Antes de abrir esta puerta, creo que es necesario detenerse un momento y plantearse algunas interrogantes.
¿Estoy dispuesta a aguantar la avalancha de prejuicios que puede venir después?
¿Cómo abordo este tema con personas que quiero mantener a mi lado, pero que quizás no sean capaces de entender mi trabajo?
Si esta salida será mediática… ¿realmente me apetece esa exposición?
No son preguntas menores. Tampoco existe una respuesta correcta. Solo decisiones profundamente personales.
Muchos clósets, muchas puertas
No es secreto para nadie que quienes nos dedicamos a este oficio muchas veces tenemos que mantener nuestro mundo laboral detrás de un grueso velo; uno que no deje ver ni escuchar nada.
Muchas hemos tenido que ocultar nuestro trabajo en todos nuestros círculos. Y no solo por el resquemor del "qué dirán", sino por todas las violencias asociadas al estigma: el rechazo, el paternalismo, el asco, el aislamiento, la posibilidad de perder la custodia de nuestrxs hijxs, la burla o el abuso.
Cada una tendrá motivos distintos, todos igual de válidos, para no salir del clóset. Me atrevería a decir que casi todos esos motivos están atravesados, de una u otra forma, por el estigma.
Y eso es agotador.
Porque, queridxs lectorxs, vivir una doble vida por culpa del estigma es un peso que nadie debería cargar.
No es tan fácil llegar y abrir la puerta
A veces, desde fuera, parece sencillo. Pero decirlo implica asumir riesgos muy reales.
La pregunta entonces no es solo si quiero salir del clóset, sino:
¿Qué necesito tener en cuenta antes de abrir la putipuerta?
Cine para adultos y contenido erótico: las huellas digitales que no se borran
A pesar de lo que mucha gente siga creyendo, nosotras no vendemos nuestro cuerpo.
Vendemos fantasías.
Pero esas fantasías dejan huellas muy reales.
Antes incluso de pensar en romper el anonimato, hay algo que me parece importante decirles a quienes están considerando crear contenido o trabajar en el cine para adultos: internet no olvida.
Una fotografía.
Un vídeo.
Un GIF.
Una captura de pantalla.
Todo puede replicarse cientos, o miles, de veces sin nuestro consentimiento.
Nuestro contenido puede terminar circulando por páginas que nunca autorizamos, ser descargado, compartido o llegar a personas a las que jamás habríamos querido mostrar esa faceta de nuestra vida.
Y, una vez que ocurre, recuperarlo es prácticamente imposible.
Por eso creo que empezar a crear contenido para adultos es, en cierto modo, entrar al rubro con un pie ya fuera del clóset.
No digo esto para desalentar a nadie.
Todo lo contrario.
Creo que hablar de estas cosas entre compañeras también forma parte del cuidado colectivo.
Porque demasiadas veces ni las agencias, ni las plataformas, ni quienes se benefician económicamente de nuestro trabajo nos explican las consecuencias que puede tener nuestra huella digital.
Y esa información también debería formar parte del consentimiento.
Así que, si ya te hiciste todas esas preguntas y estás en paz con las respuestas… adelante, reina.
Mi clóset estalló el día en que nací
Mi caso es bastante particular y, lamentablemente, forma parte de una minoría. Me encantaría que todas mis compañeras tuvieran la suerte, o el privilegio, de tener una familia que las aceptara como la mía me acepta a mí.
Mientras mi mamá vivía llegamos a construir una comunicación basada en la honestidad radical. Evidentemente, no siempre fue sencillo. Hubo muchos desencuentros, discusiones y retos, pero sobre todo aceptación. Ella se interesaba por saber de qué se trataba lo que hacía, cómo era el ambiente de seguridad que me rodeaba y cómo era el porno que hacía.
Nosotras teníamos un código. Antes de seguir contando o profundizar más, yo le preguntaba cuánto más quería saber o cuánta verdad podía aguantar. Porque podía inventarle otras historias o dejar la conversación hasta ahí para no tener que mentirle o perturbarla más de la cuenta.
Mi relación con mi mamá era compleja, pero ha sido la relación más honesta que he tenido y que tendré jamás.
Mi papá es un ser que vive en otro planeta…
Una vez di una entrevista a un medio chileno llamado El Desconcierto, donde hablé abiertamente sobre ser artista, trabajadora sexual y migrante en Europa.
