Elegir una vida de migración tiene muchísimas complejidades, altibajos y contradicciones. Una de estas aristas es crear y lograr sostener vínculos afectivos con otres migrantes, ya que por experiencia, sabemos que en algún momento alguien elegirá partir hacia otro lugar o retornar a su país de orígen. Esa incertidumbre está presente en cualquier relación vincular: parejas sexoafectivas, amistades, vínculos laborales.
Pero la migración también tiene sus alegrías, y una de ellas es la que me permite realizar esta entrevista. Porque en esta historia de mujeres migrantes del Sur global, hace más o menos 2 años, tanto Flor, la entrevistada de hoy, como yo, dejamos atrás el país en donde nos conocimos: Argentina, sin pensar que la vida nos reuniría en otro lugar… al otro lado del atlántico, más bien, bañadas por el Mar Mediterraneo.

Florencia Giacumbo es Gia. Artista interdisciplinaria que define su trabajo como sensible y desbordante y con quien nos conocemos hace 4 años, compartiendo un espacio de formación en el que yo coordinaba un laboratorio de performance erótica y ella era una de las participantes. Siempre perspicaz, siempre intuitiva, atenta y creativa. Su enfoque crítico y conocimientos audiovisuales hicieron de los encuentros, momentos de reflexión y sobre todo de joteo colectivo.
Estudió Cine y Comunicación Audiovisual en Buenos Aires, mientras exploraba el mundo performático del cabaret, del burlesque y de la performance erótica. Hoy Gia reside en Barcelona, lugar en donde trabaja en la noche, en el entretenimiento para adultos, específicamente en un Nigth Club, un club de strippers. Y hace un tiempo viene produciendo un trabajo de investigación en campo tipo documental en primera persona, que captó mi atención desde el inicio.
Ha tenido la posibilidad de estrenar su teaser en Fervor, un festival hecho para y por trabajadoras sexuales en Barcelona; también mostrarlo en la expo de trabajadoras sexuales Criaturas Extraordinarias, en Santiago de Chile, curado por Elisa Massardo y coordinado por Romina Pistolas, y hace un par de meses fue el trabajo audiovisual que abrió la noche de proyecciones que realizamos en Cines Babel, un cine independiente en la ciudad de Valencia y en el que coordinamos por medio de La Once, 2 jornadas de proyecciones, performances y coloquios, con curadurías políticas, críticas y calientes.
Esa noche de proyecciones de documentales y cortometrajes producidos por TSs, dentro del evento llamado Pelos de Pu(n)ta, tuvo a Andrea Corrales, artista investigadora española como la invitada del coloquio, y con quien pudimos charlar, escuchar y debatir sobre algunos temas desprendidos de la jornada. Dentro de la curaduría llamada Me mirás - me pagás, pudimos ver trabajos de María Riot, Agostina Prato, Malena Massuelli, entre otras, pero los trabajos que centraban su enfoque específicamente en el universo de las strippers fueron el de Gia, abriendo la jornada y el de Romina Pistolas cerrándola.
Este último trabajo titulado Refracciones del deseo abrió un debate interesante en la sala frente a la romantización del trabajo sexual y de los clientes, una especie de necesidad instalada en muchos trabajos audiovisuales puteriles a favor de validar la figura de este sujeto, del putero, para validar el trabajo como tal.
Andrea fue muy astuta a la hora de pensar este análisis que nos sirvió de disparador en el debate, y que precisamente es lo que en esta entrevista con Gia fue la primera pregunta que quise instalar para discutir cuando nos encontramos a charlar.
La siguiente entrevista se ha realizado desde la cercanía y la presencialidad, también desde la distancia y la virtualidad. Con Gia hemos pasado noches de vino y charlas interminables y también de videollamadas y cruces de audios de Whatsapp. La distancia y los tiempos modernos han hecho de este diálogo sobre su trabajo documental y de su mirada sobre el ser stripper, un diálogo de alrededor de 3 meses.
Las últimas respuestas las hemos podido coordinar durante el mes de Septiembre mientras ella se encontraba en Cannes trabajando en un stripclub durante una temporada corta. Ya estuvo en Toulouse previamente, así que Francia, frontera española, ha sido un lugar recurrente en su movilidad laboral.

