Las personas a quienes atribuimos las primeras reflexiones filosóficas son responsables de innumerables mitos que hoy en día influyen directamente en la moral, los prejuicios, y las prácticas que los seres humanos llevamos a cabo en nuestra cotidianeidad.
Conocemos la antigua Grecia como la cuna de los pensadores, de quienes suponemos gran intelecto, y cuya consecuencia es que no nos hemos tomado el tiempo de averiguar como estos han modelado nuestras prácticas e ideas. Existen afirmaciones que no sabemos bien de donde provienen, pero que aun así pesan fuerte en la cultura y en las relaciones. Una de ellas es la idea de la “media naranja”, y de que la unión con la misma será la única manera de encontrar un amor leal, verdadero y válido.
Dicha afirmación proviene del Mito del Andrógino. El mismo relata que en un inicio los humanos contaban con ambos sexos, cuatro brazos, cuatro piernas, y dos rostros: el mismo ser era a la vez hombre y mujer. Zeus, uno de los dioses más poderosos según la mitología griega, quien era arrogante y egocéntrico, habría separado a los humanos por la mitad, con el objetivo de condenar sus vidas hasta que sucediera el reencuentro de ese otro del que habrían sido separados. A este mito podemos agradecerle – o todo lo contrario – por la imposición de la búsqueda de esa “mitad” que nos llene, sin la cual no sería posible la completitud del ser.
Cuando un mito se vuelve la norma…
La idea de la “media naranja” sostendría que la unión romántica y sexual se vive plenamente si, y solo si, se encuentra a ese otro “ideal”, “hecho a la medida”, que traería amor verdadero, exclusividad, intimidad y fidelidad.
Como es usual, algunas religiones también cuentan con su parte de responsabilidad por haber instalado estas ideas. Desde los primeros siglos de la historia, por ejemplo, la religión cristiana sostuvo que un encuentro sexual debía darse con el único objetivo de procrear, que no debía emplearse para la búsqueda del placer y la satisfacción, y que solo debería practicarse entre parejas heterosexuales con un vínculo conyugal, condenando así al sexo casual y al trabajo sexual.
Sumado a ello, en la edad media se idealizó el amor, volviéndolo espiritual, y asociándolo a la entrega absoluta (en teoría, de ambas partes, pero en realidad, se toleraba que los hombres no fueran del todo entregados, atribuyéndoles a los mismos "impulsos animales incontrolables" que los empujarían a caer en la tentación: queda claro que el machismo tiene sus raíces muy encarnadas en la historia).
Ante todo esto, el amor solo podría ser real con una única persona, e implicaría exclusividad sexual para lograr ser válido. Así, la figura de la mujer quedó completamente controlada por la moral cultural, ya que la regulación de su sexualidad fue impuesta a través del miedo y los prejuicios. La mujer fue determinada como envase de todo lo puro y sano, tachándola de errática o negativa cuando se saliera de las normas impuestas por la ética de la época.
Sexo y amor en trabajo sexual, ¿son inseparables?
Teniendo en cuenta todo lo anterior, no sorprende que en la actualidad aún se intente ligar al sexo con una conexión única y especial, supuestamente irrepetible. Según esta idea, no podría existir sexo desprovisto de amor, pero una de las profesiones más antiguas del mundo nos demuestra que esta afirmación no es tan acertada: si el sexo implica unión y amor, ¿cómo es posible que muchas mujeres sean trabajadoras sexuales y a la vez tengan familia y parejas estables? Y la respuesta es sencilla: el sexo, en realidad, puede tranquilamente separarse de la esfera emocional, con lo cual, no siempre debe darse mediante un vínculo afectivo (Bellhouse et. Al., 2015).
Lo que los autores explican, gracias a su investigación acerca del manejo del trabajo sexual en contraste con las relaciones románticas personales de las sexoservidoras, es que muchas participantes de su estudio aseguraron que realizan una separación mental entre el sexo laboral y las relaciones sexuales íntimas (Bellhouse et. Al., 2015). En este sentido, el contacto sexual con clientes es percibido de manera diferente al sexo con una pareja en lo personal, ya fuera esta estable o casual.
En consonancia, los aportes de Syvertsen et. Al. (2015) llevan a suponer que la posibilidad de tal diferenciación se da gracias a los elevados niveles de confianza entre las sexoservidoras y sus parejas no comerciales. En su investigación acerca de la línea límite que separa al trabajo del amor -o, mejor dicho, del deseo particular-, se encuentra como primordial una apertura en cuanto a las prácticas sexuales. Esta apertura refiere a considerar que el sexo puede separase claramente de las emociones, que puede ser algo meramente carnal, visto como un servicio o actividad económica, en contraste con la afectividad. Esta última es vivida como una elección personal donde no hay transacción económica, en tanto se vive como una expresión íntima de amor y confianza. Se suma el apoyo mutuo dentro de la pareja, en tanto se entiende que para la sexoservidora la interacción sexual es parte de una labor, lo cual se evidencia, muchas veces, por el empleo del preservativo. En cambio, en las relaciones personales, ya que se supone un vínculo de confianza, los métodos de barrera pueden llegar a no ser empleados o que su uso sea menos frecuente (Argento et. Al., 2015).
Y si llega a haber emociones por parte del cliente, ¿dónde aparecen?
