El derecho a desear: ¿Qué lugar ocupa el trabajo sexual en la discapacidad?

Apr 22, 2026
El derecho a desear: ¿Qué lugar ocupa el trabajo sexual en la discapacidad?
Photo by Flavie Martin / Unsplash

Durante mucho tiempo, la sexualidad de las personas con discapacidad fue empujada a los márgenes: no negada del todo, pero sí desestimada. En ese vacío, el trabajo sexual aparece, para algunas personas, como una de las vías posibles para explorar el propio cuerpo y el del otro. En esta entrevista, Andrés Terrile reflexiona sobre ese cruce y pone en palabras una experiencia atravesada por prejuicios, abriendo preguntas urgentes sobre qué cuerpos son considerados deseables y quiénes quedan fuera de escena.

N: Andrés, ¿cómo te gustaría presentarte en esta entrevista? 

A: Mi nombre es Andrés. Si el apellido importa y creés que aporta, le podés poner Andrés Terrile, como “terrible” pero sin la “b”. Tengo 37 años y soy ciego. Soy una persona que, al igual que la gran mayoría, desea vivir todo el tiempo una sexualidad plena. Más allá de eso, soy alguien a quien le gusta aprovechar la vida: tocar el piano, la música, los autos. Soy licenciado en Ciencias de la Comunicación y nací en Formosa.

N: ¿Cómo fue tu relación con la sexualidad a lo largo de tu vida?

A: No sé si a otras personas les pasará, pero en mi caso, más allá de que inicié tarde mi vida sexual en comparación con otras personas, nunca me pasó inadvertida.

Desde la preadolescencia, entre los 10 y los 12 años, ya estaba presente algo del orden del deseo. Más allá de la atracción por otra persona, había algo instalado desde lo sexual.

Sí creo que la discapacidad influyó en un corrimiento de mi sexualidad por parte de otras personas. Siempre sentí que no se fijaban en mí sexualmente o que no consideraban mi sexualidad. Y eso creo que tiene que ver con una época, hablo de hace más de veinte años, donde, al menos en Formosa, la sexualidad de las personas con discapacidad estaba muy invisibilizada. Y eso hacía que muchas personas no se fijaran en mí sexualmente. 

También me pasaba que muchas veces las mujeres hacían cosas conmigo, ciertos mimos, ciertas formas de trato que probablemente no harían con otras personas. Creo que asumían que mi respuesta iba a ser distinta, como si mi sexualidad estuviera corrida o infantilizada.

Recuerdo haberle dicho a alguien: “Si hacés esto, voy a responder como cualquier otra persona”. Y me respondió: “Pero vos sos mi amigo”. Y sí, soy tu amigo, pero también soy una persona con deseo.

N: ¿Sentís que tu discapacidad influyó en cómo descubriste o viviste el deseo?

A: Sí, influyó mucho. Primero, porque no tuve acceso a la educación sexual más común, que muchas veces es el porno o lo visual. Mi acceso era muy limitado: lo que escuchaba de amigos, lo que imaginaba, algunos sonidos. El cuerpo de una mujer, en términos concretos, lo conocí recién en mi primera experiencia.

Eso generó una sexualidad bastante acotada, basada en un mapa verbal construido a partir de lo que escuchaba.

También hay algo que atraviesa bastante mi vida, que es que cuando encuentro una barrera, busco una solución. Identifico la barrera y digo: “Esto no lo puedo hacer de la manera tradicional, ¿cómo lo resuelvo?”.

Entonces, cuando tenía 21 o 22 años, al tener mi primer trabajo pensé: si no puedo acceder al sexo de la manera tradicional, ya sea por la infantilización o por falta de herramientas, lo voy a pagar. Y así fue.

Lo viví con mucha culpa, porque en ese momento estaba muy presente el discurso de “sin clientes no hay trata”. Terminé llamando a una trabajadora sexual por mi cuenta. Recuerdo que pensé: “Bueno, que venga a mi casa, así al menos me aseguro de que no está en una situación de encierro”. Fue una decisión muy atravesada por la culpa, pero también por la necesidad de resolver algo que para mí era importante.

