No era solo el café, éramos nosotras

Mar 19, 2026
No era solo el café, éramos nosotras
Photo by Joceline Painho / Unsplash

La historia de mis inicios en el trabajo sexual y del modelo de negocio de los “café con piernas” que se aprovecha, explota y lucra con las trabajadoras sexuales en un país de doble moral.

Nacida para ser un súcubo

Desde que tengo conciencia de que me gusta andar en pelotas, “La Maripepa Nieto¹” me apodó, tierna y sabiamente, mi mamá. De niña me vestía y desvestía sola, me ponía vestidos y bototos, pero el atuendo no me duraba mucho; a las pocas horas me veían correr con lo único que quedaba de mi tenida: los zapatos. No sé si este comportamiento era aleatorio o si era el primer indicio de en lo que me transformé hoy en día.

Me empeloté en múltiples escenarios, en diferentes edades, en todos los contextos; no se salvó ni la iglesia donde bautizaban a mi hermana.

Si me preguntan si a esa edad era consciente del porqué me gustaba quitarme la ropa, respondería que ni puta idea. Lo único que recuerdo es que la necesidad de libertad me ha acompañado desde que tengo razón y que, al ser una corporalidad asignada femenina al nacer, todo lo que tuviera que ver con mi cuerpo, mi sexualidad y desnudez era algo que no debía ni mostrarse ni exhibirse. Cuestionar esas reglas —y romperlas— te ponía de inmediato en el papel de “la típica mina² que quiere llamar la atención”, y entonces todo tu ser se veía cuestionado a partir de esa premisa; daba igual lo inteligente o creativa que fueras, si andabas mostrando las tetas era porque no te daba la cabeza para otra cosa.

Y, precisamente, ese imaginario tan pacato³ responde perfectamente a la idiosincrasia chilena y a las lógicas del patriarcado a nivel mundial. Sin ir más lejos, dentro del Código Penal chileno hay un par de artículos que se refieren específicamente a la moral y las buenas costumbres, lo extraño es que ahí no se menciona nada sobre abusos…

¿Es esto ilógico o es totalmente congruente con cómo se ha creado esta sociedad?

Chile, un país pechoño⁴ y de doble moral: Código Penal chileno, artículos 373 - 495

Artículo 373: “Los que de cualquier modo ofendieren el pudor o las buenas costumbres con hechos de grave escándalo o trascendencia, no comprendidos expresamente en otros artículos de este Código, sufrirán la pena de reclusión menor en sus grados mínimos a medio”.

Artículo 495: “El que incurriere en alguna de las faltas siguientes será castigado con multa de una a cuatro unidades tributarias mensuales:

7.° El que infringiere los reglamentos de policía en lo concerniente a quienes ejercen el comercio sexual.

11.° El que infringiere las reglas establecidas para la quema de bosques, rastrojos u otros productos de la tierra, o para evitar la propagación de fuego en máquinas de vapor, caleras, hornos u otros lugares semejantes.

12.° El que infringiere los reglamentos sobre corta de bosques o arbolados.

22.° El que aprovechando aguas de otro o distrayéndolas de su curso, causare daño que no exceda de una unidad tributaria mensual”.

Dentro de este mismo artículo hay al menos tres puntos que parecieran ser una burla, pues nunca se responsabiliza ni multa de la misma forma a quienes ocasionan estos desastres. Curiosamente, los responsables de estas faltas suelen ser empresarios y multinacionales.

Las faltas por obscenidad —y sus multas— recaen principalmente en las trabajadoras sexuales y en los cuerpos que incomodan la moral pública, pero no en las aberraciones que generan las industrias o la patronal en el caso del trabajo sexual.

La hipocresía moral, social y política en Chile se manifiesta precisamente en esa desconexión entre los valores proclamados —como la moral, las buenas costumbres o el orden público— y las prácticas reales: se regula el cuerpo, pero no la explotación; se castiga la visibilidad, pero no el abuso estructural.

De las tablas a los cafés

A pesar de que mis creaciones artísticas e intervenciones urbanas estaban atravesadas por la desnudez y la sexualidad, no fue hasta mi último año de la carrera de teatro que empecé a ejercer el trabajo sexual (sin asumir que era trabajo sexual). En esos tiempos no estaba masificado el concepto de trabajo sexual; todo se dividía entre ser puta o no, y para ese entonces yo no puteaba.

Había recién acabado mi tesis y necesitaba ponerme a laburar⁵ para poder pagar el alquiler del lugar donde vivía y ahorrar para venirme a vivir a España.

