A raíz de esta nueva oleada de interés por lo gótico, impulsada por películas como Frankenstein (Guillermo del Toro), Nosferatu (Robert Eggers) y Cumbres Borrascosas (Emerald Fennel) y la creciente venta de los libros en los que se basan de los cuales salen estas transposiciones cinematográficas, también viene sucediendo en los últimos años una incomodidad por parte de las nuevas generaciones de la subcultura gótica de ser tomadas como fetiche.
Circulan innumerables memes que idealizan a la “gótica culona”, muchas veces estereotipada como alguien de delicada salud mental y alta energía sexual. Cada vez es más común encontrar creadoras de contenido para adultos alejadas de lo que antes llamábamos “girl next door” para darle lugar a performers que juegan con su estética para destacar entre la enorme oferta que hay actualmente. Y acá ocurre algo interesante: miles de videos de Youtube, Instagram y TikTok denunciando que estas mujeres están apropiándose de la subcultura gótica y otras expresiones alternativas para sacar rédito económico aprovechando que está de moda ser diferente, muy por el contrario a lo que sucedía décadas atrás.
Cuando era adolescente, a mediados de los 00’s, vestirse de negro bastaba para recibir comentarios y cargar con prejuicios ajenos. Lejos estoy de querer romantizar el trabajo sexual, pero tengo que admitir que es uno de los pocos espacios donde lo distintivo se convierte en valor. Las personas que antes te miraban con desconfianza y jamás se hubieran acercado a conocerte, hoy son quienes más intriga sienten por saber cómo habría sido salir con “la chica rara” en su juventud.
¿Pero qué tiene que ver la subcultura gótica con el trabajo sexual?
En los diferentes análisis que se vienen haciendo acerca de qué es o no gótico, se suele concluir que las responsables de la fetichización de esta subcultura son las creadoras de contenido para adultos, por promover una imagen estereotipada e hipersexualizada. No es ninguna novedad que las trabajadoras sexuales funcionen como chivo expiatorio social. Lo vemos también en otros debates, como en la lucha contra la trata de personas, donde de manera nada inocente eligen culpar a las trabajadoras sexuales de la existencia de la esclavitud y explotación sexual, cayendo en un sesgo donde jamás llegarían a esta conclusión si el debate fuera acerca de talleres clandestinos y emprendimientos de moda independientes.
Para poder explorar más a fondo este tema, primero tenemos que preguntarnos qué es lo gótico y por qué históricamente ha estado ligado a lo tabú y, por supuesto, a lo sexual.
Origen del gótico
El término “gótico” surgió en el Renacimiento a modo de insulto, una forma despectiva que utilizó el arquitecto Giorgio Vasari para referirse al estilo medieval, relacionándolo con los godos, considerados pueblos bárbaros. Con el correr de los siglos, esta palabra fue sinónimo de oscuro, desmesurado y la antítesis del ideal clásico.
La arquitectura gótica se desarrolló en Europa entre los siglos XII y XV, principalmente en Francia e Inglaterra, y se caracteriza por catedrales verticales, arcos apuntados, vitrales, ventanales que imitan la forma de dos manos rezando y una fuerte carga simbólica religiosa.
En cuanto a lo literario, el gótico se desarrolla en el siglo XVIII en Inglaterra. En El castillo de Otranto (1764) de Horace Walpole aparecen los castillos en ruinas, los paisajes sombríos, las presencias sobrenaturales y las pasiones que desbordan. Ya en el siglo XIX se consolida este género con autorxs como Ann Radcliffe, Matthew Lewis y más tarde Sheridan Le Fanu y Bram Stoker. Las hermanas Emily Brontë y Charlotte Brontë incorporan elementos góticos al drama psicológico y romántico: en Cumbres Borrascosas y Jane Eyre, ambas publicadas en 1847 aparecen mansiones aisladas, tormentas, secretos familiares y una intensa exploración del deseo, la locura y la transgresión moral.
El gótico literario es una reacción a la Ilustración. Instala lo irracional, lo reprimido y monstruoso. Sus temas centrales son el deseo prohibido, la culpa, el cuerpo como amenaza y la dicotomía entre pasión y norma social.
