La película chilena La misteriosa mirada del flamenco, dirigida por Diego Céspedes y ambientada en el Chile de 1982, llegó a los cines con una propuesta que ha cautivado a la crítica internacional y que incluso ha sido considerada como una de las mejores películas en castellano del año 2025.
En una especie de western queer, el filme se sitúa en un pueblo perdido del norte de Chile, donde resiste una comunidad de disidencias sexuales que habita los márgenes de un entorno minero; “travestis”, como se denominaba en la época a esos cuerpos feminizados e identidades que escapan a la norma. Allí, lejos de todo, construyen algo parecido a una familia: una red de afectos, cuidados y complicidades que coexisten en un entorno hostil.
En un contexto social marcado por inicios de los años 80, una enfermedad acecha de forma incipiente en el país: el SIDA. Cabe recordar que la epidemia de VIH/SIDA en Chile se inició en 1984, año en que se notificaron los primeros seis casos de contagio. Sin embargo, la película no busca hacer una reconstrucción histórica literal, sino capturar un clima; el desconocimiento, el pánico y la necesidad de encontrar culpables.
En ese escenario, bajo el prejuicio, comienza a circular un rumor: el amor entre hombres puede contagiar una enfermedad mortal solo con mirarse. No hay evidencia, pero sí miedo, y con eso basta.
El “contagio por la mirada” no tarda en transformarse en una verdad social y, como tantas veces en la historia, no importa si es cierto, lo relevante es que permite justificar la violencia.
La trama se instala en ese lugar incómodo donde la ignorancia se convierte en verdad y el prejuicio en condena. La película no habla solo del pasado: dialoga incómodamente con un Chile que hoy vuelve a tensionar los límites. No solo reconstruye la profunda violencia hacia las disidencias en los años 80, sino que permite leer cómo el prejuicio, el miedo y la regulación de los cuerpos siguen operando en la actualidad, aunque con otros lenguajes.
Lo que parece una fábula situada en el pasado, atravesada por el desierto y el realismo mágico, es en el fondo una historia profundamente política; una sobre cómo se construyen los miedos colectivos y contra quiénes se dirigen.
Pues, finalmente, el peligro no está en el virus, sino en la forma en que una comunidad decide mirar a otra.
‘’Travestismo’’, marginalidad y resistencia
Para comprender la densidad política de la película, es necesario situarla en su contexto. Tal como recoge la investigación sobre La misteriosa mirada del flamenco de Gabriela Herrera (Universidad de Chile), durante la dictadura militar chilena artistas como Pedro Lemebel y Francisco Casas utilizaron el travestismo como una herramienta estética y política para desafiar las normas patriarcales y heteronormativas de la época. En ese marco, la vestimenta no era solo una expresión individual, sino también una forma de resistencia. Travestirse implicaba ocupar un espacio, disputar visibilidad e incomodar el orden social.
Durante los años 70 y 80, las personas travestis y disidentes sexuales enfrentaban una sociedad profundamente machista, homofóbica y transfóbica. Muchas eran expulsadas de sus hogares y empujadas a los márgenes, donde la calle, las cantinas y las llamadas “casas de remolienda” se convertían en algunos de los pocos espacios posibles de subsistencia.
En estos lugares se daba cabida al trabajo sexual, y muchas personas travestis encontraron allí una forma de inserción laboral, aunque siempre desde la marginalidad. En general, vivían en condiciones precarias, dependiendo del trabajo sexual como uno de los escasos medios disponibles para su subsistencia.
En esta línea, Rivera Duarte (2012), en su Informe sobre Chile: Violación a los derechos humanos de personas transexuales, realiza un recorrido histórico sobre la presencia y organización política de travestis, transexuales y transgéneros en el país. El informe señala que, durante gran parte del siglo XX, las cantinas, como la que muestra la película, y las “casas de remolienda” formaban parte integral de la vida cotidiana en puertos y zonas mineras. En estos espacios, las personas travestis accedían a oportunidades laborales, aunque en condiciones de exclusión y precariedad, dependiendo en muchos casos del trabajo sexual para subsistir.
Durante la dictadura militar de Augusto Pinochet (1973-1990), muchas personas travestis continuaron ejerciendo la prostitución, ya fuera en las calles, en prostíbulos o en estas casas de remolienda. Estas cantinas y quintas de recreo, aunque muchas veces clandestinas, resistieron los intentos de “limpieza social” del régimen. Al mismo tiempo, las operaciones de readecuación sexual continuaron de manera discreta, mientras que quienes formaban parte de estas comunidades enfrentaban no solo la violencia estructural del Estado, sino también la invisibilización por parte de movimientos sociales y de derechos humanos.
