Cada sujeto que transite la vida estará atravesado por expectativas. Estas no serán únicamente propias, sino que provendrán de diversas fuentes: la cultura en la que se encuentre, la sociedad de la que se forme parte, y, fundamentalmente, la familia donde se haya crecido. Ningún sujeto escapa de la mirada del otro, y, por ende, sabremos que nuestras elecciones tendrán una reacción determinada en los diferentes ámbitos en los que nos encontremos.
Estas reacciones pueden ser positivas, negativas o neutras, dependiendo de cada situación en particular, y, en especial, de cada persona. Existen culturas de lo más diversas en el mundo, y en cada una se espera algo distinto por parte de cada individuo, dependiendo mayormente de su edad, su género y su realidad socioeconómica. Eso que se espera refiere a prejuicios e ideas preconcebidas acerca de lo considerado como “bueno” o “malo” en una época y lugar determinados.
Para mencionar un ejemplo, en la cultura occidental de la actualidad se espera que la mujer sea independiente, autosuficiente, organizada y eficiente en lo que respecta a lo laboral, y que a la vez, en caso de tener hijos, pueda hacerse del tiempo necesario para la crianza y todo lo que esta implica. Este objetivo dista mucho del que se establecía hace, digamos, 100 años, en tanto de la mujer de aquella época se esperaba que se ocupara de su marido, necesariamente hombre y con un vinculo legal, y que dedicara su vida a la crianza de los hijos. Quienes no cumplieran en aquel entonces con dicha expectativa, eran criticadas y dejadas de lado en la sociedad.
Y allí mismo se menciona otro ejemplo: en el pasado, la única opción era la heterosexualidad, puesto que las personas homosexuales eran calificadas con todo tipo de insultos e ideas completamente erróneas, incluso llamándose “enfermedad”. En cambio, hoy en día, en esa misma cultura, la orientación sexual, e incluso la identidad sexual, son variadas, y hay mayor consciencia, y por ende respeto, de que cada quien viva su vida según lo que sienta, y no meramente según los genitales con los cuales haya nacido.
Las expectativas actuales
Si bien puede afirmarse que la realidad actual es extremadamente más abierta y deconstruida que en el pasado, aún existen bastantes estereotipos. Los estereotipos son ideas o imágenes mentales que ciertos grupos o individuos tienen sobre otros grupos o individuos, mediante los cuales se atribuyen características especificas a los mismos, sin que haya en realidad una fundamentación verdadera para dichas ideas. Como resultado, la particularidad de cada persona y la complejidad individual quedan muchas veces relegadas, generalizando según rasgos supuestamente fijos e inamovibles, llevando en varias oportunidades a malentendidos, a situaciones de discriminación e incluso a maltratos.
Los estereotipos pueden ser divididos en varias categorías, por mencionar algunas podría iniciarse con los estereotipos de belleza, los cuales pretenden dictaminar qué estilos o características físicas son bellas y cuales no, por ejemplo la altura en algunos países, o los rasgos faciales o el color de la piel en otros; incluso se consideran las costumbres y como estas influyen en la apariencia – en países latinoamericanos, los tatuajes en el rostro no suelen ser vistos con frecuencia, y en publicidades o campañas de marketing suelen ser pocas las personas que los tienen; en cambio, del otro lado del globo, en culturas como la Maorí, en Nueva Zelanda, el arte corporal representado en los tatuajes es considerado sagrado, y a través de los mismos expresan sus conexiones, logros y estatus, y los tatuajes faciales particularmente comunican la historia del individuo, volviéndose esenciales en dicha cultura-.
Por otro lado, se encuentran los estereotipos según la edad, estableciendo actividades -mal llamadas- “normales” para algunas edades y no para otras, por ejemplo, esperando que las personas de la tercera edad sean simples “abuelos”, tiernos, tranquilos, asexuales, con poca actividad social y dedicados a pasar tiempo con sus familias, sus nietos específicamente, al punto de llegar a llamar “abuelo o abuela” a cualquier persona de esta franja etaria, incluso sin saber si tienen familia o no, restándole consideración a las propias elecciones de esa persona y olvidando que la personalidad y las costumbres no dependen exclusivamente de la edad.
