El trabajo sexual trans en Argentina no es un fenómeno marginal, es un espejo donde se reflejan las deudas estructurales del mercado laboral y del Estado. En un campo atravesado por un deseo avergonzado y el silencio que produce el estigma social, tener voz y estar organizadas es el primer paso para transformar el presente.
A las diez de la noche, Abril enciende el aro de luz y acomoda el celular contra una pila de libros. Vive en el conurbano bonaerense y trabaja, sobre todo, a través de plataformas digitales. Su perfil no dice su nombre real: eligió uno que le permita proteger a su familia y sostener cierta frontera entre el mundo íntimo y el comercial. Revisa los mensajes que llegaron durante el día, negocia tarifas, establece límites. Antes de aceptar un encuentro pide transferencia anticipada y una foto del DNI. No siempre fue así: aprendió a hacerlo después de experiencias de violencia y estafas.
“En la virtualidad parece todo más seguro, pero la violencia también está ahí, especialmente si sos trans”, contó Abril en una actividad difundida por la RedTraSex.
Capturas que circulan sin consentimiento, amenazas, clientes que desaparecen después del servicio. Abril tiene 29 años, terminó el secundario de adulta y combina el trabajo sexual con pequeños encargos de estética. Aprendió a peinar, hacer las uñas y maquillar mientras hacía su transición. En la economía digital encontró autonomía relativa: fija precios, define horarios, bloquea usuarios. Pero también carga con la precariedad de un mercado sin regulación laboral, donde la reputación se construye a golpe de reseñas y la protección depende casi exclusivamente de redes entre compañeras y, en menor medida, compañeros.
A veinte kilómetros, sobre una avenida transitada de la Ciudad de Buenos Aires, Camille espera junto a otras compañeras. Es de noche y el frío cala en las piernas. La calle sigue siendo el principal espacio de trabajo para muchas travestis y mujeres trans, sobre todo para quienes no tienen acceso sostenido a internet, vivienda estable o redes de cuidado. Camille llegó a la capital desde el norte del país a los 18 años, expulsada de su casa cuando empezó a usar pollera y a maquillarse.
“La calle te enseña códigos: cómo pararte, con quién hablar, quién te puede ayudar, cómo identificar si algo es peligroso y mejor salir corriendo”, relató en un encuentro organizado por AMMAR.
La calle también enseña miedo: controles policiales arbitrarios, violencia de clientes, estigmatización vecinal. Según un informe de Amnistía Internacional, aunque los viejos edictos policiales fueron derogados, distintos códigos contravencionales siguen habilitando figuras ambiguas como la “oferta ostensible de sexo”, utilizadas para el hostigamiento. La calle es territorio de trabajo y de comunidad, pero también de riesgo físico y simbólico. Allí se tejen redes de cuidado, se comparten alertas sobre zonas peligrosas y se construye una sociabilidad que suple la ausencia del Estado.
La realidad del colectivo trans en Argentina
En Argentina, el trabajo sexual no es delito en sí mismo, pero tampoco está reconocido como actividad laboral con derechos plenos. Los intentos que hubo de reconocer parcialmente el trabajo sexual fueron boicoteados una y otra vez.
La particularidad de ser trabajadora trans aparece en otros marcos normativos, como la Ley de Identidad de Género. Esta normativa marcó un hito internacional al garantizar el reconocimiento de la identidad autopercibida y el acceso integral a la salud sin necesidad de diagnósticos patologizantes. Más recientemente, el Decreto 721/2020 —luego convertido en ley 27.636— estableció un cupo mínimo del 1% en el sector público nacional para personas travestis, transexuales y transgénero, con el objetivo de reparar la exclusión histórica del mercado laboral formal. Sin embargo, la implementación es desigual y el alcance aún limitado frente a décadas de marginación estructural.
Los datos sociológicos muestran la profundidad de esa exclusión. Investigaciones académicas del CONICET, como el trabajo por Sebastián Sustas, María Alejandra Dellacasa y Anahí Farjí Neer; y otros estudios publicados por la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA coinciden en que la expulsión temprana del hogar, la violencia escolar y la discriminación sistemática en entrevistas laborales empujan a una parte significativa de la población travesti-trans hacia el trabajo sexual como principal fuente de ingresos.
Luciana Moreno, ex directora nacional de Políticas Integrales de Diversidad Sexual y de Géneros del Ministerio de las Mujeres, Géneros y Diversidad de la Nación hasta 2023 señaló que “alrededor del 90% de la población travesti y trans subsiste o subsistió mediante la prostitución en algún momento de su vida adulta”.
La OIT advierte, a nivel regional, que las personas trans enfrentan tasas desproporcionadas de desempleo, informalidad y discriminación, incluso en países con marcos legales progresistas. La ley reconoce la identidad trans; pero el mercado de trabajo todavía la castiga.
Pánico moral y deseo
En la opinión pública, la narrativa dominante oscila entre la victimización y la criminalización. Se las presenta como víctimas pasivas sin agencia o como amenaza moral al orden urbano. El debate suele quedar atrapado en posiciones binarias: prohibir o abolir, regular o tolerar. Sin embargo, en privado el deseo circula con intensidad.