En el siglo XX, el imaginario del gótico se orienta al cine de terror y desde la década de los 80’s inspira la subcultura gótica nacida del post punk británico (bandas como Siouxsie and The Banshees, The Cure, Bauhaus). Esta subcultura retoma la tradición estética que tiene una fascinación por la muerte, el romanticismo, la ambigüedad sexual, teatralidad y melancolía. Se vuelven signos identitarios elementos como la indumentaria negra, el maquillaje blanco para dar una apariencia de languidez y muerte, el cuero, el encaje y el estilo funerario.
De esta forma, lo gótico se consolida como estilo visual, pero también como una sensibilidad que renace cada vez que la cultura necesita representar aquello que considera oscuro, desviado y desmedido.
Fetichización de lo gótico
Quizás sí exista cierto oportunismo de personas que, en pos de hacer dinero en un mundo capitalista que te obliga a producir, utilizan una estética determinada que reducen y simplifican sólo en lo visual. Pero a la vez, hay una relación histórica entre lo gótico con la transgresión sexual y los cuerpos marginalizados. Tanto el gótico como el trabajo sexual han sido producidos por el mismo orden moral que los reprime y que a al mismo tiempo erotiza.
Lo gótico nace como discurso sobre la sexualidad desviada
Frente al culto a la razón, instala lo oscuro, lo irracional y lo excesivo, pero sobre todo instala el deseo como problema. Obras como The Monk (1796), Zofloya (1806), Carmilla (1872) y Drácula (1897) dramatizan sexualidades no normativas donde destacan el erotismo lésbico, el deseo interracial, el intercambio de fluidos, la dominación y el fetichismo corporal.
Desde una lectura atravesada por la mirada de Foucault, se puede pensar al gótico como una forma de contar cómo el poder produce la categoría de “lo desviado”. El deseo además de reprimido, acá es nombrado, clasificado, medicalizado y finalmente castigado. En el gótico, los cuerpos marginales hacen visible el funcionamiento del biopoder. Las mujeres deseantes mueren, las vampiresas son destruidas y el placer recibe un castigo. La estructura narrativa presenta el deseo femenino activo como una amenaza que debe ser contenida.
A fines del siglo XIX, mientras el gótico literario dramatizaba sexualidades “peligrosas”, la moral victoriana consolidaba un aparato científico destinado a clasificar y nombrar esas mismas desviaciones. No es casual que en paralelo al éxito de Drácula o Carmilla surgieran los primeros tratados de sexología. El psiquiatra Richard von Krafft-Ebing publicó estudios como Psychopathia Sexualis (1886), donde prácticas antes dispersas pasaban a ser tipificadas como patologías: fetichismo, sadismo, masoquismo y homosexualidad. La sexualidad deja de ser sólo pecado religioso para convertirse en objeto de diagnóstico médico.
El gótico y la sexología tienen en común nombrar lo “anormal”. Pero mientras la literatura lo dramatiza y lo castiga narrativamente, la ciencia lo encierra en categorías clínicas. Cabe destacar que esos estudios no rigen hoy en día porque carecen de evidencia científica, son más bien una fotografía de una época y que por suerte hemos cuestionado con los años para eliminar el prejuicio y vivir en respeto y tolerancia, aunque aún falta muchísimo.
La vampiresa y la “puta peligrosa”
La figura de la femme fatale, desde el simbolismo fin-de-siècle (1880-1910) hasta el cine mudo, cristaliza este miedo. La actriz Theda Bara fue pionera de este arquetipo en A Fool There Was (1915) encarnando a una mujer seductora, fría y destructiva. El término “vamp” funciona como metáfora directa del temor al deseo femenino. La mujer que siente goce o placer, debilita al hombre, amenaza a la familia y altera el orden. Esa figura solo podía existir si era extranjerizada, racializada o exotizada. La sexualidad activa no era tolerable en la feminidad blanca “respetable”. Sin ir más lejos, la misma Theda Bara generó muchísimo misterio en torno a su origen y su nombre es un anagrama de Arab Death. Y acá aparece el punto clave: la vampiresa, la bruja, la prostituta y la mujer fatal comparten la misma lógica cultural. Todas son representaciones del deseo femenino fuera del control patriarcal y todas reciben castigo narrativo.
