A lo largo de la historia se han creado culturalmente dos arquetipos femeninos: el de la madre y el de la puta. En los campos artísticos encontramos referencias de musas inspiradoras. La pura e inmaculada, que es a su vez fuente de vida, y las otras. Las que con el poder de la seducción llevan a los hombres a la locura y son castigadas por llevar una “mala vida”.
En mis tempranos veintes tuve una crisis laboral: no podía adaptarme a ningún trabajo. Un día estaba yendo a vender mis artesanías a una feria con la sensación de haber estado perdiendo mi tiempo y estar haciendo todo en vano. No quería ir. Me agarró un ataque de ansiedad en la calle. Mi mamá acudió donde estaba, me contuvo y me dijo que ya iba a encontrar algo, que mientras no sea chorra o puta ella siempre iba a estar orgullosa de mí.
Tiempo después comencé a ejercer el trabajo sexual. Mi mayor miedo era que mi mamá se enterara y que ya no me quisiera más. Para mi sorpresa no fue así. Pero por fuera de mi círculo íntimo, siempre escuchaba las mismas preguntas, fundadas desde el morbo y la pacatería, en donde se me cuestionaba qué haría si tuviera una hija mujer y si yo le recomendaría mi trabajo. La respuesta para mí era muy simple, ya que nunca tuve el deseo de traer personas al mundo, pero en ese escenario hipotético la pregunta que realmente me haría sería otra: si tuviera una hija que ya está ejerciendo el trabajo sexual, ¿preferiría que lo hiciera con derechos o sin ellos?
Eso me llevó a pensar en mis colegas que sí son madres y me puse a investigar más a fondo cómo es ser una madre puta en Argentina.
Identidad política
Decidí hacer un estudio sobre madres que ejercen el trabajo sexual en distintas modalidades, presencial y virtual. A todas les hice las mismas preguntas.
Las respuestas muestran un grupo de madres que se identifican como trabajadoras sexuales, muchas de ellas reapropiándose del término “puta”, y que crían a sus hijxs conviviendo con ellas. También construyen redes de cuidado y de ayuda mutua, y desarrollan vínculos de pertenencia organizativa. Esto derriba el prejuicio de la trabajadora sexual como figura ausente, irresponsable o incapaz de sostener vínculos de cuidado.
El trabajo sexual aparece mayoritariamente como principal fuente de ingresos. Incluso cuando no es el único, se nombra como una herramienta central para sostener la vida cotidiana. Las organizaciones de trabajadoras sexuales cumplen un rol fundamental: brindan apoyo material y emocional, y acompañan como mediadoras frente al sistema de salud. Son espacios de cuidado colectivo frente a la ausencia estatal.
La maternidad ideal
Algo interesante que apareció fue que el embarazo rara vez ocurre como consecuencia directa del trabajo sexual. Ocurre en mayor medida en relaciones afectivas.
Uno de los puntos más fuertes de las entrevistas es el desencanto con la idea preconcebida de la maternidad. Se repiten temas como el cansancio mental, la falta de tiempo propio y la soledad, especialmente en la maternidad monoparental. Todas las personas entrevistadas coinciden en que son jefas de hogar y único sostén. Se demanda una perfección en un sistema que no acompaña. Maternar sin dinero vuelve todo más difícil.
Al mismo tiempo, el disfrute no está negado. Hay amor, vínculo, presencia y deseo. Lo que se cuestiona no es la maternidad en sí, sino la forma en que es narrada y exigida socialmente.
El tiempo como valor
Algo que aprendí en esta década siendo puta, es que lo más valioso que tenemos es el tiempo, cómo lo usamos y con quién. “Son los atajos que tomo para sufrir menos”, escribí una vez. Todas coinciden en que el tiempo es el billete de cara más grande.
Las entrevistadas dicen que es un trabajo que permite el manejo de horarios, mejores ingresos en menos tiempo y mayor presencia en el hogar. El tiempo fue lo que más valoraron.
