Los medios de comunicación no son lo que dicen ser. No son simples medios para comunicar/se. Son un mecanismo de control que se maneja desde las esferas de poder en todos los niveles, desde los medios más pequeños, en canales regionales en donde los alcaldes y empresas locales se hacen propaganda, hasta la BBC. Me refiero a la “British Broadcasting Corporation”, no la BBC que buscas en las páginas XXX.
Yo sabía que era así, pero no me imaginaba que fuera tan evidente hasta que me pasó. Salí en la tele y nada fue como lo imaginé. En mi infancia yo aspiraba a salir en la TV porque quería ser actriz de teleseries. Teatro veía muy poco, por eso eran la televisión y el cine mis referentes principales.
Más tarde, las teleseries dejaron de parecerme divertidas, comencé a sentirme incómoda con los estereotipos e historias mal recicladas que presenta la televisión, así que dejé de ver tele y con el tiempo se me olvidó lo terrible que puede llegar a ser. Al contrario de lo que imaginaba, no he aparecido nunca en el área dramática.
Como trabajadora sexual pertenezco más bien a la crónica roja. He aparecido más veces en las noticias que en el cine, pero yo digo que también cuenta como experiencia audiovisual.
El año 2019 yo era colaboradora activa de Fundación Margen en Chile y había tenido algunas experiencias dando entrevistas sobre trabajo sexual, de manera muy general, explicando con peras y manzanas, qué es trabajo sexual, por qué nos organizamos, qué tipo de violencias experimentamos, etc. Estas entrevistas eran para pequeños canales de YouTube, para radios universitarias y otros medios que por lo general son algo más amigables (precisamente porque no tienen un alcance tan masivo).
Un día me llegó un mensaje no muy diferente a otros que había recibido de estudiantes y periodistas que querían hablar del trabajo sexual “desde otro lugar”.
Recordemos que en 2019 estábamos viviendo la fantasía revolucionaria de la libertad sexual, el transfeminismo, el bodypositive y por un momento creímos que el mundo estaba cambiando para mejor y mi respuesta fue, bueno, démosle una oportunidad a la TV, a ver si nuestra lucha llega a más audiencia. Total, es sólo un medio-de-comunicación.
Era el programa “Informe especial”, que lleva más de 40 años al aire y solía tener fama de “programa serio” que aborda temas de actualidad a través de una supuesta investigación.
Me contactó por Instagram una periodista joven que se presentó como lesbiana feminista, diciendo que trabajaba para este programa y que querían abordar el trabajo sexual de una manera respetuosa y desde una perspectiva feminista pro-derechos. Mis colegas me advirtieron que no fuera, pero pensé, seguro no me gustará el resultado pero hay que hablar sobre nuestros derechos laborales y hay que reconocer que el trabajo sexual, aún en un formato virtual, es trabajo.
El reportaje se trataba sobre la venta de “packs” que es una forma de referirse a los sets de fotos y/o videos que se comparten virtualmente a cambio de un pago.
Cuando un medio de comunicación masivo configura un discurso desde “las voces” de los entrevistados es una trampa, porque graban tu imagen y las palabras que utilizas, pero luego el resultado es un collage de frases desorganizadas que puestas de cierta manera, contribuyen a la estigmatización.
El verdadero discurso lo manipulan desde la edición y son los directores y productores quienes tienen la palabra final.
Y así fue, porque en ese reportaje todo giró en torno a la explotación sexual, ya que no hablaban de trabajadoras, si no de menores de edad que comparten o venden sus fotos. Esa fórmula, trabajo sexual + explotación infantil unificadas en un discurso, son asociaciones erradas que se malinterpretan como si un fenómeno fuera consecuencia del otro y viceversa.
Al hablar de trabajo sexual estamos hablando de la acción voluntaria de una persona adulta, en cambio, menores enviando sus fotos íntimas no es trabajo, es explotación generada por la falta de educación sexual y la desprotección a las infancias. Ningún menor debería tener la necesidad de trabajar en esto ni en nada, pero la negligencia de los mayores y un sistema que les empobrece y abandona, dejan a este sector aún más vulnerable a la explotación sexual y laboral.