A diferencia de lo esperado socialmente, buena parte de las veces son los clientes los que desarrollan sentimientos íntimos y afectivos hacia las trabajadoras sexuales. “A diferencia de lo esperado” refiere a que, de acuerdo a los mitos explicados al principio de este artículo, los únicos con instintos animales serian los hombres, lo cual buscaría afirmar que estos son menos emocionales y reactivos, poniendo a la mujer como poseedora de la sensibilidad y afectividad que podría derivar en el surgimiento de emociones íntimas -o confusas-. Al contrario, Milrod & Weitzer (2012), gracias a su estudio sobre la experiencia de clientes de escorts, encontraron que, dependiendo del tipo de interacción llevado a cabo, y de las características tanto del cliente como de la trabajadora sexual, podrían aparecer sentimientos profundos, en especial por parte del cliente (lo cual observaron en discursos publicados por consumidores/clientes en foros donde se discuten diversos aspectos del trabajo sexual).
Algunas de las características que los clientes dicen valorar especialmente tienen que ver con el afecto recibido, la conversación compartida con la trabajadora sexual, el contacto físico cariñoso, y la sensación de una conexión. Aparentemente, esta percepción por parte del cliente podría compararse a vivir una girlfried experience, lo cual querría decir que en ocasiones las trabajadoras sexuales ofrecen experiencias de cuidado y atención especial, donde se imitan ciertos elementos encontrados en las relaciones románticas tradicionales, tales como abrazos y besos, charlas intimas y privadas, y un tacto afectuoso a la hora de abordar dichas charlas.
Como resultado, los clientes llegan a sentir apego emocional hacia las sexoservidoras, sentimientos románticos, y fuertes deseos de continuar la relación, lo cual puede observarse en relaciones comerciales pagas sostenidas a lo largo del tiempo, llegando a durar meses o años, y encuentros repetidos con la misma escort (Milrod & Weitzer, 2012).
Pero no todo es color de rosa
En contraste con lo expuesto, cabe destacar que los autores mencionados enumeran ciertos conflictos o complicaciones que pueden aparecer en los vínculos románticos-afectivos de las parejas de las sexoservidoras.
Las más de las veces, estos podrían explicarse por el tabú que representa el sexo -y todo aquello que lo rodea- aún en la actualidad. Un ejemplo de ello son los celos: en parejas provenientes de contextos socio-culturales con menos apertura o con ideales tradicionales y conservadores acerca de las relaciones amorosas, puede existir cierta dificultad a entender que el sexo puede ser solamente una interacción dentro de un ámbito laboral más amplio.
A su vez, puede ocurrir que las trabajadoras sexuales realicen ocultamientos cuando se trata de ciertos detalles de su accionar laboral: esta acción buscaría no generar o profundizar inseguridades en la pareja o, directamente, evitar posibles discusiones.
Algunas estrategias empleadas cuando el sexo es trabajo
De acuerdo a Syvertsen et. Al. (2013), existen diversas acciones que pueden realizarse para manejar las emociones cuando uno de los miembros de la pareja ejerce trabajo sexual. Las mismas pueden ser psicológicas, relacionales o comunicacionales.
Por un lado, algunas mujeres evitan sacar a relucir el tema de su trabajo cuando ha finalizado su jornada laboral, con el objetivo de reducir tensiones sentimentales y celos, logrando que la comunicación se centre en la pareja y en temáticas positivas para cada vínculo.
Seguidamente, aparece la separación simbólica de los espacios sociales habitados. Esto quiere decir que se separa al trabajo sexual de la vida intima de la persona, lo cual es posible gracias a que una misma acción no genera dos emociones iguales jamás: cada vinculo es mediado por sentimientos diferentes, y el hecho de tener sexo con una persona no implica necesariamente una conexión emocional profunda.
Finalmente, es usual -en las parejas donde una de las partes ejerce el trabajo sexual- una reafirmación constante del vinculo emocional. Esto podría suceder mediante gestos de afecto y de cuidado dentro de la pareja, y apoyo mutuo en las decisiones personales de cada integrante. Sumado a ello, la convivencia cotidiana genera una sensación de afirmación del vínculo.
Sexo, amor y trabajo sexual: así se relacionan
En conclusión, queda claro que el sexo y el amor pueden estar bien diferenciados y no llegar a confundirse para algunas personas. Sin embargo, en el caso de aquellos sujetos en los que acontezcan momentos que resulten confusos o surjan emociones profundas, existen formas de mantener las esferas simbólicas separadas. Lo mas importante en estos casos es mantener una comunicación clara y asertiva, siempre respetar al otro (ya sea la sexoservidora, su pareja o su cliente) y buscar consentimiento ante cada decisión que se tome.
Referencias bibliográficas
- Argento, E., et. Al. (2015). The role of dyad-level factors in shaping sexual and drug-related HIV/STI risks among sex workers with intimate partners. Drug and Alcohol Dependence, 157, 166-173. Recuperado de https://www.sciencedirect.com/science/article/abs/pii/S0376871615017184
- Bellhouse, C., et. Al. (2015). The impact of sex work on women’s personal romantic relationships and the mental separation of their work and personal lives: A mixed-methods study. PloS one, 10(10), e0141575. Recuperado de https://journals.plos.org/plosone/article?id=10.1371/journal.pone.0141575
- Milrod, C., & Weitzer, R. (2012). The intimacy prism: Emotion management among the clients of escorts. Men and Masculinities, 15(5), 447-467. Recuperado de https://journals.sagepub.com/doi/abs/10.1177/1097184x12452148
- Syvertsen, J. L., et. Al. (2013). “Eyes that don't see, heart that doesn't feel”: coping with sex work in intimate relationships and its implications for HIV/STI prevention. Social science & medicine, 87, 1-8. Recuperado de https://www.sciencedirect.com/science/article/abs/pii/S0277953613001639
- Syvertsen, J. L., et. Al. (2015). Love, trust, and HIV risk among female sex workers and their intimate male partners. American Journal of Public Health, 105(8), 1667-1674. Recuperado de https://ajph.aphapublications.org/doi/full/10.2105/AJPH.2015.302620