Andrés Terrile

N: ¿Hubo momentos donde sentiste que tu sexualidad era negada o invisibilizada? ¿Qué cosas te ayudaron a apropiarte de tu deseo?

A: Más que negada, creo que mi sexualidad fue desestimada. Y eso es peor, porque ni siquiera es que alguien te diga que no, es que directamente no entra en el radar.

Después, algo que me ayudó mucho fue una línea telefónica de encuentros, una hotline. Ahí el proceso era inverso, primero escuchabas a la persona y después aparecía la imagen. Eso evitaba el rechazo inmediato por la ceguera. 

Cuando yo contaba que era ciego, muchas veces ya había un interés previo por lo que yo decía, por cómo hablaba. Ese espacio me permitió decir cosas que en otros contextos no decía: fantasías, deseos, ideas que no estaban habilitadas en otros espacios más ligados a lo cotidiano o a lo afectivo. Ahí también empecé a descubrir aspectos de mi sexualidad que no me había preguntado antes, en parte porque el repertorio que conocía era bastante limitado.

N: ¿Qué dificultades encontraste para acceder a experiencias sexuales o afectivas?

A: Creo que antes eran más profundas que ahora. Antes había más gente que directamente decía: “No quiero salir con una persona ciega”. Por distintas razones: miedo a tener que hacerse cargo, prejuicios, desconocimiento. Hoy eso no siempre se dice de forma tan explícita, pero sigue existiendo algo más sutil. 

Yo lo explico con una metáfora: es como un auto chocado que fue perfectamente reparado. Funciona bien, está impecable, pero el hecho de que haya estado chocado hace que mucha gente lo ubique en una segunda categoría.

Creo que con la discapacidad pasa algo parecido. Aunque no haya ninguna limitación concreta en el vínculo, su sola existencia genera una distancia. Y en lo sexual, creo que todavía falta para que se nos vea como personas plenamente deseadas. 

N: ¿Sentís que hay prejuicios sociales sobre las personas con discapacidad como sujetos deseantes?

A: Sí, creo que sí. Pero más que prejuicios en algunos casos, siento que la discapacidad funciona como una especie de recipiente aislado dentro de la sociedad, algo sobre lo que muchas personas prefieren no profundizar.

Mucha gente habla del “mundo de las personas con discapacidad”. Y yo siempre digo que no es otro mundo: es el mismo mundo, la misma realidad, sólo que vivida desde una experiencia distinta.

Creo que todavía hay muchas personas que prefieren mantenerse al margen de esa parte de la sociedad, que representa un porcentaje importante de la población. No saben bien qué van a encontrar, no saben cómo acercarse, y entonces prefieren no hacerlo.

En ese sentido, sí hay un prejuicio que tiene que ver con la distancia, con la idea de que la discapacidad es algo ajeno, algo que no forma parte de la vida cotidiana de todos.

También creo que la sexualidad es la última prioridad cuando se habla de discapacidad. Las organizaciones, en general, se preocupan por que las personas con discapacidad tengan trabajo, independencia en sus actividades diarias, salud, acceso a cosas básicas de la vida. Pero la sexualidad queda siempre relegada, como si fuera algo secundario o algo que cada persona tiene que resolver por su cuenta. Y sin embargo, la sexualidad es una parte muy importante de la vida de cualquiera.

N: ¿Cómo fue tu acercamiento al trabajo sexual? ¿Qué te llevó a tomar esa decisión?

A: Mi acercamiento al trabajo sexual fue cuando tenía 22 años y todavía no había tenido relaciones sexuales. Sentía que eso se estaba convirtiendo en una especie de bola de nieve que después iba a ser cada vez más difícil de manejar o de resolver. Cuando tuve mi primer sueldo, decidí hacerlo por mi cuenta. No quería involucrar a nadie, ni depender de amigos o familiares. Sentía que era algo que tenía que resolver yo.

No me gustaba la idea de ir con amigos o con familiares o que alguien me llevara. Sentía que era algo que tenía que resolver por mi cuenta. Así que le pedí el teléfono de una chica a un amigo, la llamé, le pregunté si podía venir a mi casa, y así fue.

