Participé de un festival de porno en Amsterdam
Con seguridad podría afirmar que, para muchas personas en Chile, hubo un antes y un después del revuelo generado por el Excéntrico Fest durante el mes de febrero, luego de enterarse —a través de medios de comunicación amarillistas— de la existencia de festivales de pornografía crítica, festivales que no son nada nuevo y existen hace décadas; incluso este año 2026 el Porn Film Festival Berlín, en Alemania, celebra 21 años de existencia. Y es que descubrir que eso que ven en la soledad de sus hogares, con el volumen al mínimo, escondidos con la puerta cerrada, es visto por salas llenas de espectadores, unos al lado de otros, en pantallas gigantes y con sonido al máximo, debe haber sido por lo menos abrumador. Para quienes vivimos los coletazos de la polémica desde la acera de los artistas prosex, nada nos sorprende, sobre todo la manera en la que se trató el tema, pero hay algo que nos preocupa y que se repite con mayor intensidad en épocas con olor a fascismo… “¡Con mis impuestos no!”.
Muchos de estos festivales que funcionan como una red internacional de visibilidad y reflexión en torno al porno, son organizados de manera autogestiva, por personas que militan formas de existencia que incomodan, que no encajan, pero que consideran estos espacios como un lugar de resistencia que debe seguir sosteniéndose y uno de ellos es el festival de porno de Ámsterdam, que este pasado febrero celebró su 3er año de vida y en el que tuve el placer de participar como espectadora, filmmaker y tallerista. Durante los 4 días que duró este festival tuve la posibilidad de cruzar charlas y discusiones con otrxs pornógrafxs sudacas, directorxs de festivales, trabajadorxs del sexo y amigues que gozan de la producción audiovisual explícita, siendo gestores de un cine y un arte que pone al sexo como el foco de investigación, artistas contemporaneos que a veces buscan financiamiento.

Unos días antes de viajar a Ámsterdam, estuve sentada frente a la computadora varias horas corrigiendo mi currículum. Esta acción no fue realizada como una corrección técnica, ni de estilo, fue una operación cercenante: borrar, suavizar, reemplazar palabras. Cambiar “pornografía” por “prácticas escénicas contemporáneas”. Evitar “prosex” y desplazarlo hacia “erotismo explícito”, redirigir mi hacer hacia zonas más digeribles. No como una decisión estética, sino como una especie de estrategia de supervivencia que me da vueltas en la cabeza desde hace días.
Junto a Gemma Saborit, mi compañera de LA ONCE, Merienda y Porno –proyecto interdisciplinario prosex que actualmente se desarrolla en Valencia, España –, hemos estado postulando a varias convocatorias, fondos y residencias ya que como tantos otros artistas precarizados, buscamos maneras de financiar nuestro trabajo y espacios que alojen nuestras investigaciones teórico-prácticas para abrir al público lo que hacemos. Algunas de estas subvenciones son administradas actualmente por partidos conservadores, y es por ese motivo que nos hemos visto en la necesidad de autocensurar nuestros propios cvs de artistas. Una acción dolorosa de higienización del propio trabajo al que no me había enfrentado antes y que sirvió como disparador para discusiones con otrxs pornógrafxs durante nuestra estadía en la capital de los Países Bajos.
Porn Film Festival Amsterdam reúne a diversas figuras del porno crítico que viajamos y/o enviamos nuestros materiales desde diversas ciudades del mundo, tal como en Chile lo hace la Muestra Internacional de Cine y Placeres Críticos Excéntrico Fest, nombre actual de lo que en sus inicios se conocía como Muestra Internacional de Pornografías Críticas. Un ejercicio de traducción que no impidió la persecución mediática, ni una auditoría por la adjudicación de fondos concursables, que establecieron una especie de sospecha moralizante a Excéntrico, a portas del ingreso de un nuevo gobierno de ultraderecha. Un ejercicio de traducción que comprendemos quienes trabajamos dentro del universo de la pornografía y que también entendemos como una estrategia del lenguaje que hemos aprendido a realizar. En Ámsterdam este es un tema que charlamos con Feña Errada, directorx del cortometraje Trilogía de la Guerra I: La Fuerza, proyectado en estos dos espacios de exhibición de cortometrajes explícitos.
Siempre es un gusto escuchar a Errada, una especie de enciclopedia de datos a quien conocía por redes sociales hace un tiempo y con quien coincidí en Chile este último verano gracias a les amigues en común. Frente a este tema, en el que cruzamos preguntas y respuestas, Feña nombra algo que nos arrastra a un tiempo pasado para pensar el presente. Durante la dictadura en Chile, la censura y la autocensura tuvieron un lugar activo dentro del arte y el teatro. Trae este punto como una manera de pensarnos en común, al ser ambas trabajadoras teatrales en esta contemporaneidad democrática.
Dentro de este diálogo, Errada realiza una revisión de las genealogías de la censura en Chile y menciona al Memorándum sobre el teatro chileno (1979), informe elaborado por organismos de inteligencia en el que se analizaba el campo teatral como un posible foco de subversión. En el memorándum no solo se identificaban obras o creadorxs “peligrosxs”, sino que también se proponían estrategias específicas para la administración de lo visible en lugar de su prohibición explícita. Entre estas estrategias, se plantea el no censurar de forma directa, sino disminuir su difusión, evitar su visibilidad, no amplificar aquello que podría volverse aún más atractivo bajo la lógica de la prohibición.