Juliette: El día que tu corto se proyectó junto a otros materiales audiovisuales, se abrió un debate sobre la romantización del trabajo sexual, y puntualmente sobre la necesidad de humanizar al putero, como una estrategia de validación del trabajo realizado. Quisiera entonces que pensemos juntas en lo siguiente. Comprendiendo que el stripclub así como cualquier otro trabajo, lo militamos desde ese territorio, y que podríamos partir instaladas en la utopía sobre la redistribución de la riqueza y la abolición del trabajo.
¿Qué complejidades podemos encontrar, más allá del estigma -que es un peso social y profundamente aferrado a la idea del trabajo sexual-, dentro del universo de las strippers? Poniendo el foco en que es un trabajo, ubicándonos ya dentro de un lineamiento que defiende el trabajo sexual como trabajo, pero pudiendo abrir una crítica, pues este trabajo está enmarcado dentro de un sistema postcapitalista y que también debe ser críticado como otros trabajos.
Gia: Sinceramente creo que es muy difícil hablar únicamente del trabajo de stripper, incluido dentro del marco de los distintos tipos de trabajo sexual, como si se tratase de cualquier otro trabajo sin tener en cuenta justamente el marco en el que se encuentra. Es difícil escindir la marginalidad de este trabajo, porque si bien la precarización o la verticalidad déspota se puede encontrar en otras profesiones, al no haber una regulación y estar en territorios grises, estos factores que pueden compartirse con otros empleos, toman otros sentidos y efectos.
Como en otros trabajos que incluyen el servicio, existe precarización contractual, muchas veces las bailarinas, dependiendo del país y el club, figuramos como autónomas, facturamos obviamente y pagamos las obligaciones impositivas sobre lo ganado. Del lado de los dueños/managers de los clubes, en vez de actuar como quien solicita la prestación de un servicio de una persona autónoma ( sin vinculo de subordinación ni jerárquico) , toma medidas y tratos como si fueran empleadores, con demandas (muchas veces abusivas) como si hubiese una relación empleada- empleador, sin tener éste ninguna responsabilidad impositiva ni legal sobre las bailarinas.
Si bien esto, no es un rasgo que se encuentra únicamente dentro del trabajo como stripper, lo delicado se presenta justamente cuando no existe ninguna referencia o marco regulatorio. Creo que en otros gremios, pueden encontrarse estos vínculos contractuales, pero en el caso de las strippers al ser catalogadas con categorías escurridizas de bailarina, entertainment, artista del espectáculo, escurridizo también se vuelve su margen.
Dentro de ese contexto, cada club es un mundo, comparten algunas reglas, pero muchos esbozan sus propios caprichos disfrazados de reglas. Muchas veces las chicas que se acercan a los clubes, no tienen idea ni referencia de lo que puede o no hacerse dentro de un vínculo laboral independiente, esto se traduce muchas veces, en que no haya mucho control de la cantidad de horas que legalmente se pueden trabajar, los tiempos de descanso, la pausa de alimentación, un pago diferencial por nocturnidad o día festivo. Cada club parte de sus propias reglas internas, y esto en base justamente a la poca regularización o marco legal que sirva de referencia, al menos para desdibujarlo.
Yendo a lo anecdótico, en cada club al que voy me terminan llamando “la sindicalista”, más allá de las barreras idiomáticas siempre termino hablando con el resto de las chicas sobre los mínimos derechos laborales y límites que hay que imponer, ubicando a cada jugadxr en su lugar. La sorpresa mia fue enorme al llegar a Europa y ver que no existe ningún tipo de conciencia del derecho de lxs trabajadodxs, entiendo también que me manejo dentro de una profesión particular, pero así mismo no hay desde lo discursivo o incluso el conocimiento de qué es digno, de qué es precarizante, qué se puede habilitar o no dentro de un vínculo laboral, aunque sea en marcos generales. Hay mucha pasividad, y eso me desgarra y me da mucha impotencia.
Yo siempre me excuso en broma con que soy demasiado argentina- el peronismo es parte de ese ADN- y sinceramente no puedo evitar decir lo que pienso a mis compañeras así como a “ los jefes” del club. No siempre con resultados, pero al menos, que se sepa. Es una lectura y una actitud disparadora que llama la atención de las otras chicas y a “los jefes” los deja por un rato incómodos.