A los pocos días me escribió para decirme que estaba muy orgulloso de quien yo era y de mi consecuencia política; que daba igual cómo me ganara el dinero porque sabía que siempre iba a estar atravesada por la ética.
Dicho sea esto, esa no fue la primera vez que mi papá supo de mí por la prensa. Protagonicé un par de portadas y noticias virales por performances e intervenciones urbanas y él siempre decía, bien orgulloso:
“Sí, esa puta… o esa que va de travesti… es mi hija.”
Ahora… yo no hablo con él sobre mi trabajo. Eso es lo raro. Sé que me acepta y con eso me quedo, aunque no hablemos del tema y él se haga un poco el desentendido.
Mi hermana, que lleva una vida absolutamente diferente a la mía, pero con la que compartimos los mismos valores y la misma ética, me apoya. Hace no mucho fuimos de compras y me ayudó a escoger un sostén (sujetador) súper guapo y elegante.
“Para que puedas cobrar bien caro.”
Nunca me ha hecho sentir diferente ni mal por dedicarme a lo que me dedico.
Mi hermano, mi cuñada y lxs primxs que me importan saben a qué me dedico y, lejos de juzgarme, se interesan por saber más, sobre todo por los temas de dominación.
Quiero hacer hincapié en que este tema no lo hablo con todxs lxs integrantes de mi familia. Hay personas a las que quiero muchísimo y a las que no se lo he contado, ni se lo contaré, porque sé que se preocuparían o, simplemente, no lo entenderían.
Mi círculo de amigxs también se ha ido moldeando con los años hacia gente afín. Por supuesto, mucha gente quedó por el camino, por diferentes razones… y está bien así.
Donde no ha sido del todo bien recibido es en los círculos teatrales o en los festivales de cine convencional por los que me solía mover. Tampoco es que nadie me haya dicho nunca nada, pero tampoco me han vuelto a llamar para trabajar.
También está el factor de que me fui…
Pero una nunca sabe si las oportunidades dejaron de llegar por cualquier otro motivo o porque eres puta.
Y creo que esa duda también forma parte del estigma.
Las putas siempre iluminan a otras putas
Cuando comencé a escribir este artículo me estaba enfocando solamente en el escondite, en el estigma y en toda la ponzoña que trae consigo. No me salían las palabras.
Me encloseté de alguna manera. Como si hubiera olvidado que estamos en 2026.
Entonces pensé en todas las compañeras que, mucho antes que yo, pusieron la cara, el cuerpo… y la mente.
Hay compañeras que han llegado a parlamentos y ministerios; otras han levantado sindicatos, dirigido películas, creado productoras, escrito libros, realizado curatorías, construido archivos y recuperado memorias. Han irrumpido en espacios donde históricamente no se nos ha permitido estar.
Pienso en Ilona Staller, más conocida como Cicciolina, electa diputada del Parlamento italiano en 1987 por el Partido Radical; en Juan Carlos Florián, que ocupó el cargo de ministro para las Diversidades en Colombia; en Amaranta Hank, elegida senadora para el período 2026-2030; y en Yvette Luhrs, trabajadora sexual y candidata al Parlamento de los Países Bajos con una campaña centrada en los derechos de las trabajadoras sexuales.
Pienso también en Georgina Orellano, referente sindical del trabajo sexual en Argentina; en Carolina Calle, Pauline Ezquerra y Linda Porn; en Verónica Arauzo y Emy Fem, activistas por los derechos de las trabajadoras sexuales trans; en Pye Jakobsson, que ha llevado nuestras reivindicaciones a organismos internacionales; en Carol Leigh, quien acuñó el término sex work; y en Annie Sprinkle, artista, activista y una de las grandes impulsoras del movimiento postporno.
Además de recoger los testimonios que compartiré más adelante, me puse a buscar artículos escritos por otras compañeras sobre salir del puticlóset. Y fue entonces cuando empecé a desbloquearme y los dedos comenzaron a bailar solos sobre el teclado.
Las putas siempre iluminan a otras putas.
Ayer el relato era sobre nosotras, sin nosotras.
Hoy las cosas están cambiando.
Y, en parte, es gracias a la valentía de muchas compañeras que han dinamitado el puticlóset.
Salir del clóset: tomar las riendas de nuestra narrativa
Salir del clóset → Exposición → Vulnerabilidad → Fortaleza
A pesar de todos los contras que puede tener dejar el anonimato como trabajadora sexual, los beneficios de hacerlo muchas veces trascienden a la persona y terminan impactando a toda una comunidad.