Años más tarde, mi acercamiento al trabajo sexual en un sentido más amplio cambió bastante cuando escuché una entrevista de María Riot. Esa entrevista me cambió mucho la perspectiva. Hasta ese momento yo tenía muy instalada la idea de “sin clientes no hay trata”, que me había generado mucha culpa durante años. Pero al escucharla entendí que el trabajo sexual también puede ser una elección, con todas sus complejidades, como cualquier trabajo. Ahí empecé a pensar el trabajo sexual de otra manera, no solamente como algo mecánico o como una transacción fría, sino como un espacio donde también pueden pasar otras cosas.

N: ¿Qué te aportó esa experiencia que no encontrabas en otros ámbitos?

A: Me permitió hacer cosas que quizás no le pediría a una pareja. Y no necesariamente por vergüenza, sino porque una pareja no tiene por qué hacer todo lo que a uno le gusta. Me parece que nadie está obligado a eso por amor o por cariño.

Entonces, si hay algo que a mí me interesa explorar o me gusta, con una persona que no forma parte de mi entorno afectivo o cotidiano, me dio cierta libertad.

También tenía que ver con no exponerse después a ciertas situaciones, como seguir viéndose con alguien o que esa persona cuente algo en otros espacios. O simplemente con respetar que una pareja puede no tener ganas de hacer determinadas cosas.

El trabajo sexual, en ese sentido, me permitió explorar aspectos de mi sexualidad de una manera más directa.

N: ¿Cómo describirías el vínculo con trabajadoras sexuales?

A: Para mí, el vínculo con trabajadoras sexuales se parece por momentos a una obra de teatro. Y no lo digo para romantizarlo, sino porque lo siento como una experiencia donde uno es protagonista de una escena que se construye en ese momento. Es como una obra donde uno decide qué quiere vivir, qué papel ocupa, qué papel ocupa la otra persona. A veces pienso que es una especie de actuación compartida, donde cada uno sabe más o menos qué está pasando y qué se está construyendo.

Pero también hay algo importante: siempre hay un vínculo afectivo mínimo que se construye. No necesariamente amistad, pero sí confianza, comodidad para decir cosas, para proponer, para sentirse tranquilo.

Yo no lo vivo sólo como una experiencia sexual de “ir, tener sexo y listo”. Me parece que eso es una forma muy limitada de ver el trabajo sexual. Puede ser así en algunos casos, pero también puede ser una experiencia más compleja.

N: ¿Sentís que el trabajo sexual cumple un rol social en relación a la discapacidad?

A: Sí, creo que cumple un rol importante.

Es una alternativa para que las personas con discapacidad puedan vivir su sexualidad. No digo que sea la única ni que tenga que ser la principal, pero es una posibilidad que existe y que para muchas personas puede ser significativa.

También creo que hay personas con discapacidad que no son vistas como cuerpos deseados socialmente, o que sienten que no lo son, y aun así tienen deseo, ganas de tener relaciones sexuales, de experimentar cosas. En esos casos, el trabajo sexual puede ser una herramienta para mejorar la calidad de vida.

N: ¿Qué importancia tienen lo sensorial, lo emocional o lo imaginativo en tu sexualidad?

A: En mi caso tienen muchísima importancia. Mi vida sexual no pasa por lo visual, entonces todo lo sensorial cobra otro peso: los olores, las texturas, las voces, los sonidos, la piel, la ropa.

También la imaginación es muy importante. Imaginar la situación, imaginar cómo se va a dar, pensar una especie de guión previo de lo que puede pasar.

A veces lo pienso como un guión: qué personaje soy yo, qué personaje es la otra persona, qué tipo de encuentro se está construyendo. Entonces, lo sensorial y lo imaginativo no son algo secundario, sino que son parte central de la experiencia.

N: ¿Sentís que el trabajo sexual te permitió ejercer más autonomía sobre tu vida sexual?