Juliette: Dos trabajos sobre stripclubs fueron proyectados en Babel para la curaduría de TSs, el tuyo y el de Romina Pistolas, este último sirvió como disparador de la discusión sobre validación del cliente. La discusión fue interesante y hacía hincapié en cómo algunos trabajos audiovisuales, más que ser un espacio crítico y de tensión, terminan siendo mecanismos de autocomplacencia para romantizar la actividad.
En tu trabajo, qué estrategias posibles se han dado para dialogar y exponer la complejidad del trabajo, y lo pregunto también desde el diálogo que tu trabajo tiene con el trabajo artístico, un campo que también tiene profundas grietas y precariedades que debemos también exponer de manera crítica en pos de producir mejores condiciones laborales.
Gia: Ante todo en mi trabajo de investigación audiovisual, me centro en la figura de las strippers, en las mujeres autónomas que se acercan a este trabajo desde distintas realidades, profesiones, intereses y motivaciones. No me interesa para nada centrarme en el cliente, a quien no demonizo ni voy a ser yo quien quiera absolverlos de sus pulsiones a la hora de venir al club.
Me interesa a su vez, resaltar y reforzar el aspecto artístico de nuestro trabajo, el baile y toda su complejidad técnica, la performance erótica que llevamos a escena; me parece increíble que aún hoy, haya una imagen tan secretista de los clubes, creo que con el auge de las prácticas y los espacios sex positive, esto ya debería haberse saldado.
Lo que me urge en este primer trabajo, es correr el estigma instalado sobre la mujer marginal que deviene en esta profesión “por que no le quedó otra” “porque es una reventada” o “por que hace plata fácil”, y un gran etc. de rasgos que ahondan y profundizan imágenes colectivas que solo ayudan a seguir instalando la marginalidad en nuestra profesión, y con ella, la habilitación de condiciones precarización y vulnerables en el plano laboral.
Es la cadena, las representaciones mediáticas de la profesión son totalmente polarizadas entre el glamour del bling bling en el escenario, la yankee con las uñas eternas contando fajos de billetes, y por otro lado, está la adicta, la que vive en situaciones precarias, que es explotada en su trabajo, el cual padece; esas representaciones (99% construidas por miradas masculinas) construyen el imaginario colectivo sobre el “ser stripper”, entonces las mujeres que ejercemos la profesión, que no somos ajenas a la lectura que la sociedad tiene sobre nuestro trabajo, en muchos casos no lo pueden contar abiertamente a sus familias, a sus amigxs, a sus parejas y esto las aísla de su red, aunque se tejan otras redes dentro de los camerinos, pero la doble vida te lleva a los márgenes, y esos márgenes son totalmente aprovechados en términos laborales, como decía anteriormente, con marcos laborales que no existen, con la poca conciencia de parte de los “patrones” de qué tipo de trabajo se está ejerciendo, qué tipo de condiciones serían acordes, y juegos de poder que en este contexto tienen otra sensibilidad.
Toda esta cadena, alimenta el estigma y fragmenta a la mujer que en mi experiencia en los clubs, lejos de cumplir con estos estereotipos mencionados, son bailarinas que aman el escenario, mujeres que tienen otras carreras o emprendimientos en paralelo que son potenciados con el dinero obtenido, estudiantes que pagan sus estudios, mujeres autónomas que se divierten en el juego erótico, que son relamente atletas del pole dance y llevan una vida sana para seguir entrenando y ganando destreza, muchas con ambiciones que logran sus metas económicas y personales. No es bling bling ni reviente. En las entrevistas que hice para Bailo con Otro Nombre, metodología que uso para crear esta película en proceso, me centro en ellas, en sus historias con sus tensiones, crecimientos y todos los grises que se encuentran en cualquier relato que se cuenta con voz propia.

Juliette: ¿Crees que el trabajo sexual te encuentra o eres tú quién decide ir hacia él? Teniendo en cuenta nuestra categoría de migrantes latinoamericanas.