Las compañeras que ponen la cara frente al estigma y asumen roles importantes en sindicatos, colectivos o de manera individual, contando sus historias, escribiendo libros, produciendo otro tipo de cine para adultos o luchando por nuestro derecho a existir, no lo hacen solamente por ellas.
Lo hacen también por la comunidad.
Como en mi artículo anterior, compartiré relatos de otras compañeras que quisieron colaborar con este tema (gracias, reinonas), porque una conversación como esta necesita más de un punto de vista y más de una experiencia.
Cada persona es un mundo y vivimos situaciones muy distintas según nuestros contextos.
"Ejercer el dominio es obligar al otro a justificar su ser."
Des-Caro Pantalla Roja
Siempre he tenido conflictos con la idea de "salir del clóset". ¿Salir de dónde? ¿Hacia dónde? He atravesado muchos clósets en mi vida, pero nunca he tenido "la conversación". Ni sobre mi trabajo, ni sobre mi orientación sexual, ni sobre mi forma de relacionarme.
Con el tiempo me pregunté por qué esta parte de mi vida parecía exigir una confesión. Nunca anuncié que me gustaban los hombres cis, ni cuando decidí ser montajista, vendedora o niñera. Eran decisiones que simplemente tomaba, sin tener que explicar por qué.
Una vez escuché a un maestro decir una frase que me cambió la perspectiva: "Ejercer el dominio es obligar al otro a justificar su ser." Desde entonces decidí dejar de ponerme en situaciones donde tuviera que justificar quién soy.
Hoy mi familia sabe que soy trabajadora sexual, aunque nunca existió "la conversación". Aún hay espacios donde el estigma me hace guardar silencio, pero sigo siendo, sin pedir perdón y sin pedir permiso, como cualquier otra persona intentando vivir en un Cistema.
Pandemia, luz, cámara… exposición
Salir del clóset en horario prime
Carolina Calle
Llevo más de quince años en el activismo. Me relacionaba con las instituciones, pero no me dejaba tomar fotos. Siempre evitaba las cámaras.
Durante la pandemia la situación se puso muy difícil. Vivía en un pagadiario en Bogotá y mi hijo se había quedado con mi hermana, a cuatro horas de la ciudad. Mi preocupación era poder conseguir un apartamento para traerlo conmigo. Empecé a pedir ayuda, mercados, cualquier cosa que nos permitiera salir adelante.
Un día me dijeron que un noticiero quería hacer una entrevista sobre la situación de las trabajadoras sexuales. Les pregunté cómo lo haríamos y me respondieron que tenía que salir yo, que tenía que aparecer en cámara.
Dije: "Pues sí... entrevísteme."
Ese día hablé del abandono que estábamos viviendo las trabajadoras sexuales en plena pandemia, de que había ayudas para todo el mundo menos para nosotras. Y también dije, en el noticiero del mediodía, que llevaba catorce años siendo trabajadora sexual.
Después de eso empezaron las llamadas: mi familia, mi abuelita, mucha gente preguntando que cómo así, que por qué nunca había dicho nada.
Y esa fue, realmente, mi salida del clóset.
Salir sin haber elegido salir
Vesania Versátil
Mi salida del clóset no fue una decisión. Fue algo que otra persona hizo por mí, por venganza. Los primeros en enterarse fueron, justamente, las personas que yo no quería que lo supieran. En ese momento fue muy traumático. Hubo rechazo. Muchas personas desaparecieron de mi vida y tuve que enfrentarme a todo de golpe.
Con el tiempo entendí que, si ya no había nada que esconder, tampoco tenía sentido seguir sosteniendo vínculos con quienes me discriminaban. Poco a poco fui construyendo otra vida, rodeándome de personas con las que no tuviera que justificar quién soy ni inventar excusas.
Hay una libertad enorme en eso.
Hoy la mayoría de las personas que forman parte de mi vida saben a qué me dedico. Ya no tengo que estar pensando qué decir para que alguien no sospeche o inventando historias para explicar dónde voy.
Eso no significa que el estigma haya desaparecido. Incluso ahora, aunque mi familia sabe lo que hago, todavía hay personas a las que les digo que voy a entrenar en vez de contarles que voy a ver a un cliente. No porque me avergüence, sino porque sé que la gente que no es puta siempre va a imaginar lo peor.