La investigación de Gabriela Herrera también subraya el rol clave de los medios de comunicación en la estigmatización de las diversidades sexuales. En el contexto del VIH/SIDA, por ejemplo, el diario La Tercera tituló el 23 de agosto de 1984: “Murió paciente del cáncer gay chileno”. Este tipo de narrativas periodísticas no solo fomentaba la discriminación, sino que reforzaba prejuicios profundamente arraigados en la sociedad, muchos de los cuales persisten en la actualidad.
¿Avances o retrocesos?: Disidencias sexuales en el Chile del 2026
Podría pensarse que esta historia pertenece al pasado, que ese miedo absurdo, brutal e ignorante quedó atrás junto con los primeros años del VIH/SIDA. Sin embargo, la película incomoda precisamente porque sugiere lo contrario.
En el Chile actual, las disidencias sexuales siguen siendo objeto de disputa cultural. El prejuicio no ha desaparecido, se ha sofisticado. Ya no se expresa necesariamente en persecuciones directas, sino en discursos, omisiones y decisiones institucionales que delimitan qué vidas son protegidas y cuáles quedan fuera.
En ese contexto, noticias recientes como la decisión del Estado chileno de restarse del respaldo al Grupo de Apoyo LGBTIQ+ de la OEA, funcionan como señales. No necesariamente como hechos aislados, sino como parte de un clima donde los derechos de las diversidades pueden volverse negociables.
En una medida que no se observaba desde hace más de 15 años, el gobierno del presidente José Antonio Kast decidió abstenerse de respaldar una declaración impulsada por el Core Group LGBTIQ+ en la primera sesión ordinaria del Consejo Permanente de la Organización de los Estados Americanos (OEA). La decisión se fundamentó en que el texto “generaba división” en la región y apuntaba indirectamente a países aliados como Estados Unidos.
Al respecto, desde Fundación Iguales, ONG que trabaja por la plena inclusión de la diversidad sexual y de género en la sociedad chilena, condenaron la acción del gobierno. “Esta decisión no es un tecnicismo diplomático, es una señal política deliberada que, para este gobierno, los derechos de las personas LGBTI+ son negociables”, señalaron.
La organización añadió que “esa señal tiene consecuencias reales para las personas, para la sociedad civil y para el lugar de Chile en el mundo”.
Asimismo, el Movimiento de Integración y Liberación Homosexual (Movilh) indicó que “esta determinación del Gobierno constituye un severo retroceso en materia de política internacional de Chile en torno a los derechos LGBTIQ+. Esta es la primera vez que Chile no apoya una declaración pro derechos LGBTIQ+ que se presenta en la OEA, lo cual implica un quiebre con la histórica posición del país en favor de la igualdad y la no discriminación, debilitando su credibilidad internacional en materia de derechos humanos y enviando una señal preocupante de desprotección hacia las personas LGBTIQ+ tanto dentro como fuera del país”.
En pleno siglo XXI, lo que cambia no es el miedo, sino su lenguaje.
Un rumor que nunca desapareció
En un contexto global donde los derechos de las personas trans y queer siguen siendo objeto de disputa, La misteriosa mirada del flamenco se vuelve una obra urgente. No por su reconstrucción del pasado, sino por su capacidad de interpelar el presente. Porque las disidencias siguen resistiendo, abriendo y habitando espacios en el Chile actual.
La película construye una comunidad que se cuida, se protege y se llora entre sí. Una minoría que resiste porque el resto del mundo les niega un lugar: por miedo, rabia, ignorancia, prejuicio, discriminación, o quizás también por todo eso junto.
Sin embargo, el filme propone, además, un gesto de reparación. El romance aparece como una posibilidad de redención, una forma de imaginar que las historias de amor entre mujeres trans y hombres cis existieron y existen, y no tienen por qué terminar en violencia, discriminación o muerte.
Probablemente lo más inquietante de la película no es su retrato del pasado, sino la intuición que deja flotando; que ese rumor absurdo, violento e imposible nunca desapareció del todo, solo aprendió a decirse de otra forma.
Hoy no se instala necesariamente como un mito explícito, sino como discursos que siembran duda, políticas que relativizan derechos o silencios que validan la exclusión. El rumor muta, se adapta, encuentra nuevos lenguajes para seguir operando. Por eso, identificar sus formas actuales es también una manera de resistirlo, porque tal como sugiere la trama, el verdadero peligro nunca estuvo en el virus, sino en la violencia que una sociedad decide ejercer y justificar sobre otros.