ACLARACIÓN IMPORTANTE: El afán de este artículo no es menospreciar las relaciones que podamos tener con personas que no ejerzan el trabajo sexual, sino más bien visibilizar ciertas problemáticas y patrones que se repiten en diferentes lugares, personas, tiempos y contextos, para recordarnos que no estamos solas y que no, no nos imaginamos cosas: el estigma existe. Está ahí afuera y adentro; está en nuestras camas, por donde pisemos… El estigma nos odia mientras dice que nos ama.
Existe una especie de mito - o quizás un mecanismo de autoconvencimiento social - de que quienes ejercemos trabajo sexual no somos capaces de construir vínculos serios, no somos dignxs de ser amadxs o, directamente, no sentimos. Como si las traiciones, la violencia o el abandono no nos dolieran. Como si mentir fuera algo inherente al trabajo sexual y, por lo tanto, no importara que nos mientan, nos humillen o nos maltraten.
Nada más alejado de la realidad.
Aunque los vínculos sexo afectivos que he tenido con personas que también ejercen trabajo sexual no están exentos de dramas, sí hay una diferencia evidente en las dinámicas. Sin slut-shaming, los códigos son claros, la comunicación más amable y los cuidados mucho más recíprocos.
Es muy distinto poder hablar de tu trabajo con tu compañerx sin sentir asco, incomodidad o ese dejo de moralidad que muchxs disfrazan de progresismo. Poder contar cómo estuvo tu jornada y recibir escucha genuina. Algo tan básico y, al mismo tiempo, tan raro. Porque muchas veces, cuando empiezo a hablar de mi trabajo con personas fuera del rubro, algo cambia en el aire: la atención se diluye, el cuerpo se tensa y, tarde o temprano, me cambian el tema.
Por supuesto, también existe gente profundamente des-prejuiciada, capaz de cuidarte y tratarte como se merece cualquier ser humano. He tenido la suerte de construir vínculos con personas increíbles que jamás me han menoscabado por hacer lo que hago. Todo lo contrario. Esas personas estarán siempre en mi vida: como amigxs, familia o aliadxs.
Pero cuando se trata de relaciones con personas que no ejercen trabajo sexual, muchas veces aparecen zonas grises donde el peso del estigma se cuela de formas sutiles. A veces como control, otras como silenciamiento y otras como “salvación”. El desprecio aparece perfumado, disfrazado de preocupación, amor o buenas intenciones.
¿Y por qué esta diferencia de rubros se vuelve un problema solo cuando hablamos de trabajo sexual? ¿Acaso unx psicólogx tiene conflictos morales por salir con unx profesorx, taxista o ingenierx? ¿Por qué nuestro trabajo nos pone inmediatamente en una posición de desventaja frente a humillaciones, extorsiones o fantasías de rescate?
Uso comillas al hablar de “salvación” porque esa supuesta salvación suele venir cargada de moralina y de una interminable letra chica. Quienes quieren “salvarte” muchas veces no buscan tu bienestar, sino transformarte en una versión más aceptable, domesticada y socialmente legitimada de ti mismx.
La idea de salvación implica rescatar a alguien de un peligro o de un pecado. Y ahí aparece el problema: históricamente, las putas hemos sido construidas como la encarnación del pecado. Como cuerpos disponibles, moralmente sospechosos y, por lo mismo, castigables.
Trigger Warning: Intimidad dura y cruda
En mi caso, la extorsión no ha funcionado ni ha podido ser un recurso utilizado para joderme por dos razones: la primera es que comencé a ejercer siendo migrante en Europa y mi familia está en Chile; hay un océano entero que me distancia y me protege frente a la extorsión. Y la segunda es que estoy fuera del puti clóset desde hace muchísimo tiempo.
Pero eso no me ha exentado de vivir situaciones humillantes, violentas y fetishizaciones que —cuando no son pagadas— pueden llegar a ser altamente peligrosas para nosotras. Es más, han utilizado mi trabajo para deslegitimizarme en muchos ámbitos, incluyendo una denuncia pública sobre abuso sexual. Este tema lo conozco bien y me remueve, como debe remover a muchas, porque lamentablemente esto se repite más de lo que creemos o de lo que estamos dispuestas a asumir.
Idealización, fetichismo y destrucción
Siendo dominatrix, el fetishismo siempre ha sido un territorio cercano para mí. Y claro, ¿a quién no le gusta ser adorada y tratada como la diosa que es?
Pero cuando el contexto cambia y tu pareja te idealiza y te fetichiza por tu poderío, poniéndote en un podio inalcanzable que no pueden sostener —porque DIOSA, claro que sí, pero también HUMANA—, en el momento en que te muestras vulnerable, se rompe la fantasía y todo se va a la mierda.
Después de la idealización, lo que queda es el desprecio.
Una vez más hablo en primera persona: la idealización es peligrosa. Lo escribo, lo digo y lo sostengo desde la experiencia que he vivido.
“Por lo menos tú estabas follando”, le dijo un alcohólico que trabajaba en un bar a una puta que venía cansada después de laburar.