Y sí, sabemos que en este trabajo pasan cosas terribles. Pero el peligro no está en el trabajo sexual en sí mismo; el peligro está en los depredadores. Es el mismo riesgo que corre cualquier persona frente a un hombre violento, dentro o fuera de este trabajo.
Idas y venidas
Entre la aceptación y el rechazo cíclico
Para este último testimonio me gustaría hacer una pequeña introducción que conecta el relato anterior con este.
Después de escuchar a Laia y a Vesania me quedé un par de días digiriendo sus historias y pensando cómo plasmar todo esto de la forma más cuidadosa posible hacia mis compañeras. Mientras transcribía sus audios, se me vino a la cabeza una canción de Los Prisioneros:
“No te pares frente a mí
Con esa mirada tan hiriente
Puedo entender estrechez de mente
Soportar la falta de experiencia
Pero no voy a aguantar estrechez de corazón”
Y me di cuenta de que hay algo que termina doliendo mucho más allá del estigma.
La estrechez de corazón.
"He tenido diferentes experiencias, diferentes contextos y diferentes armarios."
Laia Lloret @laia.femme.fem
Mi primera salida del armario fue a los 25 años. Llevaba un año y medio currando. Cuando empecé a trabajar en esto me alejé casi automáticamente de mi familia por miedo a que me descubrieran. Mi madre empezó a preocuparse.
Cuando nos veíamos me decía: "¿Dónde andas?, ¿dónde te metes? Ya casi no te veo ni me coges el teléfono". Incluso llegó a preguntarle a mi hermana si no estaría pasando droga o metida en algún ambiente chungo. Entonces decidí contárselo, pensando que así le quitaría un peso de encima. ¡Inocente de mí!
Hasta ese momento habíamos tenido confianza para hablar de sexo. Aunque había sido bastante homófoba con mi primera salida del clóset como bi y bollera a los 15 años, con el tiempo se reconcilió con el tema y pensé que ahora pasaría lo mismo.
Un día la senté en una terraza y le dije que estaba haciendo masajes tántricos. No le dije nada de ser escort ni de ser puta.
Al día siguiente mi madre me escribió exigiéndome que dejara el trabajo sexual.
Mi respuesta fue:
"Vas muy tarde para exigirme nada."
Ella no estuvo muy presente durante mi infancia ni mi adolescencia; nunca me mantuvo. Todo lo contrario. Tuvimos un intercambio de palabras muy duras y estuvimos unos ocho meses sin hablarnos.Si no hubiera sido por la comunidad de putis con la que me relacionaba, me habría hundido.
En esa época me llevaba bien con mi hermana. De hecho, hizo de mediadora entre nosotras. Ella lo sabía todo y estábamos muy unidas, hasta que vio una obra de teatro que hice sobre trabajo sexual. Entonces se le giró y dejó de hablarme. La historia volvió a repetirse con mi hermano: aceptación y luego rechazo.
Paralelamente tenía una novia "anarquista y transfeminista" que al principio parecía estar bien con el tema, pero con el tiempo empezó a ponerme problemas. Hasta que un día, cuando iba a comerme el coño, me dijo:
"Hostia... igual aquí están las babas de los clientes. Qué asco."
Y no me lo hizo.
Esa no fue la única violencia putófoba que viví en esa relación, así que la dejé.
Luego mi madre intentó acercarse otra vez porque se dio cuenta de que no quería perderme. Incluso empezamos a tener una dinámica un poco de banco: me pedía dinero en metálico y luego me lo ingresaba.
Comencé a entrar en depresión y dejé de currar, así que tuve que pedir ayuda a mi familia para poder hacer terapia. Mi madre se ofreció a pagarla, pero con una condición: que dejara el trabajo sexual.
El trabajo sexual forma parte de mi identidad, y eso lo entendieron mis amigas del pueblo, que me dieron su apoyo incondicional sin tener ninguna teoría sobre feminismo ni nada parecido.
Con las novias ha sido complicado. Es muy duro porque, si no lo dices desde el principio, cuando finalmente lo cuentas, la otra persona puede vivirlo como un engaño.
Existe una tiranía de las emociones y, sobre todo, de los roles impuestos hacia las fems.
Cerrar la puerta
En conclusión, todas las experiencias aquí contadas son bastante íntimas y diferentes entre sí, lo que nos demuestra que no existe una fórmula correcta ni incorrecta, ni tampoco una obligación para salir del clóset. Lo que sí existe es una comunidad que sostiene, que cuida y que acompaña. Porque siempre una puta estará para otra puta, haya o no haya salido del clóset.