Gia: Creo que es algo de lo cual yo no fui consciente en el inicio, me costó su tiempo asumir que lo que estaba haciendo era trabajo sexual. Hoy en día lo asumo, lo respeto y lo abrazo como tal, teniendo en cuenta que el trabajo como bailarina exótica o stripper, es parte de toda la amplitud de lo que implica el trabajo sexual, dentro de todas sus variables.
Por otro lado, creo que también para mí fue complejo asumirlo porque mi vínculo con la performance desde el burlesque, desde la performance erótica y desde mi desarrollo y mi investigación, tenía un enfoque artístico y no desde pensarla como una actividad o un servicio activo donde poner realmente en juego el intercambio de la sexualidad, como es el caso de las strippers: los lap dances, los bailes privados -creo que esto no es la parte que más fácil se me hace de mi trabajo en algún punto, eso no implica que yo sea una víctima, simplemente lo nombro para aclarar cuál fue mi acercamiento inicial hacia este trabajo, que tiene cruces con el territorio de las artes, desde la técnica del striptease, al pole dance-. Me gusta poder ver mi trabajo y el de las otras strippers también como algo artístico.
Por otro lado, quiero enfocarme en la migración como un eje clave. Ser argentina, latinoamericana y migrante implica cargar con un peso real: la distancia con los nuestros, la realidad de nuestros países y el choque afectivo de sentir muchas veces que no encajamos. Sin embargo, también lo veo desde la resiliencia y la búsqueda constante por estar mejor en algunos aspectos.
Cuando migramos buscando mejores horizontes materiales o profesionales, logramos mejorar nuestra calidad de vida, pero atravesamos un gran costo emocional ligado al desarraigo y al desapego.
Por otro lado, me parece fundamental no asociar automáticamente las etiquetas de «migrante» o «latinoamericana» con el trabajo sexual. Hacerlo crea un estereotipo simplificador que ejerce una violencia involuntaria, pues proyecta la idea de que somos empujadas a esta labor por no tener alternativas, ubicándonos en un lugar de victimización, vulnerabilidad y falta de consentimiento. En mi experiencia, la mayoría de las personas que lo ejercen lo hacen de manera consciente, desde la autonomía, la autoría y la adultez, aunque a menudo deban navegar marcos legales ambiguos o limbos normativos. Hay que disociar estos trabajos de las ideas de marginalización para no infantilizar a quienes eligen ejercerlos.
Juliette: Hace unas semanas hablamos sobre el devenir del cabaret a puticlub. Un paso que tenía que ver con no encontrar una estabilidad económica dentro de la actividad artística que te trajo hasta España, ¿puedes desarrollar?
Gia: Justamente uno de los primeros motivos para migrar a España fue la búsqueda tanto de seguir profundizando en mi formación, como poder dedicarme de lleno en el plano laboral artístico. Pero no tenía redes ni referencias concretas, me mandé directamente, al mes ya estaba participando de un Open Cabaret de Ella Muah y otros espacios de la escena burlesque de Barcelona. Pero no tardé mucho tiempo en darme cuenta que tanto acá como en Argentina, hay que remarla y mucho.
Pronto encontré un trabajo en el Museo Erotico de Barcelona para ser una de las Marilyn Monroe que están en la rambla llamando la atención de la gente, 40 grados, la transpiración bajo la peluca, jalar gente bajo el sol para que entraran al sex shop o al museo, rápidamente me agobió. Una compañera del ambiente del burlesque, me sugiere timidamente, si quisiera trabajar en un stripclub, actividad que ella de tanto en tanto realizaba. Era algo que yo venía evaluando anteriormente, había algo que me atraía de la idea, y se terminó dado bastante orgánicamente.
A los dos meses de haber migrado ya estaba trabajando en un stripclub. Al inicio yo estaba completamente fascinada, estaba bailando y ganando muchísima experiencia escénica y ganaba dinero con ello. El grupo humano con las bailarinas era particularmente de mucha hermandad y ayuda; la dinámica del club, a diferencia del resto, era similar a la de bailarinas: una vez que cumplimos nuestras salidas al escenario, podríamos volver a descansar y prepararnos en el camerino. Eso en el resto de los clubes no existe, se trabaja toda la noche en la sala, vendiendo. Si bien hacía bailes privados y copas, la dinámica era mucho más tranquila.