Varias respuestas destacan que su calidad de vida y la de sus hijxs mejoró a partir del trabajo sexual. El mismo trabajo que socialmente se condena como incompatible con la maternidad es el que, en la práctica, permite ejercerla de manera más presente.
El descanso y el estigma
Cuando pregunté acerca de qué resulta más agotador: trabajo, maternidad o estigma, las respuestas fueron muy parejas. Esto habilita una lectura interesante, el estigma funciona como una carga adicional, una especie de tercer trabajo no remunerado.
El descanso aparece como algo lejano y culposo, lo que evidencia un agotamiento sostenido donde el cuidado y la supervivencia ocupan el centro de la experiencia cotidiana. No es sólo una necesidad biológica, es un derecho administrado de manera desigual. Hay un orden económico y moral que necesita cuerpos disponibles, productivos y a cargo de otros. El mandato de cuidar, sostener el hogar y estar presentes todo el tiempo, deja poco margen para el descanso propio. Se premia moralmente a la madre que no descansa como si se tratara de una virtud esperada. El agotamiento deja de verse como un problema para transformarse en una norma.
La “buena madre” se construye sobre el sacrificio. En ese marco, descansar se vuelve sospechoso, una madre que descansa es una madre que “abandona”, que delega demasiado o que prioriza su deseo.
En el caso de las trabajadoras sexuales, el descanso está doblemente negado, por ser mujeres y madres, pero también por ser putas. No se le reconoce el cansancio, su trabajo no cuenta como tal y su agotamiento tampoco. Si descansa, es vaga y si no descansa, es una reventada. El descanso aparece como un privilegio de los cuerpos respetables, mientras la puta debe estar dispuesta para cuidar y para dar explicaciones.
Entonces, ¿cuáles son los cuerpos que pueden descansar? Quienes pueden delegar las tareas de cuidado, quienes tienen respaldo económico, quienes no cargan con la supervivencia de otros. En las sociedades patriarcales y capitalistas, el descanso es un bien que no se distribuye equitativamente. No se descansa por elección, se descansa por posición social.
Se descansa si se “trabaja de verdad”, quienes cumplen con las normas y no se desvían. El descanso deja de ser un derecho y se convierte en recompensa. Al no tener un trabajo reconocido, la dignidad de las putas siempre está en duda. Cuestionar esta lógica implica romper con la meritocracia: el descanso no se merece ni se gana, se necesita.
Están habilitados a descansar los cuerpos que no ponen en riesgo el funcionamiento del sistema cuando se detienen. La imposibilidad de parar es un diseño político. Por eso para mujeres, madres y trabajadoras sexuales, el descanso no es sólo una pausa, es una práctica que va en contra de las normas del mismo sistema que las excluye.
Se repiten el miedo al juicio, la autocensura en redes, el aislamiento social y la dificultad para vincularse con otras madres. También aparece la sospecha constante sobre su capacidad de cuidado.
En las trabajadoras sexuales, lo que entra en conflicto con la maternidad es la mirada social. De manera casi unánime, las respuestas afirman que no hay conflicto interno entre ser madre y vivir la sexualidad libremente. La “buena madre” aparece como una construcción moral impuesta. El miedo no es tanto a equivocarse, sino a ser juzgada, denunciada o desacreditada. La culpa es más asociada al descanso, al tiempo propio o al deseo que al trabajo sexual en sí. Esto refuerza una idea de maternidad que exige sacrificio, desexualización y una moral imposible, principalmente en mujeres de clase trabajadora.
En el sistema de salud, muchas madres trabajadoras sexuales eligen no decir a qué se dedican por miedo al juicio moral. Eso afecta la calidad de la atención. Durante el embarazo se suele reducir todo a controles de VIH, mientras dejan de lado otros aspectos del cuidado físico y emocional. En salud mental, la experiencia no es mejor. Muchas reciben intervenciones moralizantes que exigen dejar el trabajo como condición para ser atendidas, generando desconfianza y abandono de los tratamientos.