Lo más fácil u obvio habría sido trabajar de camarera, pero después de trabajar años en ese rubro me había prometido a mí misma no volver a hacerlo. No quería convertirme en el cliché en que caemos todxs lxs actorxs: trabajar todo el día para intentar sustentar las prácticas artísticas, pero llegar tan cansada que no había energía para nada.

Entonces pensé en los “cafés con piernas”, por los cuales siempre había sentido atracción, así como también por los stripclubs. Y si bien el trabajo de cafetera no se diferencia mucho del acto de servir a los clientes, en este mundo al menos podía empaparme de historias y enriquecer mi imaginario a través de la observación de personajes.

Historia y contexto

Los “cafés con piernasnacen en el centro de Santiago, a fines de los años ochenta o principios de los noventa, justo después de una larga dictadura, en plena dinámica de oficinas. En esa época miles de personas trabajaban en bancos, aseguradoras, oficinas públicas y empresas privadas concentradas en pocas cuadras.

El ritmo del día era rápido y muchos trabajadores necesitaban lugares donde tomar un café exprés entre reuniones o antes de volver a la oficina. Las cafeterías comenzaron a adaptarse a esa dinámica: servicios rápidos, barras en vez de mesas, espacios pensados para entrar, consumir algo breve y seguir con la jornada.

Los “cafés con piernas” (atendidos por mujeres con poca ropa y mucha actitud) aparecen como una alternativa nada convencional para alivianar o desestresar a los ejecutivos y trabajadores de la zona.

El modelo económico se basa en algo muy simple: muchos clientes, consumo rápido y rotación constante.

El primer día en el café

Aún recuerdo mi primer día en el café “Scorpio”, ubicado en la calle San Antonio, entre Santo Domingo y Merced, en pleno centro de Santiago, a la vuelta de la que fue la primera universidad donde empecé mi carrera.

Fue todo bastante surrealista.

Yo figuraba tímidamente (sí, a veces también soy tímida) detrás de la barra con unas bragas tipo abuela, intentando encontrar mi lugar y personaje en el local, mientras que en el sótano del recinto uno de los guardias convulsionaba por haber intentado quitarse la vida por amor.

Aprender rápido

A partir del segundo día entendí que si quería mantener la distancia entre las manos de los clientes ratas⁶ y mi cuerpo, tenía que encarnar a la dominatrix innata que siempre he sido. Látigo en mano, les dejaba claro que si se me querían acercar, tenían que darme propina por adelantado.

En ese momento era la más joven del café, la única punki, la única locataria, la única a la que no le gustaba la bachata (aunque eso cambió con el tiempo) y la única que exigía que dejaran entrar mujeres para ser atendidas como clientas.

Política, error y aprendizaje

Lamentablemente, para mi bolsillo, cometí el error de no saber separar mi persona política del trabajo. En mi mente ingenua pensaba que estaba haciendo activismo cuando le hablaba a los clientes de feminismo, lesbianismo, aborto, anticapitalismo, antifascismo…

Y digo lamentablemente porque los tipos iban a desconectar ahí… y yo les ponía la cabeza como un bombo.

De todas maneras, de ese lugar saqué un buen cliente que iba casi todos los días a dejarme algún regalito. Los que me iban a ver eran en su mayoría roqueros y metaleros, que agradecían que hiciera sonar a Marilyn Manson o Ministry de cuando en vez.

Foto cedida por Valentina del Panteón

El negocio de los cafés con piernas

En ese lugar no me pagaban sueldo base, a pesar de que debía cumplir un horario de 8 horas. Empezaba a ganar un porcentaje (bajísimo) después de la tercera copa que me invitaban, y a los clientes ni siquiera les explicaban que nuestro ingreso era la propina. Todo dependía de cuánto aguantaras, cuánto sedujeras, cuánto interactuaras y de la suerte de que te tocara un buen cliente.

Ese no fue el único café donde trabajé. Años después trabajé en otro, aunque el modelo era prácticamente el mismo, ahí había una barra de pole dance donde podía bailar y también entrenar. Para ese entonces ya no era la menor, sino la mayor, y lo vivía desde otro lugar. Disfrutaba mucho más el ambiente con mis compañeras; había una energía distinta, más de complicidad que de supervivencia constante. Pero, a pesar de eso, el modelo de negocio seguía siendo el mismo: igual de precario, igual de dependiente de las propinas, igual de explotador.

Y ahí es donde se entiende el negocio.

Porque el café da lo mismo.

Lo que se vende es otra cosa: la atención, el juego, la fantasía, el erotismo, la imagen de nosotras.