También existieron los lados B como el trabajo hasta las 6 am, dormir de día, quedar zombi, trabajar algunas semanas 6 dias consecutivos, sumado a la poca propina a diferencia de otros países que tienen más cultura stripper.
En este trabajo me encontré con muchas compañeras artistas, que encontraban de esta forma una manera de financiar sus estudios o proyectos. Creo que en varios casos la flexibilidad que puede encontrarse en algunos clubes en los que una decide los días y períodos de trabajo, permiten mayor independencia y tiempo para poder abocarse a sus disciplinas.
Creo que el trabajo artistico tiene tradicionalmente una conexión con el trabajo sexual, a la hora de reatroalimentarse en las prácticas, tanto así como comparten la negación por parte de la sociedad a considerarlos un trabajo - acarriendo la precarización - . Hay que explicarlos, militarlos: trabajo sexual es trabajo, el trabajo artístico es trabajo.

Juliette: ¿Cuáles son tus primeras motivaciones para comenzar a filmar? Comprendiendo que para tí es también un campo de investigación, ¿Cuál es esa primera hipótesis?
Gia: La primer motivación a la hora de filmar, para mí, fue poder canalizar en un soporte a la cantidad de interrogantes, reflexiones y disparadores que se abordaban en los camerinos, las charlas, las vivencias, las anécdotas de mis compañeras, mis propias experiencias, mis reflexiones sobre la sexualidad femenina y la masculina, sobre el trabajo en sí, entre tantos temas que se iban desatando a la par que yo misma iba viviendo una transformación profunda. Todo este proceso y al estar inmersa en un mundo tan atractivo pero tan under, por la cantidad de desconocimiento que hay sobre él, y sus representaciones tan sesgadas y estigmatizantes -lejos de la normalidad del trabajo en sí- , yo necesitaba hacer algo ante tanta desinformación, y bajo la premisa de “desmarginalizar” a las strippers, tenía bajo el brazo al migrar a España, la mejor herramienta: el documental.
Juliette: ¿Qué procedimientos o metodologías has puesto en relación con tu formación audiovisual para crear?
Gia: Al ser una stripper inmersa en el mundo que quería registrar, fue más fácil poder retratarlo. Bailo con Otro Nombre nace en los camerinos, con las charlas con mis compañeras, la admiración por las mujeres que me rodeaban, y el registro espontáneo tanto de ellas como el mio. En paralelo, la escritura que siempre fue mi medio de descarga, me ayudó a enmarcar en crónicas algunas reflexiones con base en mis propias experiencias con los clientes y de las dinámicas particulares con los jefes de los clubs.
También despejé de esos textos, disparadores que se podían traducir en preguntas para las bailarinas. Así también seguí bastante minuciosamente lo que llamo “la biblia del documental” de Michael Rabiger, para ir generando todo el marco conceptual y visual: un mapa del documental.
Luego vinieron las entrevistas, los registros de sus bailes, junto a material de archivo que fui registrando en los clubs con una handy cam.
Un dato de color es que yo también soy entrevistada pero en mi caso por mi propia madre.
Juliette: Siguiendo la pregunta sobre tus primeras motivaciones o tu tesis de trabajo, ¿qué hallazgos han aparecido en la investigación?
Gia: Dentro del proceso de las entrevistas e incluso con las charlas con mis compañeras, siempre se hizo presente la tensión que hay entre la mirada y asociación generalizada de nuestro trabajo como bailarinas, al de la prostitución. Justamente la desinformación, hace que muchas de nosotras tengamos que hacer, tanto dentro del club como por fuera, una gran aclaración de cuál es nuestro trabajo: el pole dance, la performance erótica, los bailes privados, compartir unas copas y la venta de estos servicios, pero que no incluye tener sexo con los clientes.
Fui observando que todas ellas, lo señalaban como el primer prejuicio que se tiene sobre las strippers, y no lo mencionaban desde una distinción de jerarquías desde la moral puritana, sino desde la desinformación que se tiene de nuestros servicios. Obviamente las lineas del trabajo sexual coquetean entre si y cada una elige cómo involucrarse, esa es la autonomía.