En otra oportunidad, esta vez para prensa, me contactó una periodista de revista Paula, que también se encontraba escribiendo sobre el trabajo sexual virtual (he notado que todos los años sale un nuevo reportaje sobre este tema) y necesitaba específicamente, mostrar el día a día de una camgirl.
Ésta persona ya tenía resuelto todo lo que iba a escribir, sólo necesitaba un personaje que reafirmara su postura. Yo, ilusa, comencé a responder sus preguntas, pero éstas eran tendenciosas “¿Entonces tú te has empoderado gracias al trabajo sexual?” Algo así me dijo más como afirmación que como pregunta, a lo que yo respondo un rotundo no.
Le explico que esta decisión no fue para empoderarme, que he sufrido, que me han hecho la vida imposible a veces, que compañeras se han muerto por vivir con el estigma del trabajo sexual o por la soledad misma de vivir en un entorno que nos discrimina. Al parecer no le servía mi respuesta. Me dijo que necesitaba que la protagonista del reportaje muestre una imagen de trabajadora sexual más “empoderada”.
Así es el cara&sello del trabajo sexual, los medios no sólo manipulan tu imagen para que seas la puta víctima del crimen organizado o la trabajadora sexual “empoderada” que trabaja en New York y gana millones, también la trabajadora sexual es parte del entretenimiento masculino, el momento de “relajo” en el que las masculinidades descansan de su posición y se permiten ser abiertamente unos idiotas.
Hoy no sólo observamos esas actitudes en programas de entretenimiento “nocturno”.
Hace poco, en un programa de media tarde llamado “Not news” conducido por Nicolás Larraín, un conocido periodista de derecha, comentaron el triunfo de la senadora electa Amaranta Hank en Colombia. Ellos mismos, entre risas, presentan la noticia como “la sección hot” y su absurdo “debate” era si una actriz porno puede o no tener un cargo político. “Una vez en Brasil un payaso fue el más votado del país” dijo uno del panel, dejando en claro que tanto la actriz porno como el payaso, están en un plano similar y “poco serio” que no debiera mezclarse con la política.
Una actriz y un payaso son trabajadores del rubro del entretenimiento y el ocio, cumplen un rol importantísimo en la sociedad, pues de algún modo representan al pueblo y sus “bajas pasiones”.
La importancia de la risa, el placer, la catarsis y el desborde de emociones es tan política que me parece lógico que un payaso y una trabajadora sexual con manejo de cámaras salgan electos y sean de hecho eficientes en cargos de ese tipo. Sin embargo, para estos panelistas (los verdaderos payasos) nuestros oficios no merecen un trato respetuoso.
No pudieron tratar el tema con altura, simplemente se limitaron a poner en duda las capacidades de la senadora, insinuando que su belleza condicionó un “voto hormonal”, tratándola con palabras ofensivas (cochina, chiquilla, pilucha), jamás por su nombre ni su cargo. Y no hay para qué mencionar los comentarios y alusiones a sus propios deseos y pensamientos morbosos hacia la senadora. Un verdadero circo que pone en evidencia lo más bajo de la masculinidad y eso que no estábamos en el horario de “Morandé con compañía”.
Desde el Sindicato Angela Lina hicimos un llamado a denunciar este programa de “noticias” al Consejo Nacional de Televisión (CNTV), pero nunca sirven las denuncias a menos que sean absurdamente masivas.
Existe un gran interés en hablar de nosotras, pero no sobre nuestros derechos laborales. Se nos cierran y limitan espacios por hablar políticamente de nuestro trabajo, pero todos quieren saber qué hacemos, con quienes y por cuánto. Cuando queremos ocupar un espacio en los medios para denunciar el abuso, somos un chiste, se relativiza la violencia que sufrimos como si fuera “parte de” este trabajo.
No puedo evitar recordar el caso de Gatita Veve, la actriz porno chilena que sufrió violencia física y psicológica por parte de Frank Low, su ex pareja hace un tiempo, desde antes que ella comenzara a crear contenido pornográfico.