En uno de los sitios de pornografía más importantes del mundo, que de forma anual publica un informe sobre cuáles son las categorías más buscadas, el término “trans” ocupó el segundo lugar de preferencia; incluso hay países enteros, como Rusia, donde la categoría “transgender” es la más buscada.
“Siempre quise estar con una chica como vos”, le dijo —al oído— a Abril un muchacho con el que tuvo una corta relación afectiva.
El deseo está, pero no se dice abiertamente. ¿Por qué ese deseo se oculta? La respuesta está anclada en la matriz heteronormativa que organiza el prestigio social del deseo. Desear a una mujer trans puede ser leído como amenaza a la masculinidad hegemónica; por eso muchos clientes buscan anonimato extremo y niegan públicamente lo que consumen en privado. La transfobia del deseo afecta a las trabajadoras sexuales, que se sumen en una relación comercial desigual: el cliente exige discreción, la trabajadora asume el riesgo.
Estigma y narrativas públicas
La estigmatización también opera en el plano mediático y político. Discursos que afirman que “las travestis se prostituyen porque quieren” simplifican trayectorias atravesadas por expulsión familiar, abandono escolar y discriminación laboral.
Las investigaciones sociológicas y activistas insisten en complejizar esa mirada: reducir todo a victimización borra la capacidad organizativa y las estrategias de cuidado construidas por las propias trabajadoras. Entre la romantización y la criminalización, el desafío es reconocer derechos sin desconocer desigualdades.
Masculinidades trans y trabajo sexual
Cuando se habla de trabajo sexual trans, suele pensarse casi exclusivamente en mujeres trans y travestis. Los varones trans y las personas no binarias quedan, muchas veces, fuera del foco. Como surge del artículo publicado en la Revista Colibrí:
“Aunque los hombres trans son toda una categoría dentro del porno mainstream, este contenido está asociado con patrones binarios que muestran un estereotipo de masculinidad trans que está lejos de ser una regla general”.
En Argentina, los datos específicos son escasos porque los relevamientos oficiales no siempre distinguen identidades más allá del binario. En el ámbito digital, algunas personas no binarias encuentran nichos donde su identidad es parte de la oferta; en la calle, la ambigüedad puede traducirse en mayor exposición a la violencia policial.
Trabajo trans y discriminación estructural
Aunque el cupo laboral travesti-trans abrió oportunidades en el sector público, su implementación depende de la voluntad política de cada jurisdicción y de la asignación presupuestaria. En el sector privado, la discriminación sigue siendo un obstáculo frecuente: entrevistas que terminan abruptamente al confrontar la identidad de género, ambientes laborales hostiles, falta de protocolos contra la violencia y el acoso.
La exclusión educativa agrava el escenario: muchas personas trans abandonan la escuela secundaria por bullying o violencia institucional, lo que limita el acceso a empleos formales calificados. La OIT recomienda combinar acciones afirmativas (como la Ley de Cupo) con formación profesional y políticas antidiscriminatorias robustas.
La organización colectiva de trabajadoras sexuales
En América Latina, la situación varía según el país, pero comparte patrones comunes: alta informalidad, violencia institucional y escaso reconocimiento laboral del trabajo sexual. Redes regionales como la RedTraSex articulan organizaciones de más de una decena de países y producen datos que visibilizan condiciones de trabajo, acceso a salud y violencia policial.
En contextos donde el trabajo sexual es penalizado o fuertemente regulado, las trabajadoras trans enfrentan mayor vulnerabilidad, especialmente las migrantes. La dimensión transnacional del fenómeno —migraciones intra-regionales, circulación en plataformas globales— exige políticas coordinadas que no reproduzcan violencias.
Frente a este panorama, la organización colectiva emerge como herramienta clave. En Argentina, AMMAR (conocido como “el sindicato de las trabajadoras sexuales”) ha impulsado campañas por el reconocimiento del trabajo sexual como trabajo, acceso a salud integral, prevención de violencia institucional y capacitación laboral. Su trabajo de articulación con el Estado durante la pandemia fue crucial para sostener la vida de cientos de trabajadoras y trabajadores sexuales, en especial trans y migrantes.
Para muchas trabajadoras trans, la sindicalización permite una vía para reclamar derechos laborales, y también para construir comunidad y respaldo frente a abusos de toda índole (en la calle el abuso policial y el abuso económico de los propietarios de hoteles donde ellas viven son los más frecuentes).
La experiencia organizativa permite negociar con autoridades locales, incidir en debates legislativos y generar protocolos de cuidado entre pares: acompañarse. También abre la discusión sobre alternativas laborales: formación en oficios, acceso a microcréditos, inserción en programas estatales.
Organizarse es, en ese contexto, una forma de asegurarse un futuro. Para negociar tarifas, exigir seguridad y acompañarse en un tratamiento médico y también para disputar el sentido común que reduce vidas complejas a estereotipos dolorosos.
Entre la pantalla iluminada de Abril y la esquina ruidosa donde trabaja Camille, hay historias de resistencia y mucho deseo, pero también de derechos pendientes. El trabajo sexual trans en Argentina no es un fenómeno marginal, sino un espejo que donde se reflejan las deudas estructurales del mercado laboral y del Estado. La sindicalización y la articulación regional construyen algo imprescindible: una voz colectiva. Y en un campo atravesado por el silencio impuesto, tener voz es el primer paso para transformar el presente.