A: Sí, definitivamente. Por ejemplo, esa primera experiencia me dio algo muy concreto: un mapa real del cuerpo de una mujer. Algo que para muchas personas es obvio, pero para mí no lo era. Eso me dio más seguridad en otras experiencias futuras, porque ya tenía una referencia concreta. Entonces sí, me dio herramientas para moverme con más autonomía en mi vida sexual.

N: ¿Hay algo que te gustaría que las personas sin discapacidad entendieran sobre esto?

A: Creo que muchas veces se asocia automáticamente la discapacidad con el trabajo sexual, como si fuera la única opción posible. Como si la ecuación fuera: tiene discapacidad, entonces va a tener sexo a través del trabajo sexual. Y creo que eso simplifica demasiado la realidad. El trabajo sexual puede ser una alternativa, pero no debería ser la única respuesta automática que aparece cuando se piensa en la sexualidad de una persona con discapacidad.

N: ¿Qué te molesta de cómo la sociedad habla sobre discapacidad y sexualidad?

A: Creo que lo que más me molesta es que no se habla.

Las instituciones suelen hablar de una vida plena para las personas con discapacidad, pero cuando describen qué significa esa vida plena, hablan de trabajo, salud, vínculos afectivos, autonomía, higiene, independencia. Pero la sexualidad queda afuera.

Y la sexualidad es una parte muy grande de la vida de muchas personas.

Entonces siento que hay algo incómodo ahí, algo que la sociedad prefiere no mirar, y que en el cruce entre sexualidad y discapacidad se vuelve todavía más incómodo. Es como si alguien estuviera diciendo algo importante a los gritos, y en lugar de escuchar, la sociedad subiera el volumen de la música para no oírlo.

N: ¿Qué cambiarías en términos de derechos o acceso?

A: No soy especialista en el tema, pero sí creo que haría falta ampliar mucho más la información sobre sexualidad y discapacidad, tanto para las personas con discapacidad como para su entorno.

Y, pensando a futuro, que los sistemas de salud pudieran contemplar de alguna manera la asistencia sexual, en los casos donde sea necesario.

No digo necesariamente pagar trabajo sexual, pero sí reconocer que hay situaciones donde una persona necesita apoyo para poder ejercer su sexualidad.

N: ¿Qué opinás de figuras como la asistencia sexual?

A: No soy experto en el tema, pero creo que es una figura necesaria en algunos casos.

Podría funcionar como un puente entre una persona con discapacidad y una trabajadora sexual, por ejemplo. Alguien que pueda orientar, acompañar, explicar cuidados, entender ciertas situaciones específicas.

Sobre todo en discapacidades donde hay cuestiones físicas o médicas que requieren cierto conocimiento.

N: ¿Cuál es el rol que debería ocupar el entorno?

A: Creo que depende mucho del tipo de discapacidad y de la situación de cada persona.

Puede ir desde no intervenir en absoluto hasta acompañar bastante. Pero lo importante es no infantilizar ni sobreproteger.

Acompañar no debería significar decidir por la persona con quién va a estar o qué va a hacer, sino facilitar, ayudar si hace falta, pero respetando la autonomía.

N: ¿Hay algo que te parezca importante decir que no te pregunté?

A: Creo que la entrevista fue bastante completa. Sí diría que, cuando se meten demasiadas cuestiones morales o políticas en la sexualidad, se corre el riesgo de volverla algo correcto, pero no genuino.

Para mí, la sexualidad se parece a una obra de teatro. En ese espacio uno puede representar cosas muy intensas y eso no significa que uno sea eso en la vida real, por fuera del juego. Entonces creo que en la intimidad, mientras haya consentimiento, debería haber más libertad para decir y hacer lo que uno quiera explorar. Porque, aunque socialmente se dice que hablamos de sexualidad de manera abierta, en realidad el repertorio de temas que se habilitan sigue siendo bastante limitado.

Nadia Karenina Rossetti es trabajadora sexual, actriz, performer y Diseñadora de Imagen y Sonido, recibida en la Universidad de Buenos Aires. Desde hace más de una década sostiene un activismo constante por los derechos de lxs trabajadorxs sexuales y por los derechos de los animales, promoviendo el veganismo como posicionamiento ético y político.