Juliette: ¿Qué aportes crees que el proyecto puede entregar a la propia comunidad de strippers? Teniendo en cuenta una mirada desde el interior de la actividad, justo un momento en donde vivimos una estetización del trabajo sexual de los clubes, tanto márcas, como series de Tv utilizan este imaginario.
Gia: Sobre el tema de la estetización del trabajo sexual podría explayarme muchísimo y voy a intentar sintetizarlo, creo que el concepto de apropiación cultural podría extenderse a esta profesión en el sentido de la cultura que se desarrolla dentro del club: tanto desde lo musical como la moda o el lenguaje. Hay una estética particular de la stripper que no siempre comparte latitudes, pero sí es parte de un imaginario y que nace dentro del club. Hay una sustracción enorme por parte del mundo la cultura popular de esta estética, desde la moda, la industria de la música, la danza urbana, entre otras, todas ellas sustraen la apariencia de cierta “rebeldía - hiper sexualización femenina”, pero realmente lo utilizan como un accesorio.
Toda expresión que nace de una cultura, en este caso la del club, tiene connotaciones políticas, tiene tramas complejas, más allá de las uñas cuadradas largas, el glitter y los microbikinis. No es un movimiento estético, que uno puede despojarlo de sentido, estamos hablando de una cultura que nace a raíz de nada más y nada menos que un trabajo. Que como decía antes, tiene la carga del estigma y la precarización. Es insultante tomarlo tan ligeramente y aún más cuando existe una doble moral hipócrita que usa la estética pero que rechaza ideologicamente el trabajo sexual. Son diversos los medios que representan a las strippers pero no las emplean, hay mucho cosplay.
Esto mismo es una problemática clarísima en el mundo del pole dance, esta danza nace exclusivamente en los stripclubs y a la hora de popularizarse, la comunidad del pole empezó a querer asociar la imagen y la práctica de la disciplina con lo deportivo, tratando de negar su origen en los clubes y el trabajo sexual. Vemos competiciones y estudios de pole donde bailan en plataformas pleasears y microbikinis pero reniegan y se sienten profundamente ofendidas al ser asociadas con las strippers. Como si fueran menos trolas por que no se ganan el dinero de esa forma; ingenuas y adiestradas no se dan cuenta que ya al usar una microtanga, ante los ojos patriarcales y puritanos, estamos del mismo lado.
Creo que al estar dentro de la comunidad a la que retrato, trae como principal aporte, el poder dar y tomar la palabra como strippers en primera persona, ante la desvirtuación de la representación de nuestro trabajo, la falta de variedad de problemáticas, la simplificación, la estetización superficial, el refuerzo del estigma o la romantización ingenua. Si bien hay varios trabajos sobre strippers por strippers y eso es muy reparador -aunque aún no ocupan espacios mainstreams- , creo que en el habla hispana no hay mucho generado, y espero que mi trabajo sea ese aporte. Por otro lado, me interesaría poder reforzar el aspecto artistico de nuestro trabajo en el club, que podría ocupar otro espacio dentro del circuito cultural erótico.

La entrevista con Gia ha sido mucho más extensa, pero creo que estas preguntas condensan los ejes centrales que ella ha podido nombrar en nuestros encuentros.
Yo me he declarado una gran fan se este material en proceso, que tensiona y mira con ojos críticos desde el adentro, una realidad a la que poco se tiene acceso. Y espero con paciencia y ansias ver su estreno, pero para ello aun queda camino. Gia edita en sus ratos libres, escribe e imagina posibles hilos narrativos para encausar el material que tiene filmado.
Por mi parte, la invité justamente a hablar sobre su trabajo como una otra forma de avanzar en su investigación. La primera vez que hablamos sobre esto en enero del 2026, Gia me dijo algo muy certero y que podría parafrasear así: me interesa hablar de mi trabajo, preguntar a mis entrevistadas en los camarines, abrir una investigación, pero para eso siento que deben haber buenas preguntas que permitan generar esas nuevas ideas o tensonar las que están.
Espero haber podido ayudar un poco con esta investigación desde estas preguntas cruzadas que nos compartimos en estos meses, y espero realmente estar en el estreno de Bailo con otro nombre, con mis pleasers transparentes, una microbikini y un par de amigas trolas gritonas y emocionadas.