Recuerdo que hace unos años, en Barcelona, trabajé en un garito liberal llamado 6 y 9 - el cual no recomiendo para nada, pues son superexplotadores, poco claros y deshonestos con los términos de trabajo.
Cuando terminé la jornada, vino a buscarme el tipo con el que estaba en ese momento. Los dos habíamos tenido jornadas de trabajo duras. Ese día hacía mucho frío y a él le habían puesto de portero del bar donde trabajaba. Se quejó todo el camino, pero entre medio decía: “menos mal, tengo alcohol gratis”.
Cuando me tocó despotricar del local (que él mismo me había recomendado), le conté lo molesta que estaba: el dueño había mentido sobre la cantidad de personas que tenía que atender, algunos eran supergroseros, y el dinero no me cuadraba. Me vi obligada a ponerme en plan chunga, látigo en mano, para poner a todos en su sitio. Tanto así que los machirulos se asustaron y se fueron a quejar con el dueño. Yo ahí estaba de puta, no de dom.
Entonces me suelta: Por lo menos tú estabas follando mientras yo estaba trabajando. No sé si su voz demostraba más envidia o desdén… Yo le respondí: Pues tú eres alcohólico y estabas en un bar tomando gratis y estabas trabajando igual… ¿Por qué conmigo es diferente?.
Mirando atrás, me pregunto cómo pude aguantar tanta mierda. Muchas veces nos quedamos en lugares donde no deberíamos estar por miedo - inconsciente - a no encontrar a nadie más.
Relaciones, estigma y poder: experiencias de trabajadoras sexuales con parejas civiles
Al ser un tema - o más bien una problemática - que afecta a todo el colectivo es menester ampliar este articulo y no solo centrarlo en mi experiencia. Al compartir relatos de otras compañeras que quisieron colaborar, se evidencian patrónes que se repiten
“¿Te duchaste?” y otras formas del estigma
Una vez llegué de trabajar, me puse a hacer la cena y, cuando mi ex volvió a casa, fui a abrazarlo. Lo primero que me preguntó fue si me había duchado. Cuando le dije que no, no quiso tocarme. Ahí sentí el estigma puta de una forma brutal. Nunca me había sentido tan mal ni tan sucia. Él tenía muchos brotes psicóticos y la relación ya estaba muy rota, pero eso nunca va a justificar lo que hizo. En ese momento incluso llegué a plantearme dejar el trabajo sexual ‘por la relación’. Menos mal no lo hice. Ahí entendí que si alguien no puede aceptar mi trabajo - y no solo aceptarlo, sino acompañarme y apoyarme activamente - no puede ser mi pareja.
La extorsión como método de control
Estuve con un tipo horrible. Era violento, resentido y constantemente intentaba hacerme sentir culpable por ser puta. Partió siendo mi cliente. Siempre me amenazaba con contarle a mi familia en qué trabajaba. También estaba el tema económico: yo sentía que tenía que hacer el espectáculo completo para que el malparido aportara algo.
Me absorbía sin retribuir.
Me criticaba por mi activismo, por mi trabajo, por todo. Era un hombre profundamente resentido, alguien que necesitaba bajarme para sentirse superior. Lo más duro fue cuando descubrí que se acostaba con otras compañeras. Y cuando lo confronté me respondió: ‘¿Y usted qué me dice, si usted trabaja en eso?’. Como si mi trabajo invalidara cualquier límite o cualquier dolor.
También había violencia física. Me pellizcaba fuerte en las piernas o en los brazos para callarme cuando discutíamos. Era una forma de control. Un día entendí que ya no le tenía miedo. Ahí empezó realmente el final de la relación. Tiempo después me lo encontré y le dije: Ya toda Colombia sabe que soy puta, ¿ahora con qué me va a amenazar, gonorrea?.
La soledad como disciplina
Existe la idea de que las trabajadoras sexuales son incompatibles con las relaciones afectivas. Es algo muy instalado públicamente: los mensajes de odio que recibimos por redes sociales siempre apuntan a lo mismo: ‘nadie te va a querer nunca’, ‘nunca vas a conseguir marido’, ‘vas a estar sola’.
La soledad aparece constantemente ligada a la prostitución y, por extensión, a otras áreas del trabajo sexual. Entrar en dinámicas afectivas con esa carga simbólica encima es muy difícil. Cuando empecé en el trabajo sexual pensaba que no podía estar con nadie. Simplemente asumí: ‘Bueno, voy a hacer esto’, porque creía que iba a estar sola hasta retirarme.
“Sí, caí en la trampa… soy humana”
Caí en la trampa de estar con un cliente porque pensé: ‘A mí nadie me va a querer’. En esa época, las únicas personas con quien me relacionaba en el plano sexual y afectivo eran clientes, porque llevaba mi trabajo en secreto y no tenía red de apoyo ni comunidad. Mi primera relación afectiva como trabajadora sexual fue con un excliente que terminó siendo mi único apoyo emocional.
Yo pensaba: ‘Nadie me va a entender como él’, porque creía que, al haber sido cliente, no me iba a juzgar. Pero después vino la manipulación emocional. Empezó a humillarme por ser trabajadora sexual y a desconfiar de mí, pensando que si estaba con él también podía estar con otros clientes. Al final fue una trampa: la persona que yo creía que más me entendía terminó siendo quien más daño me hizo.”