Sumado a los ya mencionados, se encuentran los estereotipos de género, que se basan, justamente, en el género de cada persona, ligando el mismo a los genitales o a la apariencia física de un sujeto, ya sea que se lo identifique como mujer o como hombre. En un estudio reciente llevado a cabo por la Fundación española “la Caixa” (2024), se menciona que estos estereotipos estructuran la percepción social acerca de las supuestas capacidades y roles “adecuados” para cada género.
Estereotipos femeninos y masculinos
Para ejemplificar, la fundación enumera que se espera de los hombres que sean capaces de liderar, y que sean arriesgados, ambiciosos y competitivos. En este contexto, se supone que el ámbito laboral político y empresarial seria “adecuado” principalmente para este género. Adicionalmente, se los supone más seguros de sí mismos en comparación al género femenino, y la expectativa fundamental seria que sean proveedores para sus familias, volcando su tiempo prioritariamente al trabajo.
Contrariamente, según estos estereotipos de género, se supone que las mujeres serían menos seguras de sí mismas, pero más empáticas, afectivas y comprensivas, con lo cual el ámbito laboral ideal sería dentro de aquellas carreras consideradas “de cuidado”: la salud, la educación, y los trabajos administrativos. Por supuesto, si bien es menor que años atrás, sigue estando presente la idea de que la mujer es mejor en tareas de crianza, por lo cual se esperaría que, en caso de tener familia, se dedique a ella.
Estereotipos en sexualidad
La sexualidad, desde el inicio de los tiempos, ha sido en sí misma un tema tabú. En principio, gracias a las diversas religiones, se han impuesto supuestas “formas correctas” o “adecuadas” de comportarse, de pensar, incluso sobre como desenvolverse en lo social, en la familia, en la pareja, y en la crianza -puesto que para muchas religiones reproducirse no es una opción, sino que sería el único camino moralmente correcto y verdaderamente realizador para las personas-.
Si bien las religiones siguen teniendo una gran importancia para un porcentaje amplio de la población mundial, podría decirse que son menos hoy en día las personas que contienen sus deseos e intereses puramente por lo que las mismas reglamentan.
Ahora bien, es una realidad que las religiones no son la única fuente de estereotipos sexuales, ya que existen personas ateas o no creyentes que tienen tapujos a la hora de hablar y de practicar la sexualidad. Y, específicamente, cabe considerarse que los estereotipos sexuales afectan principalmente a las mujeres. En cuanto a los hombres, se dice que son “débiles” ante los placeres de la carne, y por ende, más propensos a los encuentros sexuales y a la infidelidad. Por supuesto que este es un estereotipo negativo e infundado científicamente, ya que presenta al hombre con una imagen de incapaz a la hora de controlarse.
En contraposición, la mujer es juzgada duramente cuando se trata del deseo sexual, el placer y la satisfacción. Como afirman Mora y Haddock (2025), históricamente se ha conceptualizado a la mujer según sus decisiones de vida y sobre su vivencia de la sexualidad. Aquella mujer que se muestra como pura, maternal y cuidadora con su alrededor, es vista de manera positiva. Se piensa -equivocadamente- que la feminidad es correcta cuando se asocia a la castidad, a la maternidad y a la monogamia. En este sentido, la única practica “aprobada” cuando se trata de lo sexual es el sexo -llamado “hacer el amor”- con la finalidad de reproducirse, no de sentir placer.
