfiles de escorts trans, de las 2.000 personas registradas como anunciantes, un 5,3% de los perfiles han declarado este género. La diferencia entre proporción de oferta y volumen de búsqueda sugiere una demanda específica y significativa hacia este segmento.
Junto a ellas, hombres que ofrecen servicios sexuales, lo que se conoce como escort masculino o host, ocupan un espacio menos visible, aunque presente también. Por su parte, personas queer y no binarias participan en menor medida pero con creciente visibilidad digital, utilizando categorías híbridas que desafían etiquetas tradicionales.
Estigma y exclusión, barreras que se acumulan
Las personas trans y queer que ejercen enfrentan una triple estigmatización: por identidad de género u orientación sexual, por ejercer trabajo sexual y, en algunos casos, por condiciones de vulnerabilidad socioeconómica. Esa acumulación de estigmas no solo influye en el trato social, sino también en el acceso a servicios, en la seguridad cotidiana y en las posibilidades de construir alternativas fuera de la economía informal.
En el plano institucional, la respuesta pública suele describir a estos grupos como poblaciones clave en salud sexual, precisamente porque enfrentan barreras adicionales para acceder a prevención y atención. El Ministerio de Salud recoge estas brechas en sus análisis epidemiológicos, señalando que la vulnerabilidad no es únicamente biomédica, sino también social e institucional.
A este contexto se suma un entorno de discriminación que, en ocasiones, se traduce en agresiones o discursos hostiles. Un informe publicado por Naciones Unidas en Costa Rica sobre discursos de odio y discriminación reportó un aumento del 344 % en ataques hacia personas LGBTIQ+ en su monitoreo, subrayando que este tipo de violencia se mantiene como una presión constante sobre la vida pública y privada del colectivo.
Además, organizaciones comunitarias, como las mencionadas anteriormente, han documentado dificultades en el acceso a vivienda y al empleo formal, lo que refuerza la dependencia de actividades informales como el trabajo sexual.
El acceso a la salud y otras vulnerabilidades específicas
En el ámbito sanitario, lxs trabajadorxs sexuales, y en especial el colectivo LGTBIQ+, aparecen de forma recurrente en los informes oficiales como poblaciones con exposición desproporcionada al VIH y a otras infecciones de transmisión sexual. De hecho, el perfil epidemiológico 2024 del Ministerio de Salud de Costa Rica incluye estimaciones de prevalencia en poblaciones clave que ilustran esa desigualdad: 8,5 % en mujeres trans, 7,6 % en HSH y 2,7 % en personas trabajadoras sexuales, frente a tasas muy inferiores en la población general.
En esa línea, CONASIDA ha publicado investigaciones operativas sobre autoprueba de VIH con el objetivo de ofrecer opciones más accesibles y confidenciales y facilitar la vinculación a servicios de salud, precisamente pensando en poblaciones que pueden evitar el sistema por miedo al estigma o la discriminación. Asimismo, el énfasis en prevención combinada y acceso a diagnóstico también aparece en el Plan Estratégico Nacional de VIH y Sida 2024–2027, que actualiza la estrategia nacional con base en evidencias y cambios de contexto, incluyendo la necesidad de fortalecer acciones en poblaciones clave.
Sin embargo, más allá de la dimensión biomédica, la salud mental también constituye otro desafío: el estigma, la violencia y la precariedad económica impactan en el bienestar psicológico, un aspecto que organizaciones comunitarias han señalado como prioritario.
Violencia y seguridad en contextos diferenciados
La violencia es un factor transversal que afecta de manera distinta según identidad y espacio de trabajo. Mujeres trans en espacios públicos pueden enfrentar agresiones transfóbicas, mientras que hombres y personas queer que operan en entornos digitales pueden estar expuestos a extorsión, amenazas o exposición no consentida.
La Defensoría de los Habitantes y organizaciones de derechos humanos han señalado la importancia de fortalecer mecanismos de denuncia y protección para poblaciones LGBTQ+, especialmente en actividades que se desarrollan en la informalidad.
El cliente y las relaciones de poder
Por otro lado, la figura del cliente adquiere matices particulares cuando se trata de identidades no normativas. En algunos casos, la demanda se construye desde la curiosidad o la fetichización; en otros, desde la búsqueda de anonimato y discreción. Esta dinámica genera negociaciones específicas en torno a límites, expectativas y confidencialidad.
Además, el poder económico del cliente se combina con la vulnerabilidad estructural de quienes ejercen el trabajo sexual, lo que exige estrategias claras de negociación y autoprotección.
Una realidad (in)visible según los ojos de quien la ve
Pese a la existencia de informes oficiales y estudios comunitarios, aún existen vacíos estadísticos. La falta de datos desagregados por identidad de género y ocupación dificulta estimar con precisión el tamaño del mercado sexual diverso en Costa Rica. Y esta ausencia de información impacta en el diseño de políticas públicas, ya que invisibiliza realidades específicas dentro de categorías amplias.
Sin embargo, como hemos visto, el mercado sexual en Costa Rica no es homogéneo, pues también está compuesto por mujeres trans, hombres y personas queer. Forman parte de su estructura y enfrentan desafíos específicos que combinan estigma social, riesgos sanitarios y precariedad económica. Unas dificultades que enfrentan a través de redes de apoyo locales y de estrategias comunitarias.