Escuchar esto, en medio de nuestras propias estrategias contemporáneas para sobrevivir en el campo cultural, me produce un pequeño vértigo. Porque hoy es posible trazar una analogía con las formas actuales de censura, aquellas que ya no se ejercen necesariamente desde un aparato estatal explícito, sino que se infiltran en la virtualidad: en el poder del algoritmo, en el temido shadowbanning de plataformas que deciden qué cuerpos, qué prácticas y qué relatos circulan, y cuáles quedan relegados a una zona de baja intensidad perceptiva.
Una forma contemporánea de silenciamiento no necesita nombrarse como tal para operar con eficacia y una anécdota no necesita ser espectacular para volverse una herramienta para leer el presente. Entonces es posible pensar que la censura directa o las formas más difusas de control están ahí, presentes, es más, nunca se fueron, solo mutaron para llegar hasta nuestra época.
Lo que le sucedió a Excéntrico no es un caso aislado, puede llegar a ser el aviso de que en el contexto actual chileno, la avanzada conservadora no solo busca eliminar ciertos espacios, sino también instalar un régimen de sospecha sobre todo aquello que tenga que ver con sexualidad, disidencia y trabajo sexual. La censura ya no opera como prohibición directa, opera como filtro, como criterio de selección, como revisión exhaustiva también a otros proyectos que rozan los márgenes de lo que debe ser perseguido y desfinanciado.
Pero quisiera volver a centrarme en algo que nombré más arriba: el financiamiento
Para quienes trabajamos desde el cruce difuso entre el arte y la sexualidad —ya sea produciendo imágenes, performando, escribiendo o investigando— sabemos que lo que está en juego no es solo una estética, sino una política del cuerpo. El trabajo sexual, entendido ampliamente desde este cruce y en este contexto, no es solo un tema, es una forma de existencia, una economía, una práctica situada que históricamente ha sido empujada a los márgenes. Y sin embargo, cuando queremos acceder a fondos públicos, a residencias, a espacios institucionales, muchas veces se nos exige que dejemos eso fuera o lo volvamos irreconocible.
Entonces las preguntas se repiten: ¿Qué tipo de proyectos "merecen" adjudicarse fondos públicos?, ¿Qué cuerpos y qué prácticas pueden decirse y cuáles deben traducirse para ser aceptados?.
La discusión con Errada también toca un punto personal en el que estamos implicadas, el financiamiento de un proyecto que codirijo y que es la razón por la cual estoy en España en estos momentos: LA ONCE, Merienda y Porno... sí, sí, la ONCE, eso que tomamos al atardecer en Chile y que en mi recuerdo de infancia, era el momento en donde mi madre a veces preparaba un pie de limón. Este proyecto que nació en Buenos Aires en el año 2023 en el living de mi casa en San Telmo, como una estrategia de supervivencia, como una manera de generar ingresos a través de la producción de una merienda casera que incluía un pie de limón (mi receta heredada) y kremaet (una bebida de castellón producida por Gemma), mientras invitábamos a amigues a mirar porno proyectado en una especie de cine que instalamos con mis compañerxs de casa de ese momento. Algunas películas XXX alojadas en mi computadora, se volvieron el punto de inicio para un proyecto que hoy pensamos como un videoclub itinerante que tuve la posibilidad de mover también por Chile y Colombia durante el 2025.

Este proyecto, que cruza porno y trabajo doméstico/sexual, hasta ahora ha sido autogestionado a través de entradas mínimas que pagan los costos de la merienda, pero su más grande inversionista por ahora ha sido nuestra relación con el trabajo en gastronomía, o como se le conoce aquí en España: la hostelería... Somos una especie de cliché, Actrices Putas Camareras que pagan su proyecto con lo que queda de las propinas, el ahorro que se va rápidamente y el pago de un paro que termina este mes. Errada, quien actualmente está implicada como diseñadorx de iluminación en lo que se ha vuelto una pieza performática en este devenir del proyecto, nombra a esta tríada como un común denominador silencioso.
La precarización del trabajo toca con mucha más profundidad a los trabajos feminizados como lo son en gran parte el trabajo sexual y el trabajo doméstico, y es justo este punto el que nos parece importante como colectivo LA ONCE, poder nombrar y pensar con el cuerpo y con una investigación académica.
Me pregunto si aquel fondo de cultura valenciano que nos adjudicamos hace meses y que esperamos que llegue en formato de bendita transferencia, finalmente se haga presente, o es una más de esas fantasías que, quienes somos filmmakers, sabemos crear.
Vuelvo entonces a ese momento inicial: yo, frente a la computadora, editando mi currículum de artista, ajustando el lenguaje, modulando el deseo, negociando con los sinónimos. Y me pregunto: ¿Acaso ha llegado hasta este punto de la lectura el mecenas prosex que tanto necesitamos?... si estás ahí... llámame.