Las redes sociales y medios alternativos en donde difunden este tipo de noticias, pusieron en duda los hechos declarando que se trataba de una “supuesta agresión” y en los comentarios la gente escribía “qué espera”, “se lo buscó”, el clásico “le pasó por puta”.
Gatita Veve no es exactamente lo que se espera de una víctima de abuso, ella viaja por el mundo grabando porno, se muestra alegre y rodeada de lujos, ha seguido trabajando y su carrera ha tenido un éxito exponencial entre el público nacional e internacional. Sus actuales privilegios no evitaron que su propia audiencia ponga en duda la agresión de su ex pareja, porque una actriz porno simplemente no calza con el perfil de víctima que el público reconoce como legítima.
Esta teoría de King Kong local nos deja una fuerte preocupación. Si la sociedad no respeta a las actrices porno más reconocidas ni cuando ganan una elección parlamentaria, deja completamente desprotegidas a las trabajadoras sexuales más precarizadas. La humillación y la violencia sistemática hacia nuestro rubro son parte del discurso popular y por ende, los crímenes en nuestra contra parecieran justificarse porque “nos gusta” putear.
A las trabajadoras sexuales se nos culpa hasta de las agresiones que sufrimos.
Ni muertas nos respetan. Pareciera que matar a una puta es menos grave que matar a cualquier otra mujer. Todos los meses aparecen trabajadoras sexuales asesinadas en circunstancias que nadie quiere investigar, son presentadas en los medios como cuerpos anónimos que fueron víctimas de su criminalidad, de sus adicciones o de sus propias pasiones.
Es más, para muchos jueces y profesionales del derecho, el asesinato de una trabajadora sexual ni siquiera se considera femicidio. Es una muerte más, sin otra justificación más que sus circunstancias. Volviendo a las noticias locales, el caso de Renata Rozas, una joven de 20 años, cuyo cuerpo fue encontrado entre Penco y Lirquén en la región del Bío bío, al sur de Chile, después de juntarse con quien sería su asesino para concretar un servicio sexual. Ella era una joven artista circense que ocasionalmente realizaba servicios de escort a través de sus redes sociales, pero cuando este dato fue descubierto, el caso tomó otro rumbo.
El asesino, Diego Anticán Ramírez, fue condenado a apenas 15 años de prisión porque el tribunal no reconoció el femicidio no íntimo (que se aplica cuando la víctima y el agresor no son pareja) y determinó que se trataba de un homicidio simple.
No es lo mismo disparar a alguien en un ataque de ira o en una riña callejera, que planificar un encuentro con una mujer joven en evidente desventaja física y social, atraerla con la promesa de un pago y asesinarla pretendiendo salir libre luego de una corta condena que le permite además acceder a otras rebajas por buena conducta. Como trabajadoras sexuales podemos ver claramente todos los factores agravantes de género, discriminación, perversión y premeditación, pero la justicia nunca responde a favor de las personas que ejercen trabajo sexual.
Nuestra ocupación nos condena aún después de muertas. Por este tipo de resoluciones es que han existido tantos psicópatas femicidas que desatan sus perversiones específicamente con trabajadoras sexuales porque saben que nadie investiga nuestras desapariciones y aún cuando se tienen pruebas de la identidad de los asesinos, en términos jurídicos es menos grave matar a una de nosotras.
Detrás de todas las injusticias que aguantamos como trabajadoras y trabajadores sexuales, existe un sistema que nos discrimina, nos culpa, quita legitimidad a nuestras demandas y permite que se perpetúe la violencia en todos sus niveles.
Estoy convencida de que la solución no es dejar de utilizar los medios de comunicación, por el contrario, creo que son otros quienes deberían dejar de hablar de nosotras para directamente darnos la palabra y conocer nuestra perspectiva en estos casos.
Es por esto que necesitamos nuevos medios que nos permitan problematizar y exponer el mal manejo de la información y las ideas pre concebidas que se presentan en la prensa, la televisión y redes sociales, que contribuyen a esta violencia que las personas que ejercemos trabajo sexual enfrentamos día a día.