Ya hablamos de leyes, de derechos y de la complejidad del mundo del trabajo sexual. En esta oportunidad, vamos a profundizar en uno de los puntos que mayor debate produjo al momento de las definiciones sociales, políticas y legales. Es un concepto clave, y las discusiones que se han dado a su alrededor han atravesado diferentes momentos del movimiento feminista alrededor del mundo, que impactan en el sexo comercial y también en las ideas sobre la sexualidad y la autonomía, y viceversa.
Para comenzar, diremos que ha habido un cambio paradigmático en la conceptualización de la sexualidad: pasamos de una definición anclada en la “fuerza” hacia una en el que la “libertad” establece el parámetro, y ello influyó decisivamente en cómo se define el consentimiento. Además, en el campo del trabajo sexual fue crucial la definición del feminismo abolicionista que entiende que ninguna mujer puede prestar consentimiento para hacerlo voluntariamente. Contra esta definición otros feminismos realizaron aportes significativos para contradecir ese punto de partida, introduciendo la desigualdad de género y otros factores que muestran que la postura abolicionista perpetúa una ficción legal y que se necesita poder definirlo con cuestiones más concretas y situadas.
El origen del debate feminista sobre la sexualidad
A fines de los años setenta y durante la década de los ochenta en Estados Unidos se vivieron discusiones muy intensas sobre la sexualidad, llamadas sex wars.
Tenemos, por un lado, el movimiento antipornografia (abolicionismo) y por el otro, el feminismo prosexo. Para las primeras, como ya hemos mencionado, en el ámbito de la sexualidad de las mujeres no existe la posibilidad de prestar consentimiento, puesto que siempre esa elección está enmarcada en el sistema patriarcal donde la dominación masculina es total.
Esta mirada abstracta fue puesta en tensión por quienes entienden que las mujeres tienen la capacidad y la agencia para negociar, desear y participar en diversas prácticas sexuales (BDSM, trabajo sexual, etc.) y bregaron por despenalizar las prácticas sexuales no normativas, en contraposición contra la moral conservadora de las abolicionistas.
Entonces, como vemos, parece que el debate sobre el contenido y los efectos del consentimiento se plasman en las leyes que gobiernan el trabajo sexual y de alguna manera establece los límites en los cuales este puede ser ejercido para no ser considerado explotación sexual. Sin embargo, a pesar de que desde la ley parece un concepto que puede definirse fácilmente, ello no es así puesto que involucra cuestiones culturales, temporales y sociales. Es un concepto relacional y compuesto de múltiples perspectivas desde las cuales puede ser abordado.
Las definiciones de consentimiento y sus efectos en el trabajo sexual
Ante lo escurridizo del término, vamos mejor a apuntar a los efectos que las diferentes definiciones del consentimiento producen en el mundo del comercio sexual, de manera que pueda no solo provocar discusiones, sino también ver de qué manera puede ser utilizado en contra de quienes sí plantean la posibilidad de agencia en el trabajo sexual. Como vimos en posteos anteriores, el consentimiento se convirtió en un concepto esencial de la definición de la explotación sexual. No solo se trata, como en otras situaciones donde se discuten formas de la sexualidad no normativa, de establecer una suerte de “habilitación”, sino que las definiciones abolicionistas del consentimiento parecieran no ofrecer la oportunidad para que este legitime estas prácticas.
Por lo tanto, aquí están en juego otras tensiones más encarnadas en tabúes acerca de las relaciones entre el intercambio de dinero por sexo.
Los movimientos como el #meetoo o el "sí es sí"
En ese sentido, esas definiciones estancas e idealizadas produjeron el aumento de la criminalización de mujeres que se dedican al trabajo sexual, porque la vara del consentimiento está tan idealizada que muchas veces genera que se piensen herramientas punitivas para situaciones que no son necesariamente de explotación sexual. Podemos pensar aquí lo que ha sido el #METOO o las campañas sobre “el sí es sí”.
Si bien ambas son el resultado del avance de los movimientos feministas que buscaban desterrar el silencio acerca de los abusos sexuales, este deseo entusiasta puede convertir una mala experiencia sexual en un delito; si bien siempre hubo resistencias sociales y políticas para desplazar los límites de la represión sobre la sexualidad no normativa, podemos decir que estos movimientos recién citados han retornado a cierto conservadurismo, aún como efecto no deseado.
Los argumentos en contra de esta visión tan abstracta del consentimiento, cuya contracara es privar a quienes se dedican al sexo comercial de poder consentir, podemos decir que el abolicionismo o el feminismo antipornografía sostiene que existe una “esencia femenina” que es inherentemente pura. Las mujeres, entonces, solo son pasivas en el ámbito de la sexualidad y su agencia se encuentra totalmente eclipsada por los hombres.