El modelo es simple y brutalmente eficiente: muchos clientes, consumo rápido y rotación constante. El empresario gana de forma estable, mientras que nosotras dependemos completamente de las propinas, de cómo esté el día, de cuánta gente entre, de cuánto podamos sostener.

Además, el diseño mismo del espacio empuja a la interacción: la ropa, el maquillaje, el trato, el coqueteo. Es parte del trabajo, aunque no esté escrito en ningún contrato (si es que hay contrato).

La zona gris

En Chile, el trabajo sexual vive en una especie de zona gris jurídica: no está completamente criminalizado, pero tampoco está reconocido como trabajo con derechos.

Eso permite que estos locales funcionen como cafeterías “normales”, sin contratos, sin protección, sin seguridad social, sin condiciones claras.

Y esa ambigüedad no es casual.

Favorece a quienes tienen el negocio, mientras precariza a quienes lo sostienen.

Y no, esto no se soluciona persiguiendo a las trabajadoras.

Eso solo empuja todo a más precariedad.

Lo que falta es reconocer lo evidente: que esto es trabajo.

Que si un negocio genera plata gracias a nuestros cuerpos, a nuestra energía y a nuestra capacidad de sostener una fantasía, entonces debería haber condiciones dignas y una distribución más justa.

Aclaración necesaria

Vale aclarar que mi experiencia en los cafés con piernas ocurrió hace aproximadamente 15 años. No sé cuánto han cambiado —o no— las dinámicas desde entonces, pero sí tengo claro que las lógicas que sostienen este tipo de negocio siguen vigentes. Porque, más allá del tiempo, lo estructural rara vez se transforma tan rápido como nos gustaría.

Porque al final, el éxito de estos lugares no está en el café.

Está en nosotras.

Y aun así, seguimos siendo las que menos ganamos en este tipo de negocio.

Notas al pie de página

  1. Actriz, bailarina y vedette española, muy conocida en la década de 1980 y mediados de 1990
  2. Mujer
  3. Mojigato
  4. Persona muy “estricta” en la práctica de su religión, a menudo actuando con exagerada devoción o falsa beatería. También se refiere a los ultraconservadores de doble moral. Sinónimo de santurrón y mojigato 
  5. "Trabajar" en lunfardo argentino
  6. Que no dejan propina ni invitan nada
Valentina del Panteón, A.K.A MariaBasura, (ella/elle/ellx), nacida en Antofagasta (Chile), es performer de Postporno, trabajadora sexual con enfoque en dominación y reparación anticolonial. Realizó estudios en Chile y en Argentina, recibiendo el grado de Licenciada en Artes Escénicas con mención en Actuación Teatral. Durante ese tiempo, Valentina comenzó a involucrarse performáticamente en las manifestaciones de los movimientos estudiantiles, feministas, proaborto y de diversidades sexuales en Chile con acciones directas y provocativas performances callejeras. Colaboró con figuras importantes de la escena disidente y performática chilena, como: Hija de Perra, Irina la loca y el cineasta Wincy Oyarce entre otres. También se convirtió en instructora/tallerista de danza-teatro, de pole dance teatral y de teatralidades alternativas. Luego de un grave accidente que le impidió utilizar su cuerpo durante un tiempo, tuvo que canalizar esas energías y se refugió en la lectura, encontrándose con el libro “Zoológicos Humanos” que expone la historia y fotografías de Selk´nam y Mapuches raptados y posteriormente exhibidos en las Exposiciones Coloniales en Europa. Esta investigación la llevó a escarbar oscuros hechos del pasado colonial y la conexión entre muchos hechos históricos y macabros que siguen sosteniendo y beneficiando al sistema capitalista e imperialista que se nos impone hoy. Al migrar a Europa, realizó un Postgrado en “Danza creativa y movimiento orgánico” en Madrid y Barcelona, durante su paso por Berlín se convirtió en realizadora audiovisual autodidacta e independiente, formando la colectiva Terrorismo Teatral Migrante junto a JorgeTheObscene, coterráneo suyo y también trabajador sexual. Juntos han creado y producido piezas teatrales y audiovisuales como Sed de Venganza, The culture of Looting y Fuck the Fascism, exponiendo una interesante perspectiva sobre porno capitalismo y colonización. Fuck the Fascism ha sido galardonado y exhibido en diversos festivales internacionales de renombre, como el PornFilmFestival Berlin; ha sido editado en versión foto libro por Golena y Mala Pécora edizzione en Roma, además de formar parte de la edición del 2020 de la Rolling Stone de Italia.