Convivir con el secreto
Al preguntarles si mantienen en secreto su trabajo en el hogar y si esa decisión fue propia o impuesta, la mayoría estuvo de acuerdo en que no tendría problema en hablarlo con sus hijxs cuando tengan una edad para comprender temas relacionados a la sexualidad, pero que mantienen el secreto como estrategia de supervivencia en ámbitos como la escuela, en vínculos con otras familias y en el espacio público.
El silencio es impuesto frente al riesgo de sanciones sociales, legales o simbólicas. Incluso cuando lxs hijxs lo saben, el tema se aborda sin muchos detalles para proteger.
Prejuicios y representación
Acerca de qué frases son las que ya no quieren escuchar más, la lástima aparece como un miedo en el “no le queda otra, pobrecita”, mientras que la deslegitimación del trabajo se cuela en el “es trabajo fácil” o “no quieren laburar”. A eso se suma el prejuicio sanitario, que las reduce a focos de infecciones.
Otra de las preguntas apuntaba a cómo les gustaría ser representadas culturalmente y en el imaginario social. Las respuestas llevan a algo muy simple: madres trabajadoras, afectuosas, cansadas, con contradicciones y deseo propio.
Censo y discriminación
Hasta el momento no existen estadísticas oficiales del Estado argentino (INDEC u otros organismos públicos) que indiquen cuántas trabajadoras sexuales son madres. No hay una encuesta nacional que releve ese dato, al menos en los registros públicos accesibles.
Quizás surja la pregunta de por qué no existen suficientes datos sobre la población que ejerce el trabajo sexual. ¿Se trata de una falta de interés? Tal vez. Pero lo más probable es que muchas de las personas que se dedican a este trabajo, tanto presencial como virtual, no lo visibilicen ni lo tengan hablado en su entorno debido a algo tan evidente como el estigma.
En el caso de las madres, ese silencio suele estar atravesado por el miedo a que el trabajo sea utilizado en su contra a la hora de acceder o sostener derechos legales sobre sus hijxs en una sociedad que sigue juzgando la maternidad desde parámetros morales.
Durante la pandemia estas situaciones se agravaron: cayeron los ingresos, hubo más dificultad para acceder a alimentos y aumentó la precariedad. Pero lo que más destacaron fue la violencia institucional, tanto por parte de las fuerzas de seguridad como del sistema de salud.
La demanda más recurrente de las trabajadoras sexuales es el reconocimiento estatal de nuestro trabajo, así como también derechos laborales como obra social y jubilación, y la derogación de los códigos contravencionales y normativas que criminalizan la actividad.
La criminalización del trabajo sexual genera problemas para alquilar y discriminación por parte de propietarios, que lleva a mudanzas frecuentes, condiciones precarias o a pagar alquileres más caros. Esta inestabilidad impacta de lleno en el bienestar durante el embarazo y crianza.
La falta de licencias, ingresos asegurados y cobertura social obliga a muchas mujeres a trabajar durante el embarazo y a volver poco después del parto.
Conclusión
La figura de la “buena madre” es un dispositivo de control sexual y moral que impacta con mayor violencia sobre las trabajadoras sexuales. Opera como una forma de vigilancia sobre quienes maternan por fuera de la norma.
A lo largo de esta investigación, las madres trabajadoras sexuales se muestran organizando su vida, su tiempo y su trabajo para sostener a sus hijxs en un contexto difícil. La maternidad es atravesada por la falta de derechos, el estigma y la exigencia constante de dar explicaciones, incluso cuando el cuidado está presente.
Pensar la maternidad desde las vivencias de las putas desarma los prejuicios y las cargan de honestidad. Maternar implica condiciones de vida, redes de apoyo y acceso a derechos. Sin derechos laborales, la maternidad se vuelve una experiencia hostil.
Reconocer a las trabajadoras sexuales como madres es una deuda política. Implica aceptar que no hay una única forma legítima de maternar y que el descanso, el deseo y el tiempo propio también son parte del cuidado.