La victimización de las mujeres
Por lo tanto, se genera un escenario de victimización que sostiene la dicotomía entre las buenas y las malas mujeres, negando la diversidad del deseo o la sexualidad no normativa. Además, la figura de la víctima tiene pretensiones de universalidad, ignorando las diferencias de raza y de clase. Es decir, que en determinadas situaciones la agencia puede manifestarse en la opción por el trabajo sexual sin que ello necesariamente implique una total subordinación al patriarcado.
El abolicionismo y el consentimiento en trabajo sexual
El abolicionismo se ha convertido en un dedo acusador que regula la sexualidad al condenar toda la pornografía y el trabajo sexual. Esta postura conservadora las acerca a grupos políticos y religiosos que históricamente han promovido la opresión de las mujeres y de las disidencias sexuales. Pero no se trata únicamente de que el abolicionismo actúe como un agente moral, sino que ello se ha traducido históricamente en la sanción de leyes penales en contra de la prostitución, equiparándola a la trata sexual. La negación del consentimiento ha sido instrumentalizada para equiparar el trabajo sexual voluntario con la prostitución forzada, impidiendo de hecho su ejercicio y el goce de derechos de las personas que se dedican a esta actividad.
Esta perspectiva también aumenta la estigmatización que rodea al sexo comercial, puesto que describe a las personas trabajadoras sexuales como una identidad que está dañada, como una víctima y de esta manera anula las voces que proclaman la autonomía.
El abolicionismo de la prostitución debe ser criticado por tratar de imponer una visión de la sexualidad uniforme, blanca y de clase media, que, al intentar liberar a las mujeres del patriarcado, terminó oprimiendo las sexualidades disidentes y las elecciones individuales.
La respuesta de los colectivos de trabajadorxs sexuales
Frente a ello se han alzado las voces de mujeres racializadas, queer y trabajadorxs sexuales que acusan al abolicionismo de paternalista que niega la capacidad de los sujetos de tomar decisiones sobre la autonomía de sus cuerpos.
El movimiento de trabajadoras sexuales (como AMMAR en Argentina o colectivos globales como el NSWP Global Network of Sex Work Projects (Red Global de Proyectos de Trabajo Sexual) ha desarrollado respuestas teóricas y políticas sólidas frente a las concepciones abolicionistas del consentimiento.
Su crítica no es solo legal, sino profundamente política y basada en la autonomía del sujeto situado en contextos económicos y vitales particulares. Estos movimientos entienden que el consentimiento puede ser una herramienta de seguridad y una frontera que es necesario establecer:
- Diferenciación Vital: Las trabajadoras sexuales insisten en separar el Trabajo Sexual (basado en el consentimiento y el acuerdo de servicios) de la Trata de Personas (basada en la fuerza y la ausencia de voluntad).
- El Riesgo del Abolicionismo: Argumentan que cuando el abolicionismo dice que "todo sexo pagado es violación" (porque no puede haber consentimiento), están invisibilizando a las verdaderas víctimas de violencia. Si todo es violación, nada lo es específicamente, lo que deja a las trabajadoras desprotegidas ante agresores reales, ya que la policía y la justicia dejan de distinguir entre un servicio acordado y un ataque.
En pocas palabras: el movimiento cuestiona por qué el consentimiento en el sexo bajo pago es el único que se pone bajo una lupa de pureza:
- El Trabajo como Intercambio: Argumentan que, en el sistema capitalista, casi todos los trabajos implican "vender" una parte del cuerpo o del tiempo bajo presión económica. Preguntan: ¿Por qué el consentimiento de una obrera que arriesga su salud en una fábrica es aceptado, pero el de una mujer que negocia un servicio sexual es invalidado?
- La "Excepcionalidad Sexual": Sostienen que el abolicionismo aplica una moral sexual conservadora vestida de progresismo, al asumir que el sexo es algo "sagrado" que no puede ser objeto de un contrato, a diferencia de cualquier otra actividad humana.
La estrategia del movimiento ha sido desplazar el debate del Código Penal al Derecho Laboral, concretamente:
- Poder de Negociación: El consentimiento para ellas es la capacidad de establecer límites y condiciones (uso de preservativo, prácticas permitidas, precio, tiempo).
- Despenalización para el Consentimiento Real: Afirman que la mejor forma de garantizar que el consentimiento sea libre es despenalizar la actividad. Cuando el trabajo es ilegal o está estigmatizado, las trabajadoras tienen menos herramientas para denunciar abusos, lo que paradójicamente fomenta las situaciones donde el consentimiento se vulnera.