La figura de la vampiresa erotiza el peligro y construye lo que la teórica Barbara Creed llama “lo monstruoso femenino”. En The Monstrous-Feminine (1993), Creed sostiene que el horror occidental ha representado históricamente a la mujer como monstruo cuando su cuerpo desborda las funciones que el orden patriarcal le asigna, roles como la madre, la esposa o un objeto pasivo de deseo. La mujer que deseante y seductora, la que no se subordina, aparece como vampira, bruja o devoradora. La monstruosidad está en su autonomía.
Subcultura gótica contemporánea: espacio de disidencia
Desde finales de los años 70s y principios de los 80s, con el surgimiento del post-punk y el darkwave, la subcultura gótica retoma esa tradición estética de interés por lo oculto y fascinación por la muerte. Pero ocurre que, lo que antes era representación literaria se vuelve identidad performativa.
Para muchas mujeres y diferentes identidades LGBTIQ++, el gótico funciona como un refugio simbólico, un espacio de exploración sexual, una comunidad que acepta lo queer y el fetichismo.
Entonces, si lo gótico siempre estuvo vinculado con lo sexual y lo tabú, ¿por qué resulta sorpresivo que mujeres que trabajan con su capital erótico encuentren en esta estética un lenguaje donde expresarse? La acusación de “apropiación” pierde fuerza cuando entendemos que el gótico nació narrando cuerpos marginados y desviados, creció estetizando el deseo como castigo y se consolidó como refugio de sexualidades diversas.
El problema somos las putas
La reciente incomodidad frente a las creadoras de contenido góticas no parte como una defensa de la pureza de la subcultura, sino de una persistente incomodidad social frente a las putas. En un mundo que va retrocediendo y que cada vez se orienta más a ser conservador e individualista, lo que molesta es que la gente exprese su sexualidad porque la tendencia ahora es moralizar los cuerpos como en siglos pasados.
Cuando el deseo es literario se considera arte, pero cuando es performativo y se monetiza, representa una amenaza. El problema no es la pureza estética, si la chica de Onlyfans utiliza ciertos estereotipos para atraer más clientela, sino quiénes son esas personas que capitalizan el deseo. Nadie problematiza cuando distintas artistas del mainstream se apropian de la cultura de las trabajadoras sexuales sin serlo, tanto en su vocabulario perteneciente a nuestra jerga, su indumentaria, como también en sus bailes que tienen origen en los clubes de strippers, entre otros.
Las trabajadoras sexuales que utilizan esta estética a su favor no están invadiendo un territorio ajeno, ya que es un espacio que históricamente habló de nosotras, aunque casi siempre lo hizo desde el castigo y la fantasía.
Deberíamos preguntarnos por qué sigue resultando intolerable que una mujer gestione su propia imagen sin estar pidiéndole permiso al orden moral que a su vez la fetichiza.
Para concluir, el gótico es una tensión entre deseo y control, y en esa tensión el trabajo sexual no es una anomalía, es una continuidad histórica.
Bibliografía
Creed, Barbara.The Monstrous-Feminine: Film, Feminism, Psychoanalysis. Routledge, 1993.
Foucault, Michel.Historia de la sexualidad, Vol. 1: La voluntad de saber. Siglo XXI Editores, 1976.
Krafft-Ebing, Richard von.Psychopathia Sexualis. 1886.
Lewis, Matthew Gregory.The Monk. 1796.
Le Fanu, Sheridan.Carmilla. 1872.
Radcliffe, Ann.The Mysteries of Udolpho. 1794.
Stoker, Bram.Drácula. 1897.
Walpole, Horace.The Castle of Otranto. 1764.
Brontë, Emily.Cumbres Borrascosas. 1847.
Brontë, Charlotte.Jane Eyre. 1847.
Dacre, Charlotte.Zofloya; or, The Moor. 1806.
Filmografía
A Fool There Was. Dir. Frank Powell, 1915.
Nosferatu. Dir. Robert Eggers, 2024.
Frankenstein. Dir. Guillermo del Toro.
Wuthering Heights. Dir. Emerald Fennell.