Del lado contrario, las mujeres que deciden y eligen una sexualidad activa, con exploración -en solitario y con otras personas, incluso varias a la vez- y que conversan abiertamente sobre sus deseos, son vistas lastimosamente como impuras, sucias, malas, poco femeninas, moralmente desviadas y hasta peligrosas. Gracias a este tipo de afirmaciones, las mujeres a lo largo y ancho de la historia han sido juzgadas, oprimidas y castigadas ante deseos que superen el ámbito reproductivo y del matrimonio. De más esta aclarar que estas concepciones provienen de diversos ámbitos, pero ninguno de ellos es la ciencia: incluso, envueltos en estos prejuicios, científicos de todas las épocas han realizado experimentos y estudios sociales con la finalidad de evaluar y confirmar alguna de estas creencias, sin lograrlo jamás, lo cual asegura que son solo normas sociales absolutamente erróneas y mal difundidas.
El trabajo sexual ante los estereotipos
Hemos conversado anteriormente acerca del estigma que ronda hoy en día al trabajo sexual y a las personas que se dedican al mismo. Cabe entonces en este articulo analizar aquellos estereotipos que se dirigen directamente hacia las sexoservidoras.
Existe una curiosa dicotomía cuando se trata de las opiniones del trabajo sexual. Son muchas personas las que la condenan abiertamente, pero a la vez es extenso el numero de personas, tanto hombres (en su mayoría) como mujeres y personas no binarias, quienes consumen este servicio en alguna de sus variantes, ya fuera a través de lo virtual como en la presencialidad. Es entonces necesario problematizar el por qué, si el consumo es amplio, el castigo/prejuicio también lo es.
Las personas sexoservidoras, según los autores mencionados, son vistas frecuentemente, y de modo equivocado, como amenazas morales, sin considerar que su labor, al ser consensuada y elegida, no interrumpe ni violenta el bienestar de ningún otro sujeto, y es sencillamente una elección laboral como cualquier otra.
Sumado a ello, Martínez Melchor et. Al., (2025) aseguran que a raíz de la propagación de enfermedades contagiosas surgida a partir del siglo XIX, las sexoservidoras son vistas como portadoras de enfermedades e infecciones de transmisión sexual. Nuevamente, es necesario destacar que las probabilidades de contraer ITS se reducen significativamente con el uso del preservativo y llevando a cabo prácticas cuidadosas, y la frecuencia con la cual uno tenga relaciones sexuales no es tan importante como el uso de los métodos de barrera. En resumen, esta idea es completamente incorrecta.
A nivel social, se ha considerado, teorizan los autores mencionados, que el trabajo sexual representaría en la mujer una desviación, no solo de la norma sino de lo que “sería correcto”, incluso tildando a las trabajadoras como “fuera de control”, o “locas”.
Lamentablemente, las personas trans sexoservidoras no escapan de estos estereotipos. En su caso, la discriminación es aun peor: no solo se las juzga por romper estereotipos de la sexualidad, sino también por quebrantar estereotipos de género. Se ha llegado incluso a denominarlas como engañosas, peligrosas e hipersexuales, como si la mera decisión de vivir la sexualidad independientemente de los genitales con los cuales uno haya nacido fuera suficiente como para merecer maltratos.
En fin, es clave destacar que la invisibilización del deseo y del placer femenino (Martínez Melchor et. Al., 2025) no hace más que retrasar cada vez más el avance de la deconstrucción social e impedir el crecimiento cultural. No es sorpresiva la propagación de estos estereotipos, puesto que incluso profesiones como la medicina y la psicología han, durante mucho tiempo, ignorado el erotismo femenino.
Queda un gran trecho por recorrer en búsqueda de condiciones igualitarias de elección y de disfrute en el ámbito sexual, pero hasta que la sociedad no frene la reproducción de ideas irrealistas e infundadas, esta propagación será complicada de eliminar.
Referencias bibliográficas
- Fundación ”la Caixa”. (2024). ¿Siguen vivos los estereotipos de género en el siglo XXI? Observatorio Social de la Fundación ”la Caixa”.
- Martínez Melchor, A. K. J., et. Al., (2025). Sexualidad a través del tiempo: Influencias multidisciplinarias y desafíos de la psicología actual. Uaricha. Revista de Psicología, 23, 1–16.
- Mora, E., & Haddock, A. (2025). Trabajo sexual, estigma, resistencia y derechos. Revista Mexicana de Sociología, 87(4), 761–787.