Sentirse incómodx cuando alguien nos observa, nos evalúa físicamente y, sobre todo, en contextos íntimos suele ser bastante difícil al principio, o incluso una sensación que cuesta mucho acostumbrarse o ignorar.
En sexo de pago, la interacción con el cliente no solo se limita a un intercambio económico, pues intervienen evaluaciones y expectativas que, según el caso, pueden influir significativamente en la forma en que las prepagos y prostitutas profesionales perciben su propio cuerpo y su valor personal.
En Colombia, donde el trabajo sexual convive con una fuerte estigmatización social y con unos estándares de belleza muy arraigados, esta influencia adquiere un peso particular, sobre todo cuando se trata de complacer a quien paga por sexo.
Entendiendo el cuerpo como herramienta de trabajo
En este tipo de actividad, el cuerpo cumple una doble función:
- Por un lado, es un medio a través del cual se ofrece un servicio.
- Por el otro, supone un espacio simbólico personal cargado de identidad.
De ahí que entren en conflicto lo que el cuerpo representa para la trabajadora y lo que supone para el cliente. Además, el hecho de que el cuerpo sea observado, evaluado y remunerado puede reforzar la visión de “objeto” con la propia imagen corporal. Sin embargo, esta instrumentalización del cuerpo no anula su dimensión subjetiva, sino que la atraviesa y la complejiza.
Por qué la percepción del cliente influye en la autoimagen
Que la mirada del cliente influya en este contexto se explica, en gran medida, por la posición que ocupa dentro de esta relación laboral. Es decir, el cliente es quien exige, paga y expresa las preferencias en el servicio y en la profesional. Una capacidad de validación inmediata que convierte su opinión en un indicador potente, sobre todo cuando se repite constantemente.
Con el tiempo, la valoración del cliente puede funcionar como una referencia para medir el atractivo, el éxito o la adaptación a ciertos estándares físicos y sexuales. Una dinámica que no es exclusiva del trabajo sexual, pero que se intensifica en él debido a la centralidad del cuerpo y del deseo en el intercambio.
El efecto de la mirada del cliente y la validación psicológica
En sexo de pago, la mirada del cliente no solo actúa como una evaluación estética, sino también como un estímulo psicológico constante. La atención, el interés y la disposición a pagar por el propio placer suelen influir en cómo la trabajadora interpreta su propio valor corporal y personal.
Entonces, la validación que tiene su origen en el deseo ajeno puede generar sensaciones positivas de control, eficacia y seguridad. Sin embargo, su efecto depende de cómo se integre en la identidad. Es decir, cuando esta validación se entiende como un componente puntual del trabajo, suele resultar manejable. Sin embargo, cuando se convierte en el principal sostén de la autoestima, la autoimagen queda sujeta a factores externos difíciles de controlar.
Desde esta perspectiva, la influencia del cliente no reside únicamente en lo que dice o hace, sino en la frecuencia con la que su mirada se convierte en una referencia para la persona que ejerce el trabajo sexual.
El porqué de las expectativas, los estándares y la comparación constante
La influencia del escrutinio visual del cliente no se limita a la interacción individual, sino que también incluye expectativas y estándares corporales socialmente construidos. El mercado sexual en Colombia tiende a privilegiar ciertos rasgos estéticos, como la juventud, las curvas marcadas, la hipersexualización o la disponibilidad constante para tener sexo. Y, aunque no siempre se expresan de forma explícita, se reflejan en la demanda, en la frecuencia de contratación y en el tipo de cliente.
Es por ello que en este país, los cuerpos sometidos a operaciones estéticas, los rasgos hipersexualizados y la estética orientada a satisfacer el deseo masculino y el poder que les rodea se han normalizado, predominando en entornos urbanos y mediáticos.
Para las personas del colectivo, estos estándares o referentes suelen convertirse en parámetros de comparación constante, pues si los alcanzan, gozarán de mayor clientela. Además, en espacios digitales, medios de comunicación y redes sociales, la exposición continua a imágenes y perfiles que reproducen estos ideales intensifica la presión por ajustarse a un modelo específico, reduciendo el margen para una autoimagen más diversa o flexible.
La fragilidad de la autoestima siendo prepago
La autoestima funcional o laboral no siempre coincide con una autoestima personal estable. Separar el "yo laboral" del "yo íntimo" requiere un esfuerzo constante, especialmente cuando el cuerpo es el principal medio de trabajo. Cuando ambas dimensiones se confunden, el reconocimiento profesional puede interpretarse como validación personal y, su ausencia, como desvalorización del yo. En este punto, la autoestima se vuelve frágil, pues pasa a depender de la demanda, de los cambios en el mercado y de las preferencias ajenas.
Asimismo, cuando las expectativas del cliente se repiten de forma sistemática, pueden dejar de percibirse como externas y comenzar a incorporarse a la propia autoimagen. La adaptación del cuerpo, la estética o la actitud al gusto ajeno puede ser inicialmente una estrategia laboral consciente, pero con el tiempo corre el riesgo de transformarse en una forma de autoevaluación permanente.
En este proceso, el cuerpo puede pasar de ser un medio de trabajo a convertirse en un eje central de identidad. Tanto es así que la frontera entre ofrecer un servicio y definirse a través del deseo externo se vuelve difusa, lo que puede generar dificultad para reconocerse fuera del rol profesional, sensación de alienación corporal o dependencia de la validación ajena para la seguridad personal.
Recuperar una percepción sana del cuerpo, ¿se puede en trabajo sexual?
El escrutinio visual del cliente no puede analizarse de forma aislada dentro del contexto social colombiano, como sucede en el resto de países. Hay que entender que la prostitución se desarrolla en un entorno marcado por el estigma, la ambigüedad normativa y una fuerte carga moral. Y esto genera una doble mirada: la del cliente, que desea y valida, y la de la sociedad, que suele juzgar y excluir.
Teniendo en cuenta este contexto, reconstruir una relación más equilibrada con el propio cuerpo no implica negar la influencia del cliente ni idealizar el trabajo sexual. Más bien implica reubicar esa mirada del cliente como una parte del intercambio laboral, no como un criterio absoluto del valor personal.
Diferenciar el cuerpo profesional del cuerpo íntimo permite que la autoimagen no dependa exclusivamente del desempeño o del deseo ajeno. Y, aunque suele ser un reto a nivel psicológico, esta diferenciación se empieza construyendo a través de autolímites claros, rutinas fuera del trabajo y espacios donde el cuerpo se vive y se disfruta sin ser evaluado.
En definitiva, el cuidado emocional y psicológico, cuando se da en entornos libres de estigma, contribuye a que la percepción corporal sea más estable y menos reactiva a la aceptación o el rechazo. Así, el cuerpo puede volver a ser una experiencia propia y única, además de una herramienta de trabajo.