Solo una puta salva a otra puta

Oct 7, 2026
Solo una puta salva a otra puta
Photo by Sergei Lushchik / Unsplash

En tiempos donde el individualismo y el sálvese quien pueda es moneda corriente, la respuesta de las putas siempre fue la unión, el cuidado mutuo, la solidaridad y la construcción colectiva. Ahora lo puedo contar y ver el panorama mucho más claro porque ese calor humano jamás lo viví en otros trabajos.

Uno de los trabajos que tuve después de ser niñera fue en la limpieza de un restaurante en diagonal al Congreso. El sueldo era muy malo, pero yo tenía que juntar plata para alquilar una habitación; venía viviendo en lo de mi prima con su perro y me estaba pidiendo que me vaya.

El ambiente de ese restaurante era horrible. El salón se llenaba de políticos y asesores bien vestidos y con perfumes riquísimos. Pero en una escapada al baño tomaban cocaína, se cagaban y dejaban los inodoros sucios y los envoltorios desparramados por el piso. Con la encargada los llamábamos “los cochinos”.

Ahí conocí gente muy piola y gente miserable. Una vez, uno de los mozos (un tucumano) me empujó de las escaleras para pasar él primero. Hizo todo eso porque yo no le daba atención cuando me acosaba. También conocí a dos chicos que laburaban haciendo delivery. Eran amigos, colombianos, vivían juntos compartiendo una habitación y uno de ellos jugaba en las inferiores de un equipo de fútbol.

Me fui de ese trabajo buscando algo mejor. Dos años después, cuando vivía en la casa de mi novio (que había sido mi psicólogo), empecé a ejercer el trabajo sexual. Ponía anuncios en plataformas virtuales y con esa plata ayudaba a pagar las expensas del departamento. En algún momento empezamos a tener problemas porque él no aceptaba que yo ejerciera.

En una de esas tantas peleas, me quedé sin plata para comer ese día. Justo ahí apareció un cliente milagroso que me aseguraba pagar el servicio y el taxi hasta su domicilio. Cuando miré la foto de su perfil, vi que era mi excompañero de trabajo, el delivery colombiano, así que eso hizo que el panorama fuera más relajado. Pero cuando estaba llegando al domicilio en taxi, me bloqueó. Se imaginarán que no tenía plata para pagar ese viaje; tuve que pedirle prestado a mis compañeras. Ahí aprendí a cobrar todo por adelantado, hasta el mismo viático.

Un par de años después, me lo volví a encontrar en la calle y todo lo que había sentido esa vez, la bronca e impotencia que sentí cuando me dejó pagando, volvió a aflorar. Él venía caminando muy tranquilo con Karen, mi compañera de la calle Garay y Solís. Lo primero que hice fue buscar una piedra y la encontré cerca de las rejas blancas del bazar donde yo me paraba.

La tiré al costado de un árbol que estaba a diez metros y me acerqué, re loca y violenta a decirle de todo a los dos. A Karen le dije que ese tipo era un estafador y que me había cagado guita.  A él le grite que era un estafador de putas el me dio la típica respuesta de un cobarde que no quiere que los chicos de la cuadra lo linchen por estafar a una puta “NO TE CONOZCO ESTAS LOCA” 

El tipo quiso acercarse, así que agarré la piedra para tirársela. Él retrocedió con tanta mala suerte que se resbaló con comida que alguien había tirado en el piso (que más que comida parecía vómito, nunca lo sabré). El tipo cayó de espaldas, se ensució toda la ropa en esa mezcla pastosa color amarillo y rojo. Le cambió la cara en un segundo; pasó de querer hacerse el ganador a quedar como lo que era, un payaso, humillado en el piso frente a nosotras. Karen lo levantó, le endulzó los oídos y se lo llevó caminando hasta el hotel La Cité.

Yo me quedé sola en la esquina mirando el recorrido de la huella en la comida tirada sobre el piso, sonriendo de par en par pensando en que quizás era justicia divina. Me doy vuelta para volver a mirar a los autos y veo que Karen dobla la esquina sola. Encara para donde yo estaba parada y se prende un cigarrillo, le tiemblan las manos y con un tono de cansada me cuenta que el tipo se había ido después del escándalo y que era el único cliente que había tenido desde las dos de la tarde.

La escuché y le expliqué cuál había sido mi experiencia con ese cliente. Solo quería que ella sepa por qué yo había reaccionado así; no quería justificar mi comportamiento, estaba siendo 100% honesta. A mitad de la charla me para un auto negro; le canto el precio de mis servicios al cliente, quiere que lo atienda sin preservativo y promete darme más plata por eso. Le digo que no negocio con mi salud; insiste, pero no puede quebrar mi voluntad, así que no le queda otra que aceptar y me subo.

Cuando miro al costado, la Karen iba fumándose lo que quedaba del cigarro; la situación de mierda le había consumido la poca energía que le quedaba. Mientras entretenía al cliente con juegos, yo no dejaba de pensar en que la Karen es una mujer que mantiene a toda su familia, incluso al marido que no aporta nada más que celos y reproches, y paga el alquiler y la comida de todos con lo que junta en la esquina de Garay y Solís. Entré a la habitación veinticinco con mucha culpa y con la conciencia que me pesaba un montón. Como si le hubiera robado el pan de la mesa.

Más que nada porque yo sabía que no estaba mal lo que yo reclamaba "el tipo era un estafador y merecía el escrache", pero, en un contexto de horario laboral, donde hacer una salida con un cliente cuesta un montón, terminé perjudicando a mi par. Karen, sin comerla ni beberla, se había quedado sin su plato de comida por culpa.

Claramente puse mente y cuerpo a laburar para apurar el trámite. ¡Sentía la necesidad de enmendar mi error YA! En menos de diez minutos ya estaba cambiándome y saliendo de la habitación veinticinco con los billetes en la mano. Le pedí al cliente que me haga el favor de llevarme a dos cuadras; le indiqué que diera la vuelta por Solís y Constitución, y que siguiera derecho hasta Garay.

Lo saludé con un besito de gatita, le dije que lo esperaba la próxima para dejarlo livianito listo para dormir, bajé del auto y fui a buscar a Karen, que seguía parada sola en la esquina. Me saqué la plata de las tetas y separé los billetes que me había ganado por haberle sacado orgasmos a ese cliente. Extendí la mano y le dije:

Discúlpame, Karen. Por las molestias ocasionadas.

Rebeca López es trabajadora sexual autónoma, militante antirracista, actriz y referenta en la defensa de los derechos de las trabajadoras sexuales en Argentina. Como ex integrante fundamental del área AMMAR Internet, codiseñó y coordinó el informe oficial sobre trabajo sexual mediado por plataformas virtuales. En el ámbito artístico, formó parte del elenco de la película "Pepita, la pistolera" (2026), dirigida por Lucía Puenzo. Su activismo une el territorio con la resistencia digital: es la creadora detrás del viral e histórico meme "Cállate, blanca", una pieza que marcó un hito en el debate político frente al feminismo hegemónico. En su faceta como cronista narrativa, Rebeca escribe en primera persona, exponiendo sin filtros ni intermediaciones teóricas los códigos, las tensiones de clase y las redes de solidaridad que sostienen el día a día del trabajo sexual en las calles de Buenos Aires.