Cortar por lo sano
Yo ya había salido del clóset, así que más o menos todo el mundo sabía lo que hacía. Esta persona lo sabía y pensé: ‘Bueno, si quiere seguir conmigo, debe ser una buena persona’. Eso funcionó un tiempo, mientras yo no estaba trabajando. Pero la primera vez que le dije: ‘Oye, ¿sabís qué? Volví a trabajar’, apareció el límite: ‘Ah no, ya sabes que yo no puedo’. Porque no le molestaba que yo hubiera sido trabajadora sexual; lo que no toleró fue que siguiera siéndolo mientras estaba con él.
Cuando el problema dejó de ser el trabajo
Estuve con una mujer que sí respetaba mi oficio y, con el tiempo, ella también empezó a hacer trabajo sexual. Ahí pasó algo completamente distinto: el trabajo dejó de ser un problema dentro de la relación. Trabajábamos juntas, hacíamos contenido, colaborábamos con productoras y todo eso fue muy entretenido.
Después de varias malas experiencias con personas que no eran trabajadoras sexuales, terminé entendiendo que, mientras ejerza este trabajo, me resulta mucho más fácil vincularme afectivamente con gente del mismo mundo. Ahora que conozco más comunidad y tengo más redes, ya no siento tan imposible pensar en vínculos románticos. Cuando la otra persona también es trabajadora sexual, el trabajo deja de ser un conflicto constante.
“Amiga, vámonos, ahí viene el que nos quiere salvar”
Todos los chabones con los que he estado me han querido salvar.
Tuve una relación muy intensa con un hombre al que conocí mientras trabajaba en la calle, en Barcelona. Al principio todo era pasión y él parecía fascinado conmigo. Llegó un momento en que incluso me pidió matrimonio, en una fiesta en una okupa. Pero desde que me pidió matrimonio hasta que empezó a admitir que le molestaba que yo fuera trabajadora sexual pasó muy poco tiempo.
Yo le decía: ‘Bueno, si no quieres que sea puta, consígueme un trabajo’. Y él me respondía: ‘Hazte un currículum y vete a buscar’. Quería que yo hiciera todo y se lo entregara en bandeja. Éramos jóvenes. Él decía que yo era inteligente, le fascinaba escucharme hablar de política y activismo.
Hasta su madre me llamaba para decirme: ‘Mi hijo está fascinado contigo’. Él decía querer una relación seria conmigo, pero al mismo tiempo me engañaba, era muy celoso y siempre volvía con las putas. Ahí entendí la contradicción: muchos hombres desean a las trabajadoras sexuales, buscan intimidad y vínculos con nosotras, pero después no pueden sostener públicamente esa relación por el peso del estigma.
Una noche salimos los dos solos y le pregunté: ‘A ver, ¿qué está pasando? ¿Quieres casarte o no?’. Y él me respondió: ‘Es que tú tienes una vida que yo no voy a poder asumir’. Nunca me habían roto el corazón de una forma tan fuerte. Yo estaba enamoradísima. Lloré como nunca en mi vida. Lo que más me afectó fue darme cuenta de que sí me amaba, pero que su miedo y la vergüenza social fueron más fuertes.
Nunca tuvo el valor de asumir que estaba enamorado de una prostituta. Y aun así, siempre volvía a las putas. De hecho, terminó casándose con otra trabajadora sexual. Para mí fue un parteaguas emocional: entender cómo el estigma puede destruir incluso relaciones donde hay amor real.
Desde la otra vereda
Hace no mucho escuché la historia de un cliente que se enamoró de una compañera y quiso “rescatarla” del trabajo sexual. Esa misma historia la he escuchado muchas veces, en distintos lugares y con distintos personajes.
Ella fue clara desde el principio: si lo que él quería era que dejara de prostituirse y estuviera solo con él, entonces debía mantenerla. El cliente aceptó. Ahí nace un pacto - un contrato invisible - en el que ambas partes entienden perfectamente las condiciones.
Por favor, no me rescates.
Pero ¿qué pasa después, cuando el cliente se cansa de mantener a la compañera? Empiezan los emplazamientos para que ella “consiga un trabajo”. Pero ojo: trabajo sexual no, porque quienes quieren salvarte después pretenden que te busques la vida como camarera, cajera de supermercado o trabajando en un call center -sin desmerecer ninguno de esos oficios -, como si cualquier trabajo precarizado fuera automáticamente más digno que ejercer el trabajo sexual por decisión propia.
Ahí aparece una de las contradicciones más profundas del imaginario del “rescate”: muchos hombres no quieren realmente que las trabajadoras sexuales dejen de depender de ellos; lo que quieren es transformarlas en una versión aceptable, domesticada y socialmente legitimada de sí mismas.
El problema nunca fue solamente el trabajo sexual, sino la imposibilidad de aceptar la autonomía de una mujer que decide sobre su cuerpo, su dinero y sus condiciones de vida.